El hombre que perdió el nobel

o el testimonio de Carlos Linderman

Autor: Guillermo Aguilar

 

Gumersindo Cuestas escribió un relato. Yo lo vi. Yo lo oí, Yo lo leí. Un interesante relato con valor histórico, científico y literario. Realmente toda una pieza de la más fina joyería. Una historia que Justifica muy bien la rebelión de la mujer. A pesar de su experiencia como escritor, me consta, le llevó a Gumersindo mucho tiempo escribirla; porque no es fácil descubrir ni describir las madejas bien ocultas de la dominación. Lo hizo – como era de esperarse para un escritor de su categoría – de manera clara, concreta, apasionante y sobre todo: con mucha investigación documental y de campo como punto de partida. Gumersindo era en realidad todavía un desconocido para los millones de amantes de la literatura, lo era; pero no para los expertos que lo habíamos tenido en nuestra mira desde hace ya mucho tiempo.

 

Un buen relato escribió Gumersindo. Un relato que expone muy bien la perspectiva del macho sobre la rebelión femenina. Ser intencionalmente no definido: el macho; se confunde con el autor. Es la estrategia de Gumersindo para probar el carácter explosivo de su relato. El Narrador y el autor son sin embargo dos seres diferentes: el primero quiere y se alegra de oprimir a la mujer, el segundo pretende liberarla describiendo a su personaje, a través de lo que cuenta, de la manera más objetivamente posible; de tal modo que aparezca como lo que realmente es: un ser despreciable. El macho, quizás un general leyendo un memorándum militar, narra como quien relata una guerra. Una larga guerra en donde cada mujer violada, cercenada, torturada o marginada es también una batalla ganada. Demás está decir que Gumersindo no tuvo necesidad de esperar mucho tiempo para comprobar el carácter explosivo de su historia. No esperaba realmente un linchamiento; pero fue esa la forma que tomó la explosión de la ira femenina durante aquella celebración del día internacional de la mujer, a donde yo por casualidad asistí, y en donde él con orgullo lo leyó. ¡Usted es un hijo de puta! le gritó una de las mujeres allí presentes y de ese modo dio la pauta para que otras le gritaran también más improperios. Gritaban y avanzaban. Sus rostros se veían rígidos y sus cuerpos tensos. Todas empuñaban en sus manos, quizás cual bayonetas, sus carteras. No había duda pretendían abalanzarse sobre el pobre Gumersindo. Arrojarse sobre él y darle lo que, según ellas, bien merecía.

Yo había comprendido el relato de Gumersindo de otro modo. Soy un experto en arte y literatura con grado de doctor obtenido en Harvard. Mi trabajo es leer y analizar y por eso pude diferenciar con facilidad – lo que de otro modo es difícil – entre narrador y autor. Gumersindo era para mi un héroe pero aquel no era el momento de defenderlo sin arriesgarse a correr su misma suerte. Hacerlo por otro lado hubiera obligado a identificarme; y eso no podía suceder bajo ninguna circunstancia. Hubiera significado un escándalo de mayúsculas proporciones con graves consecuencias para toda una nación. Preferí por eso quedarme sentado y pasar inadvertido; pero las dos mujeres que estaban a mi lado no me lo permitieron. ¡A este hijo de puta tenemos que cortarle los cojones! dijo una de ellas. ¡Y tenemos que hacerlo todas! agregó la otra jalándome con fuerza. ¿Qué más podía hacer? Recogí mi cartera entonces y empecé a gritar yo también sumándome al tumulto. ¡Pisáme a mi también, pues, viejo culero! Grité bien fuerte para evitar ser la excepción, llamar de ese modo la atención y ser descubierto. Me comentaron después que cuando me agaché para recoger la cartera: se me elevó la falda y que todos los calzones se me vieron. Y es que en aquella ocasión andaba disfrazado de mujer, debo confesar aquí. Muy bien disfrazado de mujer porque cuando entré al local de aquella celebración quiso el ordenanza de planta de aquel lugar hasta ponerme una mano sobre el culo. ¡Cuidado hijo de puta! le dije instintivamente; y olvidando todas las precauciones. Al mismo tiempo que me levantaba la falda y le mostraba la polla.

 

¡Qué te vamos a cortar los cojones! gritó de nuevo la mujer que parecía ser la líder de aquel linchamiento; mientras metía al mismo tiempo su mano a la cartera para sacar, quizás, un par de tijeras bien filudas. ¡Que lo hacemos! Murmuraron las otras mientras don Cirilo Cuevas, lo mismo que un rayo sobre cielo claro, se interponía entre los confrontados. ¡Qué aquí nadie irrespeta a nadie! gritó. ¡Primero muerto que permitirlo! dijo en extremo irritado.. Cirilo era, según supe posteriormente, el organizador de aquel encuentro y – como en aquella ocasión – acostumbraba siempre a regalar comida. ¿Quién iba a querer, por tal motivo, la muerte de Cirilo? Nadie. Fue fácil para él, por eso, terminar con aquella trifulca. Su voz fue como un fuerte hilo magnético que de inmediato jaló a todas las mujeres a sus puestos. Esos lugares en donde ya estaba servida la mesa. Y allí los vinos tintos, blancos y rosados. El Jerez, el Oporto, el Madeira y el Marsala. Allí las carnes rojas y las carnes blancas. La carne de res, de cerdo, de ternera y de buey. La carne de pollo, de conejo y de pescado. Allí el queso manchego, y el queso roquefort. Además de mucha verdura y fruta en abundancia.

