¡Escribe, por favor, escribe!

( Carta del cazador a Lía: la ardilla que lo engañó )

Yo sé, querida ardilla, que tienes mucho que decir; y que

lo dices; que a pesar de tu edad tienes la sabiduría de los

viejos, de Bakunin, de Kropotkin y tantos otros que

conociste cuando muchos ni siquiera los imaginábamos,

cuando muchos, y conmigo los pobres de aquí y de allá,

andábamos queriendo cambiar el mundo sin, realmente,

comprenderlo; yo sé, que eres así de sabia; que lo eras

desde aquel tiempo, cuando todavía jugabas con

muñecas u otros objetos propios de tu cultura; yo sé, que

desde entonces comprendías mejor el mundo de como lo

entendemos, incluso ahora, los que entonces con pistolas

en lugar de juguetes ya estábamos en la calle o la

montaña, buscando tu sonrisa, tu mirada, tus manos y el

calor de tu abrazo: ese sueño, individual y colectivo; de

todos los que amamos tu libertad, tu justicia: la razón de

tu vida.

Yo sé que tienes la sabiduría de los viejos pero también

la ignorancia de algunos que te han influido,

especialmente, de Bakunin que fue un sabio en todo pero

un ignorante respecto a la importancia de escribir; lo

entendió tan mal que sólo lo hizo cuando se sintió

obligado, privándonos de ese modo de su caudal; esa

fuente de vida, esa sabiduría que en su mayor parte,

supongo, se habrá ido con él; allí donde el todo y la nada

se confunden; allí donde, de eso, solo queda, como

abrazo, una tumba; esa uniformidad tan contraria a la

vida.

He escrito muy poco en mi vida y solamente lo he

hecho, por decirlo así, a pelo, cuando una convicción

apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia

instintiva contra toda exhibición de mi propio yo en

público”(Autobiografía de Bakunin, Wikipedia).

Quiero decir que escribió demasiado poco, como él

reconoce, para lo mucho que tenía que decir; como,

estoy seguro, tú también opinas. Quiero decir que tú vas

en camino de cometer el mismo error, aunque de manera

todavía más grande: no parece, hasta ahora, que hayas

escrito nada. ¿O lo has hecho, pero me consideras

demasiado insignificante para compartir, también, eso

conmigo? Quisiera pensar que es de esa manera, aunque

me duela que no me consideres tu amigo ni siquiera para

eso; me temo, sin embargo, que es de otro modo, que

realmente no has escrito nada, quizás debido a la

influencia citada, a tu talento matemático, a tu interés

por lo práctico, a tu sobreestimación de la acción o quizás

debido a lo que solo tú sabes, pero jamás a la falta de

tiempo ni a la supuesta desorganización de tu vida y

mucho menos a que no tienes nada que decir o a que no

sabes hacerlo, mucho menos a eso.

Todos tenemos siempre algo que decir, no lo olvides; y

tampoco es que al tenerlo ya sepamos también cómo

hacerlo o escribirlo, pues esto es igual que hacer el amor:

lo único que hace falta es amar; de tal modo que si se

hace con fuerza y con frecuencia, poco a poco también se

aprende la técnica, la necesidad de cierta musicalidad, de

cierto ritmo; la importancia de los olores, los colores y

hasta los sabores a fin de evitar la uniformidad, la muerte

y lograr la diversidad: la vida.Pero, ¿qué es la vida sin un

contexto espacial o temporal que le dé sentido?, ¿ qué es

la vida sin matices, ungüentos e inventos y, de vez en

cuando, aquí, allá, al principio, al final y hasta a mitad

del pleno orgasmo, la palabra te quiero? Nada,

absolutamente nada; del mismo modo que nada es,

también, lo que escribes si no lo metes en esos contextos

e inventos. ¡Escribe! Porque todos tenemos algo que

decir; incluso ignorantes como yo, que a pesar de eso y

de no haber aprendido todavía la técnica, dicen, a pesar

de todo, bastante.

