“El basurero”

                                                                                     Escribe: Carlos Caporali

Él sabía de sorpresas, inconvenientes y otras yerbas por el estilo. Todo en su vida había sucedido antes, dentro o después de una de ellas. Apariciones, influjos, shocks, en fin, para llamarlo simplemente: sorpresas. Esa noche no fue distinto. También sabía él de percepciones y acciones premonitorias, molestas algunas, anticipatorias otras. Todas ellas sin embargo incluidas dentro del rubro de lo posible de resolver. Ella también parecía saber. Había llegado temprano, como nunca, de su clase de “Couch Profesional, no entenderemos porqué su boca dejaba entrever una especie de sonrisa tribal, la que no abandonaba ni siquiera rumbo al baño. Gestos distintos, premonitorios. Al menos eso le parecieron a él.

Los ruidos de la televisión enajenaban cada uno de los cuartos del departamento de la calle Salguero. Un vecino se esforzaban por hacer llegar su charla grotesca hasta los mínimos lugares del sexto piso. Mario a cargo del edificio avanzaba con la lustradora de parquet por sobre las expectativas de un día martes a la noche.

Ella seguía apareciendo como profunda conocedora de la historia, pequeña pero historia al fin. Él sabía de sorpresas, traspiés y otros inconvenientes; de todas formas siempre los había resuelto sin mayores esfuerzos. Alguna vez quedándose bloqueado en la ruta dos volviendo de la costa, presa de los piquetes. La solución no tardaba en llegar; alguno de los agentes a cargo, y luego de recibir la contribución tradicional, se arreglaba para lograr que superara la valla humana airoso. En otros momentos la suerte lo había acompañado permitiéndole no estar en el lugar de los hechos cuando de criminalidad se trataba. Pero ni en sueños hubiera imaginado que su plancha mágica del destino, le tuviera preparada una sorpresa de esas enroladas en el segmento de inesperadas, inéditas, insolubles.

Él terminaba, como era costumbre, de darse una ducha maravillosa colmada de matices y humedades, atiborrada de pasajes lumínicos y esotéricos lindando con una suerte de locura. Le apasionaba la ducha, después el bidé; en caso de nada, el piletón del lavadero. Así es, le gustaba el agua. Una toalla apenas discreta le cubría algo de su cintura, mientras que bajaba tendenciosa hasta apenas la mitad de sus muslos. Poca cosa se podría inferir. Esa era su costumbre. Ella usaba el otro baño. Pequeño, incierto de ser disfrutado, pero con lo suficiente como para intentar saciar la sed de alguna necesidad perentoria.

  • ¡..Acordate de sacar la basura..!” La comanda se fue deshaciendo por entre los rincones de la casa y le taladró el cerebro.

  • ¡.. Me escuchaste che..!! Insistió bárbaramente con higiénica reververancia acústica de bañera.

    • ¡.. Si..!!!” Gritó acalorado como siempre; irritado como cada vez que se lo espetaba desde el baño sin siquiera asomar esa: “ .. Cabezota de rulos tiesos..”

    • ¡.. Si, te escuché carajo..!!!” La maldijo mientras terminaba de atar raudo y pendenciero cada bolsa del supermercado transformada en bolsa de consorcio trucha…

    • ¡..Te escuché, sí, te escuché..!” rumió el insulto mientras abría con la mano izquierda la puerta de salida, cargando con la derecha sobre su hombro las bolsas de la discordia.

El basurero era un cuarto sencillo y pequeño, aunque el olor fétido de basura abandonada lo clasificaba como inhóspito, de cuarta categoría, detestable sobre todo en verano. La puerta que lo franqueaba recibía los puntapiés de los vecinos del sexto, también se anotaba Mario, quien de vez en cuando practicaba de “puntín y hasta contribuía con golpes de tacho grande, único receptáculo que al igual que un Sumida Maru, carguero japonés de la marina mercante, recibía la descarga poco ecológica de cada vez más y más departamentos.