 

Gumersindo describe en su relato toda la cadena histórica de vejaciones a la que la mujer ha sido sometida. Lo hace como todo un maestro; pero su relato no es, sin embargo, perfecto. Está lleno de aberraciones y exageraciones. La referencia al episodio de las amazonas, por ejemplo, es un puro cuenterete y la mención a la marginación de la mujer en la política un descuido en el manejo de las fuentes informativas. ¡Tan grande es ese descuido! que la innegable marginación de la mujer en la política parece en el relato falsa. Y es que actualmente se le margina a la mujer al mismo tiempo que se le promueve. Se trata del mismo esquema de dominación que también se ejerce ahora contra los homosexuales y los negros. Se les promueve para marginarlos. Y es que la política es actualmente en si un fenómeno marginal respecto a la economía. De tal modo que toda promoción allí no es más que una reafirmación de la misma marginación. Una promoción importante sin embargo porque da la impresión de un avance de la democracia cuando lo que realmente sucede es un retroceso. Actualmente es posible tomar el poder político pero no el poder económico: tan importante para romper realmente la marginación y la opresión. La economía sigue siendo controlada por los mismos de siempre aunque en la política hayan empezado a aparecer caras nuevas. Tanto de mujeres como de negros , de homosexuales y también de antiguos guerrilleros.

 

Exagerar y aberrar, esos errores en el relato de Gumersindo que en el total de la historia son solo pequeños detalles, no constituye sin embargo un delito en literatura. De ningún modo porque exagerar y aberrar son más bien herramientas del oficio. Y más que herramientas, quizás, condiciones naturales del hacer literario. Fue precisamente por eso, o debido a esas consideraciones, que ninguno de los supuestos errores en el relato de Gumersindo fueron tomados en cuenta en la decisión que – solo momentos después de aquella celebración del día internacional de la mujer – sin ninguna vacilación tomé. Terminada la celebración corrí inmediatamente a encerrarme en mi vehiculo. Quería comunicarme con todos mis compañeros de trabajo. Y fue por eso que le llamé a nuestro presidente. Vale decir acá: que aparte de leer y analizar corresponde a mi trabajo también seleccionar y nominar. ¡Ya tenemos premio nobel de literatura para el 2010! le grité muy contento por el celular. ¡Cachimbon! Me respondió él literalmente del otro lado. El español es uno de los tantos idiomas, que el presidente de la academia sueca para la nominación del nobel, domina a perfección. Está bien claro que las proposiciones, que en función de mi trabajo hago, no significan que el autor propuesto ya recibió el nobel. De ninguna manera. Es todo un proceso democrático. Un proceso del cual yo, sin embargo, conozco muy bien las reglas. Y por eso puedo afirmar que autor por mi propuesto es también autor nominado. Cabe, quizás, solo un uno por ciento de posibilidades de que mis propuestas fallen; pero esto hasta hoy nunca ha sucedido. No sucedió en el caso de García Márquez y tampoco en los casos de los otros tres más recientes que yo propuse. El secreto de todos estos éxitos son mis 15 años de trabajo en la academia. Si Gumersindo al final, entonces, no recibió el nobel es solo producto de lo que al final el lector podrá calificar de lo que quiera; pero jamás de una irresponsabilidad de mi parte.

 

Luego de hablar con el presidente llamé a un taller de mecánica para que llegaran a recoger el coche que repentinamente dejo de funcionar dejándome a mitad del camino del lugar a donde verdaderamente iba antes de, obligado por las circunstancias, visitar aquella celebración del día internacional de la mujer. ¡Qué gran cantidad de hombres había en aquel lugar! Pero eso yo no lo supe sino bien hasta que estuve adentro. ¿Serian verdaderamente hombres o solo mujeres disfrazadas de hombres como yo de mujer? Después tomé un taxi y me fui directamente a preparar el informe de nominación al nobel para el comité.

