EL VIEJO

 

Cuento

Miguel Ábalos ― Uruguay

Parecería que sus hijas creyeran que fue viejo siempre. Los 84 años que lleva a cuestas, algunos achaques propios de la edad y lo poco o casi nada que habla, les hace pensar así. La mayor parte del tiempo se interna en su mundo de recuerdos y sumergido en él, recorre su vida pasada.

 

Piensa en Luisa, aquella atractiva y sensual mujer con quien perdió la inocencia. En Ana, la preciosa morocha a quien le decían “Chocolate”. En Marta, con su piel tan blanca y sus enormes ojos verdes. Cómo olvidarse de Sofía, delgada y de hermosas caderas. Y otras tantas cuyos nombres se perdieron en la distancia.

 

Se pregunta qué será de ellas… Si viven, ¿cómo lo harán…? ¿Tendrán quién les diga “abuela” o estarán en total soledad acompañadas únicamente de sus recuerdos…? ¿Se acordarán de él…?

 

Piensa en la barra de compañeros, aquéllos de las noches de sábado en el boliche “El dominó”; punto de partida para “colarse” en alguna fiesta de cumpleaños o casamiento, o incursionar en uno de los tantos bailes del pintoresco y hermoso Montevideo de los años 40′. Busca en el tiempo cosas gratas ya vividas, trayéndolas al presente como un ejercicio para fortalecer su memoria.

 

Otras veces se pierde en un laberinto de cuerpos y nombres que desfilan vertiginosamente ante él sin que pueda reconocerlos. Piensa cómo ―casi sin darse cuenta― se marchó aquella hermosa y larga juventud, que en su momento le pareció tan breve, consumida por la urgencia.

 

Revive los felices años con Irene, complementándose en todo. La alegría de su andar por la casa, la dicha de los dos en cada embarazo, eligiendo siempre nombres de mujer, porque ambos sentían que nacerían niñas… Y después, su desconsuelo cuando ella murió, que sobrellevó dedicándose por entero a esas hijas que hoy lo desprecian…

 

Es por eso que no les presta atención, y porque nada amable tienen para decirle. Le demuestran su desagrado cuando va a visitar a Germán, el hijo de su amigo Antonio… les molestaba Antonio, también, cuando vivía.

 

Entonces el viejo sale, en busca de los afectos que ellas no le ofrecen, y se pasa horas en lo de Germán. Ahí, tanto Germán como Elena lo tratan como a un padre, y hasta los chicos le dicen “abuelo”.

 

Germán le pide que le cuente de Antonio, de las cosas que hacían juntos cuando eran jóvenes y se emociona con sus anécdotas. Elena le ceba mate y le dice que está tan a gusto con él como estaba con su suegro, al que tanto quería. A la vuelta se siente renovado, el amor de esa familia le produce felicidad, le da energías para sobrellevar la existencia en su casa.

 

Camina despacio, pensando en ellos, en cómo pueden darle afecto, con los problemas que tienen. Si al pobre Germán, el socio le fundió el negocio y lo dejó en la calle. Ahora está trabajando de peón en una gomería ―después de haber sido empresario― y no se queja, dice que cualquier trabajo es digno para traer un peso a casa.

 

El viejo no les cuenta sus problemas, sufrirían por él y no podrían hacer nada. Para no mentirles, prefiere no hablar de sus hijas y dedicar todo el tiempo a los recuerdos de Antonio.

 

Donde miente es en su casa, para evitar rezongos y malos tratos. Dice que fue al cementerio a llevarle una flor a Irene, o al club de abuelos a jugar a las cartas. Eso porque preguntan dónde estuvo, si no lo hicieran no les diría nada. Igual gritan y protestan, pero él no les contesta, entonces aseguran que está sordo y senil. Dicho de otra manera, no es para ellas nada más que una cosa que ocupa un lugar físico, lo que significa un estorbo.

 

Por suerte aun se mueve por sus propios medios y puede andar solo. Ama sus pies, ellos lo hicieron transitar por muchos caminos, no claudicaron ante la distancia o la velocidad que les impuso su mente. Incondicionales amigos, que lo siguen sosteniendo sin lamentarse.

 

Y qué decir de sus manos, con su distinta misión, ellas fueron punto de referencia para sus palabras y muchas veces hablaron por él. Supieron estrechar con fuerza al amigo. Acariciaron la piel de mujer, trayendo a través de sus brazos ―como si éstos fueran cables de alta tensión― todo el placer a su cuerpo. Siempre a la orden de su cerebro actuaron en auténtica democracia. Hermosas herramientas que le siguen prestando utilidad. Mientras las mira, les susurra que las adora. No en vano su fiel amigo Pecos, echado a sus pies, las besa con ternura.