Para tu edad, es mucho lo que sabes, aunque nunca se

sepa mucho de nada; para tu edad, relativamente

hablando, eres una sabia, una mujer tan sabia como

atractiva y sensible; un personaje de esta época que

disimula su importancia, lo mucho que tiene para decir y

compartir, en una bolsa cualquiera, como aquella que

tenías en la mano aquel día de suerte cuando, esperando

el bus a tu casa, te conocí en aquel paradero; en aquel

lugar cualquiera que bien podría ser, si tú quisieras, el

puerto a la felicidad soñada; en el entendido que la

misma, es frecuentemente un viaje, o si quieres un barco,

como lo fue, en efecto, en el caso cubano.Yo sé que

tienes mucho que decir -y por eso y porque también es

mucho lo que el viento se lleva o mucho lo que tu

soledad se traga cuando tu palabra se pierde en la

conversación cotidiana o el silencio de tus cuatro

paredes- por eso: ¡Escribe, por favor, escribe!

Escribe para enredarme en tus fórmulas matemáticas,

para hacerme sentir un estúpido por no entender lo más

elemental de lo que tú dominas, para desorientarme,

como niño en un bosque, con la amplitud y la

profundidad de tu rico vocabulario: herencia natural de

los mil idiomas que hablas, rebeldía original y adicional

contra la torre de Babel; aquel mito tan cristiano como

estúpido sobre la fatalidad o las limitaciones de la

comunicación y la cooperación humana. Escribe para

hechizarme en la conjugación de tus verbos, del mismo

modo que lo haces cuando miras, cuando ríes, cuando

dices lo que dices; y yo, sin decir nada, en silencio, solo

te escucho. Escribe para documentar con investigaciones

serias las afirmaciones de ignorante que yo hago, para

hacer tus propias aseveraciones ignorando las mías, para

aprisionar el tiempo y ganar, tú misma, la libertad

deseada; para no afirmar nada, para preguntar, para

dudar, para aclarar, para mentir, para decir verdades, para

hacer justicia, para tranquilizar tu conciencia, para

vengarte; para ponerle, en fin, silencio a mi palabra: este

ruido fastidioso de perro abandonado, este ladrido o

aullido a mitad de la noche; momento para otros de

reposo, oscuridad con maletas ya hechas; y en la claridad

de tu viaje, en alguna esquina de tu casa esperando.

Escribe para enseñarme y enseñarle al mundo a

redescubrir Latinoamérica, el tercer mundo, la realidad

de los condenados de la tierra, la necesidad de la lucha

contra el imperialismo y el apoyo a Cuba, para elevar el

nivel de conciencia sobre el problema de los pueblos en

lucha, sobre la necesidad de uno, dos y tres Vietnam,

para promover tu concepto de la libertad, la igualdad, la

justicia, la verdad, para oponerte a la guerra, elevar la

comprensión sobre las armas nucleares, promover el

desarrollo ambiental, oponerte a la piratería tecnológica

y defender los derechos de los niños, las mujeres, los

ancianos, los minusválidos y los pueblos originarios.

Escribe para cambiar el mundo, para llenarlo de alegría,

para regalarle tu risa, esa risa tuya que me inspira y que

de igual modo podría también, positivamente, contagiar

al mundo: inspirarlo y haciéndolo contribuir a crear un

planeta más a la medida de tus sueños. Los mismos,

estoy seguro, que la humanidad, este hombre de ahora

que llora, comparte.

Escribe para contarme de él, de ese tipo al que amas y yo

odio por llenarme de envidia o celos, por creer en mi

ingenuidad y fantasía que sino estuviera él quizás podría

ser yo el que llenara tus días, tus noches, tus ratos de

soledad y ocio y con mucha suerte hasta un pedazo de ese

gran corazón tuyo, en el que yo no quepo pero que con

alegría constato tiene lugar para todos. Escribe para

contarme lo que le haces y te hace, para decirme todo lo

que no quiero oír pero que siendo de ti y tratándose de tu

felicidad, sin embargo, leería. Escribe para decir que me

odias, que soy un idiota, que estoy loco, que te doy asco

pero que a pesar de eso no te inspiro ni lástima; escribe

para seguirme ignorando hablando en tus escritos de

cualquier cosa pero nada de mí y mucho menos de ti.

Nada de este incomprendido amor, de estas ganas de

tenerte, mirarte, tocarte y amarte. Nada de estos mis

deseos locos de inventar contigo la categoría de lo eterno

en el reducido pero agradable y excitante espacio de tu

abrazo.

Escribe para escribir que no escriba: que ya basta, que es

suficiente; que aunque así escriba mil cartas o quizás un

millón, una por semana, por día y hasta una o más por

minuto, la respuesta va a ser siempre una, la que ya

conozco, la que ya con mi propia idiotez deduje y la que

no tienes, en tal caso, necesidad de pronunciar y mucho

menos repetir. Escribe por el motivo que te de la gana,

pero, escribe, por favor, escribe. Escribe para decirme

que no insista, que no tienes a nadie pero que igual yo no

existo, para decirme que entre nosotros no hay ni nunca

podrá haber algo, que yo no existo en esta vida y

tampoco en la otra si la hubiera, escribe para practicar un

nuevo idioma, para evitar mis errores o para cometerlos

sin darle mayor importancia pues en el fondo tampoco la

tiene. Escribe para decirme que no siga escribiendo que

lo hagas, pues no puedes hacerlo y tampoco lo quieres;

para decirme que lo haces pero lo compartes solo con

quienes te da la gana y que yo no estoy en esa lista,

escribe en francés, en inglés o en cualquier otro de tus

mil idiomas que igual entenderé que lo haces y podré

descifrar por lo menos tu nombre. Escribe para decirme

que escribes, para decirme que te vas, que ya estás lejos,

que regresaste; o para decirme que lo harás mañana, ese

día soñado, quizás entre mis brazos. Escribe para

comentarme la última película o la última actividad

cultural, para entrenar tu vocabulario selecto o las

últimas malas palabras aprendidas; esas a las que una

persona como tú no dedica atención, pero que igual es

bueno aprender, en última instancia, para decirle, a un

hijo de puta como yo: ¡no jodas más; vete, culero, a la

mierda! y escribe, allí, para que no se te olvide, ¡que yo

sólo escribo cuando me da la gana y a quien me da la

gana; lo demás no te importa!

Escribe porque escribir es lo mismo que pensar dos

veces, lo mismo que decir dos o más veces: te odio, me

haces falta, te amo, no me interesas etc., una forma de

tomar control sobre la propia vida, esta vida que, como

río, segundo a segundo, como tú, también pasa, se va, se

escapa; una forma de compartir una experiencia, este

deseo loco de tenerte y de darle fundamento a la práctica

o luz a la acción que de otro modo es ciega y solo de esta

manera verdaderamente liberadora; una forma de hacer

trascender la experiencia inmediata, de evitar repetir las

experiencias negativas de la historia, ¡oh, tragedia

humana! Y, buscando paralelos, darle más profundidad a

esa experiencia hasta alcanzar, a partir de ella quizás, la

categoría de ley; que de sólo conocerla, pueda salvar al

mundo, por ejemplo, de este mi deseo de conquistar lo

imposible; este mi deseo de tenerte algún día entre mis

brazos. Escribe no porque quieres, o te gusta hacerlo,

pero porque comprendes que es necesario para afirmar la

condición humana, para crear mejores supuestos de vida

a las generaciones venideras -dentro de las cuales estarán

tus hijos y los hijos de tus hijos o en última instancia los

hijos de cualquier otro- que también tienen derecho a

aprender de tus errores y aciertos, a aprender, por

ejemplo, de este error o acierto que cometes cuando

rechazas mi amor; a aprender de eso, y más, y de ese

modo mejorar la propia condición de vida evitando

nuestros errores o imitando creativamente nuestros

aciertos.

Escribe porque de lo contrario solo queda el suicidio:

unas manos sin oficio buscando un puñal, una estadística

ya altamente representativa y este país, como la soledad,

oscuro y frío más la criminalidad, la prostitución, la

drogadicción y la pobreza; todas esas lacras de la cuales

quisiera, con tu ayuda y mi ayuda, que la humanidad, un

día, lograra liberarse. No hablo de ningún día especial

sino de un día cualquiera como este, en que como de

costumbre quiero tenerte y amarte o por lo menos

escucharte. Escribe porque de lo contrario solo queda

la continuación de la injusticia: el capitalismo, el

fascismo, todos los istmos: la muerte; solo eso, cuando

lo que queremos es, simplemente, la vida.

