Adiós muchachos

 

(Intentando el Cazador demostrarle a su querida Ardilla de que no está loco le envió a los herederos de Roque Dalton, un grupo literario con pretensiones de seguir su ejemplo, la siguiente carta con motivo de haber sido invitado a sumarse a sus filas)
 
Queridos compañeros:
 
Os pido una disculpa. Yo sé que este no es el mejor momento. Que cartas de este tipo deberían esperar, no solo la ocasión apropiada sino también la forma más correcta de ser canalizadas. Pensé muchas veces antes de enviarla por vuestro correo; esta vía electrónica tan rápida pero igualmente insegura. No, no creáis, por favor, que soy un estúpido. El problema, sin embargo, es que nos pasamos la vida esperando la forma y el momento oportuno de todo. Hemos sido educados de esa manera. Buscamos en todo esa circunstancia feliz que nunca llega. Olvidamos que la vida es corta. Que la muerte, como buena compañera, va siempre con nosotros y nos espera en todas las esquinas. ¡Aquí estoy! nos dice de repente. y nos deja para siempre con los buenos deseos. la esperanza de un mundo libre, de una vida más justa, de una sociedad más humana, de un hombre más autentico y verdadero. La esperanza de todo eso que solo es posible con la lucha. Esa lucha de todos que yo decidí empezar ahora. ¿Os sorprende? De ninguna manera, diréis. ¡Ya era tiempo!, pensaréis. Pero solo se debe a que no habéis comprendido todavía de qué tipo de lucha os estoy hablando. Porque si lo hiciereis os iríais de culo, el corazón os empezaría a palpitar fuertemente, las manos os empezarían a sudar. El organismo tiene, sin embargo, sus defensas y lo primero que hace para autoprotegerse es ponerlo todo en duda. Esto no tiene sentido, piensa, parece una completa locura, concluye. Luego empieza a racionalizar, a adivinar, quizás, de qué se trata y entonces razona: no puede ser, ¡quien podría creerlo de un hombre tan viejo y tan cobarde! Nadie abandona un lugar cómodo por otro no solo incomodo, sino también lleno de constantes peligros. Ya no es tiempo de guerrillas, concluyen los más inteligentes. No, de ninguna manera, razono yo también. Pero sólo lo hago para daros un golpe menos fuerte. La verdad es que no miento, que hablo de luchas verdaderas y por eso, cuando leáis mi carta; ya no estaré entre vosotros sino en cualquier otro lado. Pero en todo caso bastante lejos de donde con alguna frecuencia os he visto. Lamento no poder decir el lugar exacto; pero creo que comprendéis las razones. El mundo ha reducido sus distancias y a quien vimos ayer en París podemos también verlo el mismo día en el Congo. No es por eso en absoluto imposible que ahora vosotros estéis allí y yo aquí realizando mi sueño, combatiendo al enemigo, tomando por asalto la mañana; ese ideal en el que vosotros también creéis.
 
¿Os diste cuenta que había rebajado mucho en los últimos tiempos? No era ninguna enfermedad; era parte de la preparación básica. Dos millas de caminata por semana, una dieta balanceada, natación de vez en cuando, nada de bebidas alcohólicas, alejamiento de cualquier tipo de abusos y constantes controles médicos etc. Un aprendizaje, en resumen, de la experiencia en Cuba, Bolivia, Nicaragua, El Salvador etc. en cuanto a la formación de un guerrillero. Un aprendizaje de esa experiencia a partir, naturalmente, de las condiciones de ventaja que ofrece el realizar esa formación a mil millas del teatro real de operaciones y con la disposición de todos los recursos a la mano. Podéis ser críticos ante esto. Podéis alegar que la verdadera formación se da en el enfrentamiento cotidiano, que un tipo de formación de este tipo no funciona, que lo fundamental es esto u lo otro. Pero realmente no es eso lo que ahora interesa. No nolvidéis que esta es solo una carta de despedida, solo un intento de deciros lo mucho que os he querido y lo mucho que todavía os quiero, a pesar de las grandes distancias que ahora nos separan.
 