 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida” cantaba Rubén Blades en la radio del taxi y era esa una premonición de mi futuro estando yo en aquel momento en el pasado. Los recuerdos, como volando al otro lado de la ventana del vehiculo, pasaban casi atropellándose en mi cerebro. Allí estaba yo de pie y frente al coche que intempestivamente se me había quedado parado. Allí estaba yo, normalmente muy educado, vociferando maldiciones por la suerte de mierda que le había puesto fin a mi, por largo tiempo deseado, viaje a Eskilstuna. Otra pequeña vacación para volver allí no volvería a tener durante mucho tiempo. Nadie me esperaba allí y eso era lo importante: darle a Los Mascarones – el grupo teatral que había despertado mi interés por la literatura y el arte durante mi infancia una agradable sorpresa. Llevaba conmigo, en agradecimiento, una caja completa de trajes y vestidos de todo tipo que durante mucho tiempo había recogido y que sabía era para ellos de gran utilidad. Quería entregar la caja personalmente y aquella fiesta de inicio de labores que ellos tendrían aquel día parecía perfectamente apropiada para mi empresa. Bueno, aquello no seria posible, en todo caso no aquel día, concluí luego de intentar yo mismo reparar el problema con mis avanzados conocimientos de mecánica. Antes de retornar a la literatura, mi verdadera vocación, y a mi actual puesto en la academia para la entrega del nobel obtuve un doctorado en matemáticas y realicé muchos estudios avanzados dentro del área técnica. Reparar mi propio vehiculo hubiera sido para mi, por eso, bastante fácil; pero carecía de herramientas apropiadas y por eso empecé a caminar a la redonda del lugar en donde se me había quedado el coche. Tal vez exista un taller de mecánica por aquí, pensé; y en eso andaba cuando descubrí un pequeño rótulo en el que bien claro decía: ”Día internacional de la mujer. Entrada y comida gratis.” Perfecto, pensé con el estómago; que empezaba ya a llorarme de hambre. Otros lugares cercanos y abiertos para comer no habían. Aquel lugar parecía verdaderamente desierto. Pues bien pensé: a darle uso al vestuario teatral, a vivir de nuevo aquellos días de infancia. Y de ese modo, sin pensarlo más escogí uno de los tantos trajes guardados en el baúl de mi coche y me transformé en aquella hermosa mujer que nadie pudo dejar de ver y admirar durante aquel día internacional de la mujer. ¿Hay que doblar a la izquierda o a la derecha? me preguntó el taxista sacándome de mis recuerdos y avisándome, de ese modo, que habíamos llegado.

 

Salí del taxi. Abrí la puerta. Entré a mi casa. Encendí el ordenador y escribí: “Por poner de manera creíble en la boca del opresor los delitos del hombre que contados por una mujer frecuentemente son ignorados.” Intentaba formular la motivación correcta de mi propuesta. Justificar el por qué Gumersindo Cuestas debería recibir el nobel de literatura. Eso intentaba hacer cuando el pis píleo del icono que conecta a mi programa de correo me obligó a interrumpir esa labor. “Urgente” decía la presentación del mensaje. ” Mi intención no ha sido ni descubrir ni describir verdades. He querido nada más provocar” estaba escrito en el cuerpo del mensaje. Disculpas decía el final. El mensaje lo firmaba Gumersindo Cuestas. Aquel hombre que, de ese modo aquel día, perdió el nobel. ¡Me cago en Dios! dije entonces muy molesto y suspendiendo mi propuesta, tomé una cerveza y me fui directamente a la cama. Aquel día no pude dormir y la cocinera que preparó la comida de aquella celebración , en el que curiosamente participaron una gran cantidad de hombres, tampoco. Ella debido a un fuerte dolor de espalda .Yo debido al dolor de cabeza que las disculpas de Gumersindo me provocaran. Y es que si la intención de Gumersindo fue nada más provocar cabe la posibilidad de que haya mentido más de lo necesario, allí, en donde la mentira no tiene ninguna cabida aun a pesar de todas las licencias literarias que la permiten. Yo creo, en todo caso, que él dijo la verdad; pero: ¿cuántos lo saben? Gumersindo con sus disculpas dejo sembrada la duda allí donde ningún espacio para la duda existe. La opresión actual e histórica contra la mujer es una verdad. No caben allí ni las dudas ni las mentiras. No hacen falta para provocar porque la verdad ya hace en si lo suyo en ese aspecto. Provoca verdaderamente que el opresor mismo en su monólogo de macho las relate del mismo modo triunfalista como un general contaría, quizás, sus crímenes contra la población civil de determinado país. El mundo se sentiría provocado si de repente, por ejemplo, Hitler o Pinochet resucitaran solo para decir: ¡sí, yo maté, yo violé, yo torturé y qué! Las verdades de esos crímenes, del mismo modo que la opresión del hombre contra la mujer pueden ponerse en duda, como en efecto la literatura con fines exclusivamente provoca torios hace; esas verdades pueden ponerse en duda; pero hacerlo significa perder el máximo reconocimiento literario. Como le sucedió a Gumersindo, como quizás nos pase a tantos otros. A tantos otros impostores de nombres. Realmente simples analfabetas esta noche embriagados.

 

¡Viva la mujer!

la mitad del poder

¡Viva la mujer!

y el salario completo

¡Joder!

 

 

 

 


Una respuesta to “El hombre que perdió el nobel”

  1. No sé. Como da a entender el interior del relato que pasó con el cuento y escritor protagonistas, este texto tienen una alta calidad y unos desniveles evidentes. A ratos se olvida de contar para hacer de ensayista. Al final tiene imprecisiones de lenguaje y descuidos, apartes muy perfectibles en la expresión e incluso en la puntuación. En definitiva creo que es un buen cuento muy perfectible, publicado con premura.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: