Haz lo que digo…

Fragmento del relato inédito Vientos del Sur

Lázaro David Najarro Pujol

Ese espíritu de compañerismo y apoyo está presente. Gracias a los amigos, a la comprensión de los profesores y a mi perseverancia continúo al lado de los que resisten. “Haz aquello que quieras haber hecho”. Nunca te arrepentirás. Esa es la sabiduría popular, que siempre me decía el viejo Vicente Sánchez. Yo quería ser marinero, aprender, conocer el Mar Caribe y serle útil al país.

Oye, David… David, mira esto…

Son los vientos del sur, que soplan hacia el norte.

Yo sigo fiel a los amigos, y ellos siguen fieles a la amistad de la niñez y la adolescencia a pesar de alguna contradicción propia de la ligera diferencia de edad. Claro, ellos se vanagloriaban de ser mayores que yo. Para ellos soy un fiñe. Me lo recalcan despectivamente. Pero también a veces, contra sus intereses, se convierten en cómplices de mis indisciplinas. Me defienden cuando intento fajarme con otro muchacho. Generalmente me superan en edad y tamaño.

Hasta a Bernardo, un negro de más de seis pies de altura y corpulento me lo encaré recientemente. Defendía mis derechos.

Hoy si te vas a quedar sin desayunar –me dice Bernardo con ironía.

¿Y eso por qué? Todavía estamos en horario de desayuno.

Ellos si, pero tú no entrarás a desayunar. Tú sabes que yo soy alumno-jefe de disciplina, y si te digo que te quedas sin desayunar, te quedas sin desayunar.

Bernardo es hermano de un campeón mundial de boxeo profesional muerto en el cuadrilátero en Estados Unidos. Bernardo practica pugilismo, pero parece que le falta lo que le sobraba a su hermano. Bernardo, me tira la puerta en las narices.

Abre ahí, que me cogiste el dedo con la puerta… ¡Abre!

¿Qué paso? ¿Qué paso ¿Y esa sangre?

¿Qué pasó? Tú sabrás boxeo y tu hermano será campeón mundial, pero tú ahora vas a saber lo que es un desayuno.

Le lanzo los jarros a mitad de leche en su rostro.

Oye, chico, ya, que esa leche está caliente.

Todos permanecieron turbados. Le vociferé lo que muchos deseaban decirles. Pero no se atrevían. Tampoco yo en otras circunstancias lo haría.

¡Tú eres un Cafre!

Aguanten a ese muchacho. Aguanten a ese muchacho.

Ahora muchos me miran con simpatía. Quizás Bernardo ni entendió el significado de la palabra Cafre. No respondió al insulto. Siempre se jacta de ser jefe-alumno de disciplina. Es lo único que sabía hacer bien.

Oye, David, es posible que Bernardo haga todo porque te boten de la escuela.

No. No lo creo… El no tiene moral para llevarme a la dirección. No le conviene manchar su imagen.

Sí, claro que no le conviene marchar su imagen, pero recuerda que él es jefe-alumno de disciplina –dice Miguel burlándose de Bernardo.

Eso me tiene sin cuidado.

Pues mira, yo tú me cuido de Bernardo.

Pero él cruzó la línea roja. No fui yo.

Bernardo no ha dicho ni una palabra del incidente a los instructores. Sabe que no tenía razón.

David, ¿tú piensas dejar las cosas así? ¿No vas a ir a la dirección? Tú tienes muchos testigos…

Miguel, yo no voy a revelar nada de lo ocurrido. En definitiva ya le cobré lo del machucón en el dedo y la leche caliente que le eché sobre su cuerpo de grandulón.

Ese es tú problema, yo si te advierto; él va a seguir molestándote.

Había salido del comedor por mi propia voluntad, aunque sin desayunar y un gran calambre en el dedo.

Yo no sé que harán con Bernardo, porque ningún alumno lo soporta.

Déjalo, que él solo se va a caer. Sólo va al aula a dormir y a exigir disciplina cuando está despierto.

Mi madre, como me duele el dedo este.

Bernardo, parece un perro de caza. Para empequeñecer su escasa inteligencia exige más que los propios instructores. “Haz lo que digo y no lo que yo hago” parafraseando el refrán.

Pasaron los días.

David, hoy vi a Bernardo en la dirección y mencionó tú nombre. ¿No te han dicho nada? ¿No te han llamado de la dirección?

No, Miguel, no te preocupes, estoy convencido que no dirá nada. Tengo muchos testigos.

David, da la casualidad que tú hermano no estaba allí en el momento del incidente –me dice Miguel.

Ni Manuel, ni, Ángel, ni nadie de Santa Cruz. Y me alegro que mi hermano y mis amigos no estuvieran. No son buscapleitos, pero tampoco evitan los problemas.

Bernardo después del suceso no ha tenido más percances conmigo. Me alegra que fuera así porque no lo quiero como enemigo. No precisamente por su tamaño sino por temor que se enterara que sólo tengo 14 años de edad. Del altercado con él solo me queda la cicatriz en el dedo.

Generalmente las peleas se originan por regionalismo. Los habaneros nos tildan, despectivamente, de guachos a los del interior del país. Para ellos guachos es el equivalente a guajiros, gente de campo y no el verdadero significado de la palabra.

Ciudad es La Habana; lo demás es área verde. Ustedes son guachos.

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