Escribe porque te da la gana, porque es parte de esa

libertad que amas o fundamento importante de la que tú

pretendes; porque no quieres hacerlo pero quieres

demostrar que puedes; no demostrarme a mí, sino a ti

misma, que así como todos pueden, aunque solo los que

prácticamente lo demuestran lo saben, también tú puedes.

Escribe porque es un ejercicio para el cerebro, incluso

para cerebros tan bien ejercitados como el tuyo; porque

aspiras al nobel de literatura, porque quieres seguirme la

corriente o porque quieres llevarme la contraria

argumentando que escribir no es importante: que nadie

se muere por no hacerlo. Que lo más importante no es

escribir, que lo más importante, como decía una

prostituta de la cual no quiero recordar su nombre, es

sólo vivir. “Lo demás me vale verga”, solía decir en buen

salvadoreño; ese conglomerado social que,

prematuramente y día a día, muere o bien espera su

muerte en el exilio.

Escribe porque de otro modo solo queda la locura o algo

así como un viejo loco, gordo, enano, canoso, ciego, sin

dientes, sucio, mal vestido, hediondo, pobre, feo, idiota,

frustrado y, como Don Quijote, enamorado, de su propia

Dulcinea y de sueños de luchas contra gigantes, en

verdad molinos de viento que ya lo derrotaron y que –

después de convertirlo en rata, cucaracha o cualquier otro

insecto asqueroso- le robaron, como le sucede en toda

guerra a los que la pierden, a su amada; que ahora,

quizás duerme ya en brazos de otro que la merece, y lo

más grave, sin que ella se dé cuenta.

Escribe y vive, vive sin escribir y vive escribiendo.

Escribe de ti: de tus manos y tus ojos, de lo que ves y lo

que tocas, de la ropa que cubre tu belleza, de tu cabello

negro sobre la almohada, del viento que lo mueve,

cuando caminas y sueñas, de la suavidad de tu piel y del

agua, cascada de miel, que lentamente cae sobre ella y la

recorre descubriendo sus secretos; escribe sobre esas

pequeñas heridas de infancia, de los momentos felices,

quizás alguna tarde allá lejos, de estos días amargos, del

futuro luminoso. Escribe de tu cerebro, de su tamaño,

portentoso universo, de lo que puede y no puede, de su

poder numérico e idiomático, de todos sus misterios; del

color y el tamaño de tu corazón, de lo que quiere y no

quiere y de su color rojo, cual bandera, junto a la mía

palpitando aquí, allá, en cualquier parte, esa casa común

de la injusticia, marchando, cantando, luchando.

Escribe de otros: de tus amigos y de tus enemigos, de tus

tácticas para ganarlos, de tus tácticas para vencerlos, de

los terrenos donde te ves obligada a enfrentarlos o por el

contrario a voluntariamente disfrutarlos o amarlos.

Escribe de lo que significa para ti la amistad y la

enemistad, el amor, el odio, la indiferencia, el rencor.

Escribe de tus cosas, de las que tienes o las que

quisieras tener, de las que hay en tu casa, en tu

imaginación o en ese universo que pertenece a todos.

Escribe de tus muebles, de la luz y la sombra que los

cubre, de tu cuerpo sobre ellos relajado y dándoles razón

de ser, de las cosas que quisieras tener; esos objetos

innombrables pero ya existentes, allí, en ese rincón de

tu imaginación prestándole ya un servicio a todos.

Escribe sobre la luna, el sol, las estrellas, los planetas o

sobre esa piedra tirada en el camino contra la que ayer,

quizás, te tropezaste. Escribe del pasado, del presente o

del futuro, del macro o el micro mundo, de las flores, las

piedras o del gato del vecino. Escribe de tu familia, de tus

ex. novios: de como los conocisteis, de por qué

terminaron, de la falta que te hacen o lo poco que

realmente valían, escribe de lo que sueñas, de tus deseos

públicos y privados, de lo imposible y lo posible, de

películas, libros y revistas leídas, de gente que conoces y

yo conozco, de gente que sólo tú conoces, de gente que

jamás quisieras conocer, de tus temores y dudas, de lo

que crees y de lo que estás segura, de tu cultura, de tus

idiomas, de tu vida sentimental y sexual, de tus

complejos, tus colores y deportes favoritos, de la música

que te gusta, de lo que harías si tuvieras un millón de

dólares o un puñal en tu mano si yo estuviera enfrente.

