Desconvocatoria

 

 

En aquel tiempo, a pesar del cambio climático, las cosechas arrojaron volumen considerable. El hambre estaba conjurada al menos esta vez. Los excedentes para la exportación también abundaban; las arcas del reino prometían rebosar. En consecuencia el rey giró orden al intendente, llevara a cabo los preparativos pertinentes para celebrar a lo grande la Noche de Cultura.

La Noche de Cultura es una celebración muy generosa. Son convocados a participar, desde consagrados y célebres artistas e intelectuales, hasta los más periféricos embaucadores de la comarca, a fin de que todo aquél que tenga algún arte que mostrar, lo haga.

Para asegurar amplia participación, por voluntad del rey se concede un generoso estipendio contante y sonante, a todo gremio de artistas e intelectuales que así lo solicite.

Antes de la inauguración de la fiesta, se ven salir artistas e intelectuales de los barrios acomodados, elegantemente vestidos y abordar estilizados carruajes. A la misma hora salen en caravana, desde aciagos villorrios, lo más decentemente vestidos que se pueda, una pléyade de charlatanes y saltimbanquis, no por anónimos carentes de calidad estética. Aquellos y éstos se encaminan a presentar sus obras en diversos escenarios dispuestos para la Noche de Cultura. Estos últimos van con la esperanza, además de mostrar sus habilidades, al menos una vez al año saciarse a la manera sibarita antes de ir a la cama. Portan algunos, bolsitas de plástico para llevar algo al perrito que ha quedado en casa. Por indicaciones del rey, abundarán lugares donde se repartirán salchichas y café, pródigamente y sin cobrar.

El presidente vitalicio de la gremial cuyo logo es un poeta que va echando a la abertura de un surco una especie de simiente, gestionó con harta diligencia a su debido tiempo, y le fue concedido el estipendio correspondiente, a cambio la noche del suceso, daría la asociación una muestra de su quehacer. Dicho presidente se veía, sin embargo, ante un dilema hasta cierto punto existencial. A pesar de presidir una asociación de poetas, no había un solo poeta en tal asociación.

Genialmente pensó el susodicho: –invitaremos a actuar por cuenta nuestra a poetas de otros gremios. Nadie del público estará interesado en enterarse si pertenecen o no a nuestra asociación.

El procedimiento concitó un curioso incidente.

El estilo de ser y hacer de Daniel (quien no se decía poeta, sino experimentador de la palabra escrita), granjeábale no pocos detractores y hasta enemigos gratuitos (sabido es que entre los poetas florece, no con menos fuerza que la poesía, la envidia). Las masas irredentas, signadas por la intrascendencia, aplaudían los textos trabajados por Daniel. Alguna vez los ovacionaron.

La urgencia de enviar a imprenta el programa definitivo empujó al mentado presidente, al torbellino de un patético monólogo.

A todas luces es Daniel –dijo para sus adentros– un tipo tan engreído como detestable. De nada valió le hubiésemos dado la oportunidad de ocupar un lugar en la lucha socialista. En modo alguno arraigó en su mente noción de socialismo. El necio se obstina en creer que sus versos son tan únicos como pueden serlo sus huellas dactilares! Se niega a socializarlos! No entiende por ejemplo, que de la misma manera que aquel borgiano personaje, cualquiera podría escribir los versos de Vicente Huidobro, sin incurrir en plagio, si es que la literatura fuese socializada tal y como debería ser! No entiende que la literatura es del pueblo y para el pueblo! La poesía no debería servir para la gloria vana o el enriquecimiento de poetas

Testarudo, se niega a que la mejor manera de socializar la literatura es que el autor de toda obra escrita, a excepción del texto político, renuncie a la autoría y acepte el anonimato. De este modo, podría cualquier miembro de nuestra asociación, por ejemplo, escribir Cien Años de Soledad, sin caer en la impostura. Podríamos además en la Noche de Cultura recurrir a versos de laureada potencialidad, ahorrándonos el disgusto de soportar la odiosa presencia de sus autores….. –Como era de prever, al poco rato de cavilar, el monologante arribó a una conclusión feliz–. En literatura la gloria es efímera y vanal! –dijo–. Una reaccionaria aberración del intelecto! Virtudes excelentes en literatura son el olvido y el anonimato. ¿Quién se preocupa por conocer la identidad de los autores del Popol Vuh? Dentro de unas cuantas generaciones la humanidad habrá olvidado la existencia y la autoría de El Laberinto de la Soledad! Estamos ante el eterno dilema hamletiano: ser o no ser. Esto se resuelve –concluyó– evocando el nombre de cualquier autor en el programa, haciendo caso omiso, a la vez, de su presencia física en el evento.

El ambiente estaba gris, húmedo y ventoso, se acomodaba Daniel en un lugar de Plaza Acústica. Una vez más quería disfrutar de la exacta vocalización que surge de la garganta bendita del tenor Amigo.

Se allegó al presunto poeta, presurosa como suele, Ludumila Hultgreen, experimentadora también en la lengua de Cervantes. Se entabló el siguiente diálogo:

Ludumila: –Vamos! o llegarás tarde! Quiero saber qué nuevos textos traes contigo!

Vamos a dónde?!
No trates de engañarme. Esta vez no te librarás de mí tan fácilmente.

Puso frente a él el programa impreso de la Noche de Cultura y señaló con el índice. –Acaso no estás tú programado para esta hora en la carpa de la asociación de poetas?

En efecto. Su nombre y apellidos estaban ahí; pero nadie le había girado invitación alguna.

Son los avatares de la existencia humana lo que hacen a los hombres descubrir nuevas palabras. El incidente revelaba a Daniel el inédito substantivo: desinvitación; y haciendo caso omiso de los aspavientos de Ludumila, con ayuda de papel y lápiz, descubrió sin asombro, que para conjugar el verbo desinvitar, servía muy bien como modelo, el verbo desconvocar.

Se alejó Ludumila yendo hacia la carpa de la asociación de poetas. La encontró completamente lúgubre y vacía. Entre chillidos, sobre los asientos que deberían ocupar los poetas, unos pájaros negros se aprestaban a pasar la noche. El evento había sido desconvocado, pero tampoco se notificó.

Lobo Pardo

 

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