El simplemente odiaba sacar la basura, reaccionaba contra el basurero, sentía que su plexo solar se conmovía de sólo imaginar que alguien pudiera salir de otro departamento, y al cruzar las miradas un saludo crónico irrisorio fuera la respuesta a su vergüenza acunada desde niño, cuando su madre le pegaba en la punta de los dedos por negarse a lavar los platos del almuerzo del domingo.

Una sucesión de temblores, guiños espasmódicos y carne crispada era el síndrome característico que acompañaba el viaje. Avanzó conmovido hacia la puerta del miserable tambucho, sujetándose irregularmente la toalla que había comenzado a aflojarse abandonando impúdicamente su cintura. Tiró las bolsas al suelo, despectivo, recio. Le propinó un zurdazo al picaporte del refugio de excrementos vecinales, y justo en el preciso instante en que terminaba de embocar victorioso las bolsas de la deshonra en el inmundo receptáculo, justo en ese instante: o sonaron los tambores de la tribu del águila bicéfala, o se escuchó el disparo de un guardián de la ley trasnochado, o tan sencillo como que, a instancias de una inesperada corriente ventosa con símil efecto venturi, se terminaba de cerrar la puerta del departamento.

La luz mortecina del “timer del pasillo se transformó en negra, de negra pasó a inexistente. Arrebujado, amedrentado, tirado en el suelo y contra la puerta de su basurero, temblaba una vez más. Esperó que Marta lo socorriera, ansiaba oír sus pasos, verla llegar arrastrando las pantuflas a través de la escasa rendija que dibujaba el confín del piso de cerámica española, con el canto de la puerta de madera enchapada en roble. Nada sucedió entonces. Tan sólo algunos sonidos se identificaban, se mezclaban con sirenas de ambulancia, charlas y risotadas de la vecindad. Las luces habían desaparecido totalmente. No tenía fuerzas para gritar. Deseaba y le pedía a Dios la presencia de algún otro habitante. La toalla había desaparecido. Sus segmentos más pudendos se retraían y escondían en la maraña pilosa de su propio bosque de vanidades. Nada se sabía de Mario. Al menos él debiera ponerse a la orden de cualquier imponderable. Marta había salido del baño, hablaba sola y mientras picaba la cebolla del tuco de la cena, lo insultaba en ausencia una vez más. Un cosquilleo comenzó a adormecer su cuerpo todo, lloraba con lágrimas de ausencia. Pedía por todos los Santos. Reclamaba, parecía gritar pero nadie concurría presto a semejante rescate.

Se arrastró pesadamente, su desnudez de cuerpo sudado le incomodaba llegar hasta la ansiada puerta de su casa. Golpeó una y otra vez. Lloró amargamente. Gritó maldiciendo a su mujer mientras las luces del ascensor se encendían intermitentes dándole a la escena mayor intriga, temor y desolación.

Se abandonó. Rindió su cuerpo del dolor, su espíritu a lo que sucediera. Se arrepintió de haber mentido. También hizo penitencia por insultar a esa santa colaboradora de tiempo completo, mal carácter y magro salario teñido de vergüenza. Pensó que haber tenido hijos hubiera contribuido a disimular lo dramático del momento, o escribir un libro, plantar un árbol. Se fue dejando caer, se auto-convocó a la quietud, al silencio, al recuerdo de su mediocre y casi inexistente pasado. Entonces todo lo acontecido hasta allí se fue diluyendo. Apenas se escuchaba en un hilo de voz, el tono reconocible de Marta hablando por teléfono con su madre, de bruja a bruja, comentándole entre sonrisas la repetida ausencia de noticias al respecto de la extraña, inexplicable, insolente y hasta increíble desaparición del necio de su marido, treinta y seis meses atrás.

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Una respuesta to ““El basurero””

  1. Felicitaciones , extraordinario el cuento, muy bueno.
    EL amor, siempre y el desamor al lado es el juego interminable en la ronda de la existencia.

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