Estoy aquí, entonces en este lugar montañoso. Veo pasar al enemigo, espero, apunto, disparo. ¡Revolución o muerte! gritan algunos compañeros. mientras otros responden, y yo con ellos, ¡venceremos! Quiero que sepáis que los recuerdo a todos. Que no he olvidado los doce años de cárcel de aquel paisano del Che ni su relato del chico en esa cárcel haciendo cigarrillos con la Biblia; ese conocimiento tan importante aquí, donde el papel escasea, pero no las ganas de fumar ni las creencias siempre en algún tipo de material apropiado recopiladas. No he olvidado tampoco a aquel súbdito chileno de Freire dándole una lección a todos; mostrándonos muy bien el sendero, el surco; esa bandera con el rostro de Palmer bien levantada el último primero de mayo, en aquella plaza para mí ahora en el recuerdo. De pronto escucho un aullido y sin saber por qué pienso en el Lobo, ese compañero que no sé si también ya empezó a hacer la prueba del puro con vosotros, a formar parte de la misma cofradía; ese grupo de ancianos, revolucionarios y poetas tan llenos de juventud como siempre lo están todos los que con la palabra o el fusil abrazan los ideales del pueblo. Pienso en las “palabras a la deriva” de ese compañero; en esa casa del pueblo abierta a todos en donde un día conocí a Rufina Amaya, esa sobreviviente del Mozote ahora ya muerta pero en nuestros fusiles todavía viviendo. Lo que más falta hace aquí, sin embargo, es la morena de arcilla, tanto el poema como la inspiradora de esos versos y, naturalmente, el autor de ellos que muy bien poetizó las grandes envainadas que le dio a saber a quién y cuándo pero siempre pensando, sin duda, en completar el “Testamento inconcluso” del Puro Guanaco. A lo lejos se escucha otro aullido y yo “protesto”. Mientras, otro compañero a mi lado también protesta. Y así protestando y protestando recordamos la voz calida del primero de mayo y a aquel chico cubano, el más joven de todos; mientras nuestras carabinas disparan. Otra vez hemos hecho blanco sobre el corazón del enemigo. Otra vez gritamos juntos: ¡venceremos!
 
No, no creáis que estoy loco. Todo esto es el producto de un largo período de planificación. Hemos pensado en todo. Hasta el momento de inicio de esta nueva gesta heroica ha sido bien premeditado, ¿ os sorprende? Entonces vamos por buen camino; pues no olvidéis que la primera condición es la sorpresa. El terreno no nos preocupa, hay mucha población local entre nosotros. Todo lo demás está bien preparado. Me gustaría únicamente que me desearais suerte. Y con gusto, los creyentes, que elevaran una oración por mí. Lo cierto es que nunca se sabe, que el enemigo está en todas partes, que en cualquier momento puedes ser emboscado. Que la vida tiene contados sus segundos. Saluden, por favor, a los que a lo mejor aquí he olvidado. Díganles que también a ellos los quiero. Tomé esta decisión, por lo que muy bien entendéis, pero no está de más que mencione unas cuantas razones:
 
 

  • Más de 1.200 millones de seres humanos no tienen acceso a agua potable.
 

  • 1.000 millones carecen de vivienda estimable.
 

  • 840 millones de personas están mal nutridas.
 

  • 2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro.
 

  • 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud.
 

  • 2000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales. (Wikipedia)
     
¿Os parecen razones insuficientes? Entonces no habéis comprendido nada. Permitidme explicarlo de nuevo pero de modo más sencillo. Imaginaros que la población de la tierra es una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, ¿ cuántos creéis que son de un lado y cuántos de otro? A lo mejor adivinasteis: 57 son asiáticos, 21 europeos, 14 del hemisferio oeste (tanto norte como sur) y 8 son africanos. 52 son mujeres, 48 hombres, 70 no son blancos, 30 son blancos. 70 son no cristianos y 30 son cristianos. 89 son heterosexuales mientras que 11 sohomosexuales. Pero lo más importante de todo esto ¿adivináis qué es? que de esas 100 personas solo 6 (norteamericanos) poseen el 59% de la riqueza mundial. Que 80 viven en condiciones infrahumanas y 70 son incapaces de leer mientras 50 sufren de malnutrición. ¿Sigues todavía sin entender? ¿No entendéis que se trata de un problema estructural que no permite la libertad de opciones? Seguid buscando, entonces, los métodos y los momentos oportunos, seguid pensando que estoy loco. Me importa bien poco lo que penséis, os quiero y basta. Y por eso tomo mi fusil. Este fusil que ya está conmigo.
 