Escribe de cualquier cosa, de las cosas en concreto o de

las cosas en abstracto, pero escribe porque lo importante

es que escribas y que escribiendo me digas, por ejemplo:

te escribo que escribo, por favor, deja ya de joder.

Escribe describiendo o escribe analizando, comparando,

narrando, dramatizando o poetizando el universo real en

que vives; inventa, si tú quieres, si lo necesitas, si la sed

o el hambre de escribir que mueve tu mano, tu cerebro y

todo lo más profundo de tu ser, lo exige: un universo

nuevo. Presenta, luego, todo eso en su conjunto, como

parte de un todo, o de manera separada y sin la relación

que existe entre el todo y la nada, entre lo cercano y lo

lejano, lo superior y lo inferior, lo simple y lo complejo

etc. Escribe de modo objetivo o subjetivo, de modo libre

o apoyándote en un plan, una investigación previa, una

hipótesis, un cuadro estadístico o lo que quieras; hazlo

con lenguaje científico o de esta manera sencilla y hasta

vulgar cono yo lo hago; narra del principio al final o lo

contrario, establece una premisa inicial que le dé

coherencia a lo que escribes o sigue sólo tu impulso. Lee

y relee, define acciones e intrigas concretas o no lo hagas

de tal modo que puedan surgir solas; nárralo todo en una

sola historia o diseña un montón de historias que al final

se unen. Olvida todo lo que te he dicho y escribe a tu

propio modo, siguiendo los latidos de tu corazón, el curso

de tus venas, el enredo celular que te conforma, las

estaciones del año, los accidentes geográficos de tu

pueblo natal o cualquier otra cosa que a tu criterio le dé

estructura a tu relato. Lo importante es que escribas y que

al hacerlo con aspiraciones literarias no olvides que tu

fondo, mi fondo y el de todos es en lo fundamental el

mismo aún a pesar de los abismos culturales,

idiomáticos, intelectuales y todo lo que separa al hombre.

¿Tiene lo que escribes un carácter científico? entonces,

creo, es la descripción o el análisis del objeto de estudio

y las hipótesis o los métodos que eliges para realizarlo lo

que, independientemente, de tu subjetividad, la mía o la

del mundo lo determina todo. Si se trata de una carta y es

para mí puedes escribir solamente: te odio, me das asco

o no te tengo ni lástima, pero, si quieres, puedes escribir

en lugar de todo eso solo: te quiero. Hazlo y verás como,

sin tener mayor experiencia en este oficio, de inmediato

te comunicas, aun a pesar de que tu relato diga solo eso,

que lo diga una vez o un millón, que lo diga siguiendo

los latidos de tu corazón, como estructura, o siguiendo

cualquier concepto estructural o ninguno; el secreto es

que al hacerlo dices exactamente lo que yo quisiera

escuchar de ti. Pero si no lo sientes no debes,

naturalmente, decirlo porque si lo haces te arriesgas a

correr la misma suerte del político; esa que ya todos

conocemos.

Escribe sobre un papel; ese material precioso que

todavía no desaparece, usando un lápiz o tinta cualquiera;

pero si hiciera falta, usa también tu sangre como lo

hicieron nuestros héroes, cuando sin olvidar una sonrisa y

levantar su brazo izquierdo, escribieron: “Revolución o

muerte”; para luego, brutalmente, morir asesinados por el

imperio o sus sirvientes; aquí, allá o en cualquier parte

donde también lucharon. Que las paredes, los muros y

toda superficie plana es en principio buena para escribir,

lo sabes; pero no por eso limites tu fantasía, puedes,

también, escribir sobre los árboles, las piedras y, si tú

quieres, hasta sobre el trasero de alguien que se descuide

y, de ese modo, se preste a ser un mensajero, ambulante,

de tu amor.

