En homenaje a Enrique Morente

¡Ay, Enrique!… Farruquito, Morente,

como tú, la matemática entra así en el poema;

te lo escribo enjaulado en el huero palomar

de tu guitarra –cavernáculo sin tu alma-

encordada a seis vibrantes barrotes,

con toda la luz del nácar en tu voz de hierro,

encendida por los Pepes Marchena y Valderrama.

 

Cuando lo hago, mis golondrinas

que son tus sienes, rememoran muchas cosas:

leen el viento mecido de tus canciones;

miran y observan, olisquean, perciben

y atan palabras con metáforas y notas,

enlazando un vuelo de emociones

al clamor de Federico García Lorca.

 

Bodoque e imaginaria de la palabra tierna

y desgarrada, tu voz terrosa y trianera

al aire endurecida por el Gallango,

humedece las cóncavas tierras

de tu Albaicín, siempre: de tu Graná…

De la caja, la castañuela, del zapateo;

de las palmás del fandango,

del tablao y de la danza…

 

Lugar de oteo, tu cante hondo,

catapulta del grito amargo y fortaleza

gitana rebelde, del jornalero baluarte y lanza,

dibujarán estelas isósceles de tu vuelo,

alzando más mis ojos que tus cejas,

un horizonte que no cejará de agitar

mis velas, nuestro rumbo y tu desvelo.

 

Como los trovadores, seguirás cantando

en un solidario rasgar de herrero,

el acorde necesario para musitar poemas

rudamente hilados en tus palmas,

trenzados con el diapasón de tus dedos

hasta el vivo rugir de mis venas,

sobre los campos ciertos.

 

———————————————-

© Alrosoler.


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