CON LA HEBRA DE UN CABELLO

 

Es chiquita y delgada… Delgada y chiquita mi amor, casi un gusanillo; eso fue lo que él exactamente le dijo. Él que era un hombre culto.

! Vete a la mierda! Hubiera también podido decirle.

¡A la mierda! Para que no quedara duda, con su lenguaje aparentemente decente, de lo que realmente pretendía. ¡A la mierda! Para también responderle, de ese modo, en su misma altura.

¡Qué situación más irritante y confusa! La mía es chiquita le había dicho ella a él; a él que nada había preguntado para merecer aquella grosería.

Yo no veo donde está lo impropio, ni lo vulgar, ni nada hubiera dicho cualquiera; incluso yo lo hubiera dicho sino fuera a mi miembro viril al que ella hacia referencia cuando luego de informarme sobre el tamaño de su vagina, preguntó: ¿Es la tuya chiquita y gordita?

Es como un cañón; ¡pendeja! Hubiera podido responderle; pero ¿para qué? Si a mi, ella, no me interesaba; no, ni en lo más mínimo. Mi fantasía, por otro lado, debe estar al servicio de lo que realmente lo merece. ¡Es tan gruesa como un roble! Hubiera también podido decirle, siguiendo con las fantasías; pero la consecuencia inevitable hubiera sido tener que hacerle el amor al instante y en aquel lugar inapropiado. No hay duda de que ese hubiera sido el resultado de mi atrevimiento; ninguna duda. Y es que aquella mujer era tan vulgar que aquella era la forma más efectiva de conquistarla.

Mide apenas dos centímetros de largo en erección y es tan delgada como la pata de un pájaro hambriento, le dije por eso; especificando más la descripción de aquello que otros y también ella suelen llamar la verga. Se lo dije y resultó; porque dando inmediatamente la vuelta respondió: a mi me gusta que me complazcan. Luego se retiró y no volvió más; perdiendo, de ese modo, la oportunidad de obtener el orgasmo de su vida; como lo obtuvo mi abuela aquella tarde trágica cuando mi abuelo decidió suicidarse.

Eso fue lo que me contó Mariano. La verdad es que tiene un tamaño normal, agregó después. Eso del tamaño, por otro lado, es algo en lo que ya ni siquiera pienso, dijo; cuando descubrió que yo tenía ganas de preguntarle ¿Qué es lo normal para ti?

Su respuesta anticipada, sin embargo, no resolvía mis preocupaciones; porque yo si pensaba todavía en la importancia del tamaño; esa preocupación que llevó a la tumba al abuelo de Macario.

Lo hice a propósito.” Estaba escrito en el diario de Doña Matilde; un documento precioso que Mariano olvidó – o dejó intencionalmente – sobre la mesa de sala de mi casa, aquella tarde cuando conversábamos.

Calculé el momento cuando él regresaría del trabajo y me fui al baño”; está escrito después en ese documento en donde doña Matilde – una mujer bella de 35 años – hace referencia a don Eduardo, un hombre de 45. Don Eduardo fue el abuelo de Mariano y en ese documento se narran las razones de su muerte.

Cuando él abrió la puerta yo ya estaba tirada sobre la cama, fresca como la primavera y todavía con gotas de agua chorreando sobre mi cuerpo. Mi cabello largo, como las cataratas del Niágara y negro como las noches de tortura que sufrí con Eduardo era lo único que me cubría. La puerta sonó entonces; golpeó contra la pared. ¡Pom! le hizo; exactamente cuando todo mi cuerpo hacia un ¡pam, pam, pam! repetido disfrutando de placer. Sobre mis manos había solo una hebra de cabello. Sólo una hebra fina que deliciosamente acariciaba mi sexo. ¡No! gritó él después y luego se oyó el disparo. ¡Juro que yo no lo maté! porque yo lo quería, aunque no precisamente por la verga de burro que tenía. Fue eso lo que yo quise demostrarle con aquel acto planeado que él no pudo entender. Yo no tengo la culpa de que una hebra de cabello pudiera darme todo aquel placer que él no pudo brindarme con aquel miembro y su tamaño en el que él centraba todo su orgullo de hombre”.

¡Juro que no quise matarlo! repetía de nuevo en su diario la abuela de Macario. ¡Juro que no fue esa mi intención! decía finalmente ese documento que a mi me salvó la vida. Si, porque yo también tuve esas preocupaciones; le confesó Armando a Mariano la próxima vez cuando se encontraron. Gracias le dijo el uno al otro mientras Mariano sonreía. Él que sabía a lo que Armando se refería.

 

Guillermo Aguilar


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