CON LA CALLECITA A CUESTAS

 

Relato

Venancio (Pocho) Rivero – Uruguayo residente en Suecia

 

Aun recuerdo al anciano don Emilio, con 81 años todavía se encontraba fuerte, a pesar de su avanzada edad. Luego que enviudó, hace pocos años, la segunda de sus hijas llamada Esther lo llevó para su casa para que estuviera más acompañado. La pérdida de su esposa lo dejó muy mal, y trataba de reponerse gracias a la solidaridad de los vecinos.

 

En compañía de su hija, su yerno, y dos nietos ya adolescentes vive muy feliz. Por cierto, don Emilio es español. Estuvo condenado a muerte por el franquismo, y según decía, él y dos compañeros más pudieron salvar la vida “montados en el anca de un piojo”. El anciano salía todas las mañanas, por una callecita muy empinada, y repetía constantemente: “Voy llevando la callecita a cuestas mientras las fuerzas me sigan respondiendo”.

 

Este anciano español era muy querido y respetado en el barrio, en cien metros se paraba unas cuantas veces, hablaba con los vecinos, siempre tenía una historia que contar y todos lo escuchaban con mucha atención, principalmente los niños.

 

Don Emilio fue combatiente con los rojos y contra la dictadura franquista, ¡si tendría historias que contar el viejo asturiano! Como para cualquier ser humano, los años pasan sin esperar a nadie y son cada vez más pesados sobre nuestros hombros. Don Emilio no se achicaba, pero ya pesaban mucho para él y llegó el momento en que le resultó difícil subir aquella cuesta tan empinada.

 

A pesar de ser español, don Emilio era un gran matero, tomaba mate a la par de cualquier criollo. Por las tardes caminaba un poquito hasta la casa de unos vecinos –un matrimonio con dos hijos― que le habían comprado un mate para que el viejito tomara su cimarrón en la casa de ellos y luego regresaba contento a su casa. Todos le tenían un cariño muy especial, sin duda era el abuelo del barrio.

 

A su hija Esther no le hacía mucha gracia, que fuera a tomar mate a la casa de los vecinos y se dirigía a él con rezongos constantes. El pobre anciano no decía palabra alguna, sólo brotaban de sus ojos algunas lágrimas, vaya a saber las cosas que le pasaban por su mente.

 

Esther, sin vuelta, le puso candado al portón y el anciano no pudo salir más a la casa de los vecinos. Un niño de ese entorno, le contó a su madre que don Emilio estaba sentado en el jardín muy triste y llorando, enfrascado el pobre anciano en una profunda meditación. Desde luego un hombre que luchó mucho por la libertad, sentía ese encierro como aquella historia que se repetía. Los vecinos, demostrándole su afecto, hablaron con la hija de don Emilio y la hicieron entrar en razones.

 

Don Emilio tuvo cierto problema hepático y lo tuvieron que internar en el sanatorio Casa de Galicia. Como siempre hacen preguntas, se lo explicaron, para cuando llegara el médico él ya tuviera preparada las repuestas de rigor.

 

¿Es usted Bernardo Fernández?

No, yo soy Emilio Fernández.

Ah… traje la ficha equivocada, vuelvo enseguida.

 

Pero demoró más de la cuenta y don Emilio se sintió impaciente hasta que el médico volvió.

 

¿Usted tiene un hermano de 79 años, que se llama Bernardo?

, tenía… por lo que tengo entendido habría fallecido en el frente rojo contra el franquismo.

 

Una enfermera trajo al otro enfermo ―Bernardo Fernández― a la habitación y don Emilio le preguntó:

 

¿De dónde vienes tú?

Yo soy de Valdedios, Asturias.

¿No puede ser que seas mi hermano menor?

 

¡Qué sorpresa!, ¡allí estaban los dos hermanos! Sin duda habían ocurrido cosas muy curiosas en la vida de estos dos hombres. Habían vivido muy cerquita uno del otro y no lo sabían. Por fin, después de 45 años, pudieron abrazarse como verdaderos hermanos.

 

Luego llegaron los otros familiares de ambos, empezaron a mostrar fotos, todo coincidía. Don Emilio decía: “He encontrado a mi hermano del alma, pensé por muchísimos años que Bernardo había caído en las garras del intolerante y no fue así, él también pudo escapar, aunque por distinto camino”.

 

La familia se agrandó en poco tiempo, hubo un gran alboroto y se organizaron fiestas de todo tipo. La esposa de Bernardo se sentía desbordada de felicidad, agradeciendo que el destino de ambos hubiera sido Montevideo. Los parientes más jóvenes, buscaron hasta encontrar la forma de que los hermanos vivieran lo más cerca posible, los años que les quedaran de vida. Todos opinaban que los homenajes hay que hacerlos en vida. Y a los dos ancianos se les veía la felicidad en la cara, hubieron risas y lágrimas.

 

Estos hombres tan felices se acercaban al ocaso, una larga vida de lucha estaba llegando a su fin. Primero fue Bernardo, que falleció de una congestión. A los seis meses, Emilio se fue más de tristeza que de otra cosa. Por lo menos tuvieron la dicha de encontrarse y vivir un tiempo disfrutando la familia.

 

Estos hermanos, sobrevivientes de aquel régimen totalitario que gobernó miserablemente España durante 40 años silenciando su historia y su pasado, no sólo perdieron parte de sus seres queridos, sus hogares, sino también los espacios geográficos donde habían nacido y vivido. Así como ellos, tantos otros tuvieron que dejar su patria para salvaguardar su vida.

 

Me enorgullece recordar a don Emilio, un hombre muy querido, muy justo en sus apreciaciones, ejemplo de honestidad y fiel exponente de la izquierda. Sus ideas progresistas seguirán en el alma del pueblo.

 

Historias como ésta, también hemos vivido muchos uruguayos, luego de aquella oscura y tenebrosa noche donde no sólo se perdió toda garantía constitucional, sino que se torturó a mansalva, se robaron niños, se mató a diestra y siniestra, se violó indiscriminadamente.

 

Hoy, esos asesinos del pasado reciente uruguayo ―empezando por Gregorio Álvarez―, están en la jaula, y luego les queda otra condena en Argentina por sus crímenes allá. Quiere decir que no saldrán nunca más en libertad, vivirán el resto de sus días en una prisión.

 

Los pueblos deben ser libres y soberanos. Cada ciudadano tiene derecho a expresar su opinión, sin que ningún poder lo castigue por hacerlo. Ojalá que ningún pueblo del mundo se vea aplastado nunca más, por ése ni por ningún otro motivo.

 


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