EL CUENTISTA

 

Relato

Miguel Ábalos – Uruguay

En Montevideo, los cuentistas siempre dieron que hablar. Antes se decía que eran fulanos con algún tornillo desajustado, o aprovechadores de la ingenuidad humana. Aunque en este siglo XXI los tenemos mucho más organizados en cantidad y calidad que antaño, me referiré a uno de ellos, cuyas andanzas ocurrieron por la década del 40′.

 

Uno de los típicos ejemplares de esa “fauna” que pasó por esta ciudad, se llamaba Noutro. En los atardeceres ―cuando el movimiento de personas era mayor― caminaba por Dieciocho de Julio con sombrero de ala ancha, el cuello de la camisa muy blanca con grandes picos, los puños de encaje, un chaleco multicolor como el arco iris, una capa negra y una gran cruz colgando del cuello.

 

Se decía que había llegado de Buenos Aires, expulsado por la policía. Según contaban, trabajaba allá con una mujer llamada “la milagrosa”, “la sonámbula” y otros apelativos, según el lugar. Pasaron un buen tiempo desplumando incautos, hasta que un día la policía dijo ¡basta! y el negocio se les terminó.

 

Obligado a cambiar de aire, cruzó el río y apareció en Montevideo. De inmediato su extraña figura llamó la atención. Noutro actuaba diferente a los que se dedican a esta clase de especulaciones. Trataba de exponer su amabilidad y cordialidad en lugares concurridos, y la gente miraba con simpatía su sonrisa permanente. Se decía, además, que era muy generoso con los pobres.

 

En pocas semanas, habiendo creado un ambiente propicio, se puso a trabajar. Decía que dios lo había enviado a la tierra para ayudar a la gente, y los que esperaban a ese dios… le creyeron. La misma gente lo fue haciendo popular y poco le costó conquistar a unos cuantos ingenuos. En la capital, instaló tres santuarios: uno en Durazno y Yaro, otro en San Salvador y Tristán Narvaja, y el más conocido y concurrido en Rivera y Melitón González, a una cuadra del cementerio del Buceo.

 

Ese lugar era conocido como “El rincón de las almas” donde un cristo de piedra colocado en el jardín a la vista del público de la calle, lloraba en forma contínua. El litro de lágrimas ―sin envase― se vendía a 30 centésimos. A la entrada había un letrero con la siguiente inscripción: “Los muertos viven, rogad por ellos. Vuestra oración y vuestro pedido, en este lugar serán oídos”.

 

En todos los santuarios había varios espejos con juegos de luces al mejor estilo de las sicodélicas actuales. Se vendían yuyos de todo tipo, que tanto enderezaban una vértebra como a un marido desviado. Y también se ofrecían vales por valor de 15 y 25 centésimos, para la compra de agua curativa.

 

Esparcidos sobre la mesa en el lugar de espera, lucían folletos y libros de ciencias ocultas. En las paredes, avisos y recomendaciones: “Curaciones sin medicamentos”, “Se curan enfermos solamente con su ropa, sin verlos”. Y asegurando felicidad, fidelidad, salud y dinero. Además, formularios con preguntas como: “Quiere que su marido deje a esa mujer?”, “¿que su compañero le sea fiel toda la vida?”, “¿vivir el doble de años que debe vivir?”, “¿verse libre de enemigos?”, “cobrar lo que le deben?, ¿que el preso salga muy pronto en libertad?”…

 

Todo marchaba en muy buena forma hasta que un día el negocio se terminó porque la policía uruguaya tampoco estuvo de acuerdo con la actividad de Noutro explotando la incredulidad pública. En pocos días salió en libertad ―nuestras leyes nunca fueron severas con este tipo de delitos― y el hombre se fue del país con rumbo desconocido.

 

Evidentemente sus oraciones, yuyos, poderes, y las caras lágrimas de su cristo no lo ayudaron mucho: Tres años después, un uruguayo lo encontró en una plaza de Barcelona pobremente vestido, casi como un mendigo, vendiendo abanicos y otros chirimbolos.

 

Poca suerte la del pobre Noutro, de haber vivido en otra época. Si hubiera sido ahora, seguro sería propietario de enormes salas de antiguos cines, tendría programas en todas las radios, cerraría la transmisión de varios canales de televisión, estaría amparado por leyes estatales, y la misma policía le ofrecería custodia para su persona y sus costosos vehículos… Todo financiado voluntariamente por la misma clase de personas que él sabía manejar a la perfección… y sin ninguna clase de riesgo.

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2 comentarios to “EL CUENTISTA”

  1. Hola
    Soy montevideono de toda la vida y muchos personajes pululan con ese tipo de “defecto”..ser cuentista..”hacer el cuento del tío”..pero nunca oí hablar de ese tal Noutro..ahora si es un personaje de ficción lo pintas tal cual..con las caracterisiticas de estos elementos..que llevan la “viveza criolla” encima para ser su modo de vida..
    No esta escrito muy literariamente…quizás necesite mas vuelo de cuento ..mas bien es un relato lineal..y con un final supuesto..creo que estos personajes nunca llegan a nada grande..son del montón para toda la vida hagan lo que hagan..
    Saludos

  2. Muy interesante el relato.Sólo suelo leer poesía y la narrativa difícilmente me atrapa.En este llegué al final sin dificultad por lo que intuyo-aunque no soy crítica ni criticona- que el cuento es bueno.Saludos ,Miguel.

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