C A M B A L A C H E

Es fácil cambiar el curso de los ríos y las montañas,
pero difícil cambiar la naturaleza del Hombre.
Adagio

Ochenta, noventa, ciento cuarenta, con las ruedas rodando demencialmente, con las luces quebrando la distancia, con el volante hundido en el estómago.

Qué sé yo, aún así podía respirar con soltura, porque era hábil para eso, aunque sus palabras sonaron mochas y afiladas, como una muñeca que se oprime contra el pecho, sin embargo se grabaron en mí, a propósito de lo exacto o lo inexacto del recuerdo, estoy seguro, antes era sólo un fotógrafo.

La fotografié, por última vez, sobre el escaño de madera, como un caprichito, entre las magnolias.

Llueve torrencialmente, pero qué importa la lluvia que entra por la ventanilla y baja hasta mis pies, si no me tranquiliza, si todavía llevo los brazos flojos y los dedos destrozados, si siento una explosión de silbidos en las orejas, si escucho su jadeo, como si le buscara metáforas a la muerte.

Aprendí las directrices, ejercicios aleatorios y libremente creativos, hasta que me harté y me abandoné al destino que estaba echado. Sí, ahora lo sé, de tal modo que, dijera lo que dijera, estaba comprometido, por eso el arresto no me causó ningún sobresalto ninguna inquietud, como aquella que sienten los detenidos, al contrario, me sentí aliviado, aunque eran mis costillas las que quebraban.

Que la chica había sido estrangulada, dijeron, y por esa causa me llevaron al interrogatorio, y por eso estaba solo, según la vieja costumbre, bajo un foco de luz fluorescente. Allí me torturaron. Pero yo lo único que hice fue alucinar, y entre incoherencias, chifladuras y delirios, el médico que me examinó, diagnosticó comportamiento esquizofrénico, con toda la solemnidad que tuve que soportar después que me sacaron la cresta, para luego internarme en el psiquiátrico.

Así transcurrieron horas, días, meses, años y años en una mísera pieza desprovista de iluminación.

Sin embargo, acaso fue un mediodía o un atardecer, cuando llegaron tres hombres, visiblemente confundidos, y, después de mirarme, de soslayo, finalmente comenzaron a hablar entre ellos.

«La mujer que encontramos hace cinco años asesinada en el parque, con la garganta desprendida, era encargada de la Casa de Masajes clandestina que cerramos en la calle Brasil», se acuerdan, dijo uno que parecía profesor básico, por lo gritón, «ah, sí», dijo otro, como para subrayar las palabras, «qué distinguida profesión, dijo el que se secaba la transpiración de la frente, por cierto, a este loquillo, me indicó con el pañuelo todavía en la mano, lo inculparon de su muerte, aunque la investigación no arrojó suficiente evidencia». Permanecí en silencio con los ojos cerrados, como si me devolvieran el sol a través de los barrotes de sus bocas.

El psiquiatra se presentó al día siguiente, y me informó del alta y trató de infundirme los clásicos sentimientos de consuelo, en fin, palabras minuciosamente estudiadas, a las cuales ya estaba habituado y, por ende, me producían aburrimiento.

Llueve torrencialmente cuando abandono el psiquiátrico, pero es extraño, ya no tiembla mi mano.

Parecía gozar cuando me rogaba que diera libertad a sus fantasías, al mismo tiempo que me ofrecía el bocadillo de su garganta, como en una leonera entré en dureza hasta lo más profundo de su escondrijo, si, lo recuerdo bien, no hubo ni una sola mala interpretación o queja, por lo tanto no sé porque razón pudieron imaginar que yo la había asesinado. O quizás, les sorprendió que no tuviera las respuestas en ese momento, pero yo viajé por un mundo celestial y llegué hasta la frontera, donde viven las musas y las bestias apocalípticas.

Alomejor debí confesar.

ROCÍO L’AMAR

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3 comentarios to “C A M B A L A C H E”

  1. GRACIAS por darle cobertura a este microcuento,

    Rocío

  2. ufff comadre Ro, que cuentito, muy bien proyectado, interesante trama, muy intrigante, felicidades, bien logrado. Carinos de Marianela.

  3. gracias, comadre Marianela, viniendo de usted, me siento halagada…

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