El pueblo de las mil guacas

 La tía Susa, que ya entraba en los cientoveinte abriles y vivía solita en la falda del Chocho, en Sevilla, siempre repetía: esos mucharejos nacieron torcidos y así se van a quedar, no los endereza ni misiá hijueputa. Nacieron perros de monte y perros de monte se han de morir. ¿Qué pasó con Jorgeñato, y con Malasuerte, y con Esperancita? ¿Dónde están esos muchachos? ¿Qué se hicieron?

Jorgeñato se volvió el terror del pueblo desde que se metió a policía y se dedicó a perseguir matarifes y malandrines. Entre el ganado andaba y se le pegó la boñiga. Malasuerte que pintaba pa´cura resultó paraco y de los buenos, dizque anda mandando un frente en el Caquetá. Y Esperancita no se diga, la flor de la familia, la flor de la maracachafa, que no sirvió ni pa’tacos de escopeta. Yo aquí siquiera me entretengo regando estas maticas y conversando con Cleopatrix y con Tintán, que al menos ponen cuidado aunque no hablen un carajo.

Yo no sé quién será ese Kico Piraña que tanto nombra Jorgeñato, que le rinde pleitesía y le soba el saco dizque porque acabó con la vida de un tal paramilitar Arroyave, a quien sucedió en el trono de los paracos en los Llanos Orientales. Yo no sé de dónde saca el ñato esos cuentos con pelos y detalles… o serán mentiras, o alucinaciones. Que un man lugarteniente de Arroyave sabía de más de cincuenta fosas comunes con los cuerpos allí arrojados. ¡Santo Dios bendito! De dónde saldrá tanta gente, que a diario matan y rematan, y la gente no se acaba. Es que en la policía todo se sabe. Otro mandamás de ellos, de los duros, un Ramón Isaza, jefe de las autodefensas del Magdalena Medio, también confesó otro medio centenar de fosas.

¡Doña Susita, usted todavía hablando sola! Dijo María Dolores, su mejor amiga, esa mañana que fue a pedirle unas ramitas de yerbabuena para calmarle unas fiebres a su marido Julio César.

Como le parece Doloritas que el otro día hicieron fosas para enterrar billetes. Eso fue cuando las güacas millonarias. La primera vez fueron 42 mil millones en billetes verdes de distintas denominaciones que se encontraron los soldados de un batallón entero cuando perseguían a los guerrilleros.

En ese entonces la bomba explotó y se propagó por los aires y en todos los rincones del país a través de la radio, la prensa, la televisión, hicieron feria con las noticias. Hasta una película sacaron y la estuvieron mostrando por allá en la yunai y en la cochinchina y la bramaputra. ¿Cómo estará la gente de podrida por allá, no Jesusita?

Las gentes recuerdan que desde el mismo momento cuando se regó el hallazgo del espectacular matute, en adelante las vías hacia el sur, empezaron a congestionarse con miles de vehículos que transportaban a los curiosos y hambrientos güaqueros, desocupados y aventureros. La romería era interminable y permanente.

Cien kilómetros a la redonda del primer sitio del inusual descubrimiento la tierra fue descapotada como si un ejército de hormigas arrieras hubiera devorando todo a su paso. Huecos y más huecos proliferaban unos tras otros dejando la superficie oradada de cráteres como un queso holandés.

Hasta el más infeliz de los rebuscadores encontraba su recompensa después de un par de días sumergido entre la tierra excavando profundas galerías. La gente salía de los huecos batiendo rollos de billetes y bailando en un solo pié.

Imagínese Doloritas como sería eso, que cuenta Jorgeñato que primero fue el negocio de ron y whisky chiviados al borde de la carretera, donde los premiados de la fortuna iban a calmar la sed que les carcomía el gaznate.

Luego llegaron las muchachas de vida alegre cuando escucharon de la bonanza de las güacas. Al mismo tiempo apareciendo los hoteluchos de mala muerte, las carpas levantadas y las funerarias de medio pelo que de improvisadas se volvieron empresas pintorescas que vendían féretros con video incorporado y luces de colores. La gente moría de mil formas, embriagados y narcotizados entre el humo de la basura química del crack, víctimas de una sobredosis de polvo blanco y prostitución. Muchos fallecían desnudos entre las piernas de las putas que les daban su postrero adiós mientras empuñaban fajos de billetes en una mano y en la otra el estilete del degüello.

Así fue como nació Crazy Town, el pueblo de las mil guacas. Ya no queda ni el rastro, fue un pueblo desechable. Quienes lo conocieron y participaron de la efímera bonanza dicen que jamás habían visto rodar tanta plata. Un refresco costaba veintemil pesos y una caja de cigarrillos cienmil. Con billetes de cinco dólares se encendían los pitos de marihuana.

La tía Susa apenas podía creer las historias que le rondaban a Jorgeñato en su cabeza. Ella era una catana de mil batallas. Tenía una memoria prodigiosa que las infusiones de albahaca despertaba y la llevaba a emprender unas charlas largas que duraban horas y horas entre murmullos y caricias que procuraba a las plantas en su jardín. El olor característico de las especies aromáticas se expandía por las calles sevillanas y la gente se acordaba de Susita, la de cabellos blancos y caminar renco en la falda del Chocho.

 

Alejo Vallejo B.

 

 

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