El otro poema de amor

  Reflexión: La unidad es importante siempre y cuando no anule la diversidad, que es la vida.

 Los que ampliaron

la política de integración

(y fueron considerados

montañas de hielo

y no partes del radar moderno

ni orientadores

necesarios

para evitar

un nuevo y más dramático

Titanic).

 

Los que dependieron del social

teniendo un oficio útil,

repartieron periódicos,

lavaron platos,

hicieron de nuevo sus estudios

y hasta obtuvieron

nuevas profesiones

para luego

continuar desempleados

en el norte de Europa.

 

Los mismos que fueron perseguidos

o salieron de las cárceles

en San Salvador,

Buenos Aires,

Santiago,

o cualquier otra parte del mundo,

por revolucionarios,

por defensores de derechos humanos,

por hambrientos.

 

Los siempre sospechosos de todo

en los países donde al fin encontraron refugio

(“me permito

remitirle al interfecto

por esquinero sospechoso

y con el agravante

de ser integradito”)

para variar

latinoamericano,

asiático

o quizás

africano.

 

Los que formaron asociaciones

y ocuparon cargos parlamentarios

para luego

cerrase de ojos y oídos

mientras otros se morían de frío

aquí

allá

en todas partes.

 

Los maestros

en vaciar basureros

y amueblar sus casas con despojos

o desperdicios de la sociedad moderna.

 

Los que todos saben de donde son.

Los mejores artesanos del mundo.

Los Neruda,

los Márquez,

los Mandela,

los Gandhi,

los constructores de sueños y pirámides

o portadores de culturas milenarias.

 

Los que en lugar de trabajo

recibieron un número.

Los que se murieron de viejos

a causa del desempleo

o por la nostalgia de la patria lejana.

Los que lloraron borrachos

celebrando el posible juicio a Pinochet,

en pleno invierno sueco,

el nobel de Pinter

u otro acontecimiento

digno de celebración,

alegría

o canto.

 

Los que nunca quisieron preocuparse

por el prójimo cercano

alegando:

motivos de familia,

exceso de trabajo,

mucha actividad “solidaria”,

frustración política:

los integraditos hijos de la gran puta.

 

Los que ya casi se van,

los que todavía no se han ido;

los eternos inmigrantes

a pesar de la política de integración

y de los procesos de “democratización”

en América Latina

u otras partes del mundo.

 

Los salvadoreños,

los bolivianos,

los latinoamericanos,

los africanos,

los asiáticos,

pero también

los de cualquier otro lado

que independientemente

de su nacionalidad,

religión,

identidad política o sexual,

se conmueven ante el dolor

y luchan por la verdad

y la justicia

aunque también

algunas veces se equivoquen,

mientan,

roben

y hagan cosas

más propias del enemigo a combatir

que de la dignidad a la cual representan.

 

 

Los primeros

en bailar los ritmos propios de sus tierras lejanas,

los tristes

más tristes del mundo:

los integraditos,

mis hermanos.

 Nota: Poema de amor se llama el conocido poema del salvadoreño Roque Dalton al cual este otro parafrasea y hace alusión con la intención de rescatar el espíritu internacionalista del mismo poeta y de ese modo enfocar temáticas de quizás mayor actualidad.

Guillermo Aguilar

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2 comentarios to “El otro poema de amor”

  1. Estimado Guillermo: Felicidades por tu blog, lástima que no tenga para icnluir seguidores…

  2. Ese poema le quedaría perfecto al actual Presidente de Venezuela: o sea:
    algunas veces se equivoquen,

    mientan,

    roben

    y hagan cosas

    más propias del enemigo a combatir

    que de la dignidad a la cual representan.

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