¿Queréis saber como empezó todo esto? Primero hicimos un análisis de la situación mundial y de los logros y las limitaciones de los procesos en Venezuela y Bolivia. Una valoración objetiva tanto de lo pretendido como de lo logrado y sus métodos. Las conclusiones fueron que nuestra gesta heroica era necesaria y así determinamos el lugar de operaciones tanto a partir de criterios políticos como de la naturaleza propia de la empresa iniciada. Al final quedaron solo las cosas prácticas. Las hicimos cada uno por nuestro propio lado y atendiendo al máximo los requisitos de secreto absoluto que todo esto impone. Lo primero que yo hice fue conseguir una hamaca, un pedazo de tela impermeable de nylon, cordel, una frazada, un abrigo, un pantalón y una camisa ruda de trabajo, un par de zapatos de la mejor factura posible, una ración de comida, aceite, productos enlatados, conservas de pescado, leche condensada, azúcar, sal, cebolla ajo, un plato, una cuchara y un cuchillo de monte, una olla, aceite de máquina de coser, una pañoleta, una baqueta, una canana, una cantimplora, penicilina, aspirina, tabletas contra el paludismo, sulfas contra las diarreas, cigarros, fósforos, un encendedor, un jabón, una brújula, un pedazo de tela extra de nylon, un cepillo de dientes, una pasta, un libro, un machete; una libreta, un lápiz, aguja, hilo y botones. Eso fue lo que yo hice. De ese modo levanté mi casa; esta mochila guerrillera ahora en mis espaldas.
 
Primero metí una cosa y después otra, es de ese modo como todos empacan; pero también de esa manera como se arman los sueños. Lo mío, sin embargo, es una realidad, una verdad que se hizo pedazos cuando levanté los cuarenta quilos que pesa mi mochila y descubrí que me había cagado. En mis pantalones había un montón de mierda, me había estado cagando todo el tiempo con solo imaginarme todo esto; aquí acostado en mi cama de donde otra vez no he querido levantarme, quizás por mi vejez, quizás por este invierno, quizás porque ella no quiere verme. Soy un cobarde, pensé. Y fue por eso que decidí exhortaros a vosotros a hacer en la realidad lo que yo hice sólo en un sueño. Yo sé que no vais a defraudarme, yo sé que lo haréis, porque sé también que sois hombres valientes. Y como sé que será de ese modo, quiero recordaros, precisamente hoy cuando os decidisteis a fundar el movimiento cultural y literario que pensáis formar; ese movimiento al que yo le deseo la mejor suerte del mundo. Como os decidisteis a eso, quiero recordaros: que a lo mejor no es necesario, que a lo mejor no hace falta que atendáis mi exhortación. No, no hace falta os digo, más bien, categóricamente. No hace falta porque, como el fusil, también la palabra mata. Especialmente cuando va llena de amor. Especialmente cuando encierra, en su diminuto cuerpo, todas las verdades del mundo. Y cuando por eso, precisamente por eso, requiere de hombres valientes. De esos hombres que ya sois, de esos hombres junto a los que ahora, con toda fuerza grito: ¡venceremos!
 
No creáis que os he engañado, agregó el Cazador finalmente en su respuesta a los herederos de Dalton que lo habían invitado a participar de su grupo, no, por favor no lo creáis, porque esta es realmente una carta de despedida. En verdad he decidido irme; no por el camino anunciado pero por este otro de soledad e independencia que exige la poesía, la literatura, el arte.
 
Guillermo Aguilar

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