 

Y su mente, la que todo lo domina, sigue actuando con claridad. Le muestra que no está solo, le hace sentir que está entero y le indica que ahí está, a su servicio, para darle su soporte absoluto cuando llegue el momento de mostrar que existe, que a pesar de lo que crean, ¡todavía puede!

 

Sus hijas pasan a su lado mirándolo con desprecio, como a algo que molesta en el camino. No saben que aún tiene resto para librar su última batalla. No se dan cuenta que es un ser pensante con una gran fuerza interior… ¿Cómo van a saber, si no les importa? Algunas veces lo sacuden de sus pensamientos, cuando las escucha hablar:

 

Yo creo que pronto vamos a tener que internar al viejo en una casa de salud.

, ahí va a estar bien atendido y tendríamos toda la libertad para hacer las cosas como queremos.

Lo que hay que arreglar pronto ―dice uno de sus yernos― es que les dé un poder para manejar sus bienes, no hay por qué esperar que se muera para disponer de todo eso.

, tenés razón, primero hay que llevarlo al Abogado… después vemos dónde lo internamos.

 

Piensa con tristeza ¡qué seres ha engendrado! Es consciente de que no fue un santo, pero dio gran parte de su vida para hacer de ellas lo mejor. Se quedó solo cuando eran chicas, las crió, las educó y estuvo siempre ahí para ofrecerles su apoyo y su cariño. Sabe que fue su responsabilidad por haberlas traído al mundo, pero… él no la cumplió por obligación sino por amor de padre… y ellas se convirtieron en sus enemigas, tratando ―peor que los cuervos― de devorarlo antes de su muerte.

 

Recuerda que conforme fueron mayores, le pidieron la parte de su madre y él consintió, haciendo la partición de bienes… para que luego desbarataran hasta el último centésimo que les tocó… El viejo no puede entender cómo es posible ―si las dejó estudiar lo que quisieron y les solventó las carreras hasta el final― que nunca hayan ejercido sus profesiones. En realidad lo entiende… lo duro es aceptar que les sea más cómodo vivir de sus rentas, que son bastantes.

 

Y otro tanto pasa con sus yernos, que quedaron a cargo de la fábrica de pastas cuando él se retiró, aunque más no fuera para estar un rato cada uno detrás de la caja, como demostración de toda la actividad laboral que son capaces de desempeñar. El viejo sabe que los empleados mantienen esa fábrica al firme, aunque los zánganos de sus yernos le quieran hacer creer que está dando pérdida, sólo para venderla y dejar de trabajar.

 

Como la situación ―lejos de mejorar― se le está haciendo insostenible, decide que el asunto no da para más, que ha llegado el momento. Una mañana sale, va al cementerio a contarle a Irene y a Antonio su decisión y luego se dirige al consultorio de su Médico de cabecera. Le pide un certificado que acredite su estado de salud mental y sus condiciones para tomar decisiones. Con ese documento, se encamina a la oficina de su Abogado.

 

Como la ley no permite desheredar a los hijos, le encarga un trámite: la venta de todos sus bienes a Germán. Será una “venta figurada”, ya que Germán no tendrá que pagar por ella. Incluye una cláusula en la cual el comprador podrá hacer uso de la casa en que habita el vendedor, recién después de su muerte. Firmados los documentos, en tres días hábiles ya no tendrá más bienes, Germán será propietario… y se enterará a su tiempo, cuando él ya no esté. Puestas las cosas en su lugar, serenamente vuelve a casa, donde todo sigue igual.

 

Che, viejo ―le grita una de sus hijas― vamos a tener que ir al Abogado a que nos firmes unos papeles, así te hacemos más fáciles las cosas, ¿sabés?

No tenés que preocuparte ni de leerlos ―le grita la otra― sólo firmás y ya está, ¿entendés?

 

El viejo las mira, asiente con la cabeza y con expresión displicente les dirige la palabra:

, sí, lo que quieran… pero vamos la semana que viene… estoy muy viejo para salir todos los días.

 

Miguel Ábalos


Una respuesta to “EL VIEJO”

  1. Muy real este cuento y sucede en muchas latitudes.Felicitaciones Miguel Âbalos

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