Escribe, en última instancia sobre tus manos; luego

tómale una foto a todo lo que escribes y envíalo: una foto

a las piedras, a los árboles, a las paredes, a los muros etc;

pero ninguna foto al papel sobre el que escribes; ese

puedes enviarlo de manera directa a la dirección que

conoces. Tampoco ninguna foto sobre tus manos pintadas

porque, aunque escribieras te quiero sobre ellas, jamás lo

creería sino me permites que las toque y lo descubra yo

mismo.

Escribe, en resumen, sobre cualquier cosa, hasta usando,

si quieres, una computadora, pero no uses, nunca, tu

correo electrónico; porque te arriesgas a que te lo llene,

en un segundo, con esa palabra que ya te dije mil veces y

que, con gusto, podría decir un millón. En verdad,

conozco (por descuido de alguien en quien tú a lo mejor

confías) tu correo electrónico; pero jamás lo usaré,

mientras no me lo des tú misma y tampoco, si algún día

lo recibiera, para abusar de él, pues lo que yo siento por ti

me inclina solo al respeto y jamás al abuso. Por las

dudas, prefiero, sin embargo que no me lo des y que te

comuniques, en caso lo quieras hacer, preferentemente,

por carta; yo, el interesado en tener correspondencia

contigo, pago tus sellos postales. ¡Manda todas las cartas

que quieras!, que a vuelta de correo, recibirás siempre, la

cantidad de sellos que usaste en la anterior.

Escribe cuando estás con él, antes de un orgasmo, a la

mitad o al final: puede ser una forma de relajamiento; y

también una forma de excitarse de nuevo. Hazlo con

alegría, rabia, dolor o el sentimiento que te dé la gana;

cuando estás con él o cuando estás sola, alegre, triste o

deprimida; tan deprimida, que hasta aceptarías verme

solo para tener el placer de gritarme: ¡hijo de puta! Yo

escribo sólo cuando me da la gana, lo demás no te

importa.

Escribe antes de irte al trabajo, a la universidad o al

trabajo de buscar trabajo; esa labor, sin derechos, que

actualmente desarrolla un gran porcentaje, calificado, de

la población mundial, como parte de lo planificado, y

fríamente calculado, para mantener la injusticia

imperante. Escribe antes de todo eso, después o en el

camino. Hazlo en la tarde. En la noche o en la mañana;

durante el invierno, el verano o cualquier otra estación

del año. Son muchas las ideas que han surgido en un bus,

a mitad de una caminata o en una bicicleta; bajo la

oscuridad y el frío o en un día soleado como hoy.

Escribe sobre una nube, ahora que es verano y viajas,

también es posible, especialmente para ti; saca la libreta

de notas y, allí, en medio de ese cómodo asiento de avión

camino a Cuba, escribe: ¡te quiero! Que se lo digas a

otro, no importa. Lo que interesa es que lo hagas y me

cuentes, por escrito, que lo hiciste. Que son palabras que

yo quisiera escuchar y saber escritas para mí, lo sabes;

como, también, que daría cualquier cosa para que fuera

yo el que te las inspirara; pero eso no parece posible, no

ahora, cuando ni siquiera quieres verme.

Escribe mientras viajas en tren ; aborda el primero que

encuentres; ve, por ejemplo, a una playa lejana y

pruébalo. ¿No te pudiste concentrar? No te preocupes,

tírate sobre la arena, déjate acariciar por el sol y luego,

ya descansada y sin pensarlo, saca un papel y escribe;

empieza, si tú quieres, así: Querido Hijo de Puta… ¿No

lo pudiste hacer? No importa, recuerda que, todavía,

tienes el viaje de regreso.

Entrevistado el Cazador manifestó que su carta la había

escrito lleno de ira por no haber recibido hasta entonces

más que silencios por respuesta. de una ira

involuntariamente contenida o disimulada pues lo que

pretendía era romper ese silencio. Pero lo que él jamás

pudo entender es que aunque sea posible romper la

dureza de una roca no es, sin embargo, posible romper el

silencio, la frialdad, de un corazón que no ama.


Una respuesta to “¡Escribe, por favor, escribe!”

  1. No se menciona al autor pero espero que siga escrbiendo(por favor)
    en este blog.

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