El coronel Amir

  El coronel Amir tenía las piernas tan largas que parecía una verdadera jirafa aunque por la fortaleza de su cuerpo era más bien un rinoceronte; un mamífero, como la piedra, de mirada extremadamente dura que hasta sus mejores amigos temían mirarlo directamente a los ojos. Las mariposas, sin embargo, gustaban de revolotear a su alrededor y él, por su parte, disfrutaba haciéndolas caer al suelo de una sola manotada para después pisotearlas. No, no era que fuera malo que era esa solo su forma de hacer el amor; su particular manera de disfrutar, que sentía elevada al máximo, cuando escuchaba el para él erótico ¡ay, ay! de esos pobres insectos. Hizo, de ese modo, tantas veces el amor que de tanto hacerlo un día se aburrió y desde entonces fueron para él, esos lepidópteros voladores, totalmente indiferentes. Con lo que empezó la felicidad para aquellas mariposas y la infelicidad para mi coronel. “Este mundo no tiene sentido” solía decir; totalmente sumergido en lo más profundo de sus problemas existenciales.

 

Este mundo no tiene sentido pensaba una y mil veces; hasta que de repente vio a un perro viejo que no cesaba de ladrar y viéndolo y acercándose a él le volvió a encontrar sentido. ¿Qué te pasa animal? le dijo y este, en lugar de ladrar más fuerte, solo dejo escuchar un pequeño quejido mientras movía a la vez la cola. ¡Qué divertido! pensó mi coronel mostrando a su vez una pequeña sonrisa. La primera luego de su ya larga desilusión amorosa con las mariposas. ¿Qué te pasa animal? volvió a preguntarle al perro y este de nuevo movió la cola e hizo otras gracias propias de esos animales cuando se les pone atención. ¿Qué te pasa? siguió preguntado aquí y allá y aquella pregunta lo hizo famoso en el reino de todos los perros callejeros de aquel lugar recientemente azotado por una guerra.

 

Con la fama le creció a mi coronel la clientela: la cantidad de perros que todos los días acudían a buscarlo en la banca de aquel parque en donde una vez estuvo a punto de ser fusilado por su curiosa forma de hacer el amor. Apunto de ser fusilado estuvo pero aquellos eran tiempos ya pasados y de los que así osaron castigarlo ya no quedaban muchos. El coronel Amir tiene oídos de conejo comentaban alegres los perros, entre sí, y seguían incesantemente buscándolo. Tanto revolotearon a su alrededor que al coronel estuvo a punto de repetírsele la misma desilusión que ya había tenido con las mariposas. Apunto estuvo; pero la detuvo a tiempo con el poder de una idea maravillosa: Hacer negocio de todo aquello. ¡Claro ¿por qué no? todo tiene su precio! se dijo convencido; e inmediatamente llamó a uno de los perros para ordenarle cazar y ejecutar al primer hombre. ¡Mátalo a mordidas; que no queden de él ni las hilachas! le dijo, frotándose las manos, y pensando en eliminar a los que todavía quedaban de aquellos que intentaron a justiciarlo aquellos días cuando todavía se pensaba que las revoluciones eran posibles.

 

¡Qué no queden de él ni las hilachas! volvió a escucharse al otro lado de la línea; pero el perro no respondió nada sino que guardó únicamente silencio. La orden le parecía definitivamente estúpida. ¿Por qué? ¿por qué a un hombre? pensaba ¿Por qué al mejor amigo del perro? seguía pensando; descubriendo de ese modo la incapacidad de mi coronel para escuchar a alguien más que a si mismo. ¡Si mi coronel tiene problemas con los hombres que los arregle él! nuestro problema son los gatos, pensó finalmente el perro.

 

¿Lo vas a matar o no? se oyó de nuevo la voz del coronel; pero el coronel no recibió más respuesta que el silencio. Y es que los perros habían hecho su revolución. ¿Y si los perros lograron lo imposible por qué no también los hombres? Rumoró una mariposa al oído de un hombre. Al oído de uno de aquellos que dejaron la tarea a medias.

 

Guillermo Aguilar

 

 

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Una respuesta to “El coronel Amir”

  1. He quedado contagiado de un virus que me sirve para morir en una extraña muerte que tiene forma de arte, que se columpia en las nubes de esos cuadros y esas letras que calan como espinas en la sangre de mis gustos. Dormiré con la sombra que dejará en en mí estas imágenes que llegan como ráfagas de un sol que le daran claridad a mi muerte.

    No tuve más remedio que escribir algo ya que la belleza de lo que acabo de ver en este correo incluendo textos e imágenes me ha impactado enormemente.

    Gracias por el envio…

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