La chica del bar

 

¡No sois capaces de compartir! les gritó aquella mujer alta, rubia, delgada y ojos azules a los dos hombres con los que tomaba en un bar. No recuerdo su nombre porque  no era ella la interesante sino que más bien los dos hombres con los que ella estaba. Esos hombres que jamás se identificaron. ¡Me siento ofendido! dijo uno de ellos ante lo que entendió como una especie de  acusación.  Y yo también dijo, luego de un rato, el otro: tomándola de la mano para que lo acompañara. ¿A dónde queréis llevarme?  respondió ella alegremente y haciendo referencia también al otro que a corta distancia los seguía. Se trata simplemente de una puta, pensé yo mal interpretado  su alegría.  Tenía  veintinueve años  y de puta, lo sé ahora, únicamente mis prejuicios.  ¡Te vamos a dar el gustazo de tu vida! le dijo el que los seguía. Un tipo pequeño, musculoso, risueño y quizás dos o tres años menor que ella. ¡Hombre deteneos! ¿Qué pensáis hacerle  a esta mujer? les dije yo a los dos tipos, abandonando el asiento desde el cual los observaba, interponiéndome. No debo dejarlos salir del bar pensé. Pero luego desistí de la idea cuando pude comprobar que ninguno estaba verdaderamente borracho, que todos parecían saber lo que hacían y que en tal sentido nadie podía evitar lo que ellos, en su libertad de adultos, quisieran hacer  así a otros no nos  gustara. Mi única alternativa es acompañarlos, pensé. Y fue eso lo que hice. Me gustaría saber que os proponéis hacer les dije y ellos amigablemente me invitaron a participar de aquel misterio. ¿Realmente podéis hacerlo entre los dos? les preguntó la mujer antes de entrar al apartamento adonde la condujeron. Es muy fácil respondió el que quitaba llave. Un hombre alto, delgado y quizás de 32 años. Y delicioso agregó el otro; afirmando que el había visto muchas películas donde una mujer lo hacia con dos o más. ¿No tienes miedo? le pregunté yo a la mujer; pero ella no respondió. Si no que únicamente me vio  con una mirada de lástima. ¿De dónde vienes? sentí que me preguntaba, y por eso decidí no abrir más la boca y aceptar el único rol que en aquello se me otorgaba. Mi función es solo la de milal como el chinito, me dije en broma; pero feliz y resignado.

Ya adentro de la habitación la mujer puso atención únicamente a uno de los hombres, mientras  el otro  protestaba. ¿Quieres que cooperemos o que compitamos?   gritó, herido en su orgullo, finalmente el ignorado. ¡Estúpido! déjame en paz le respondió ella  levantándose y sacándolo a empujones de la habitación. Yo, como desde el principio, no existía para aquella mujer; y por eso pude ver claramente, desde el rincón donde estaba mi sofá, cuando aquella mujer lanzaba por el suelo su ropa para luego arrojarse desnuda sobre aquel hombre que, ya desnudo también, la esperaba. ¿Esperarme a ver el final de todo aquello o retirarme? pude haberme preguntado, pero no lo hice. Abrí simplemente la puerta y me fui. Era de otro tipo de cooperación entre los hombres a lo que aquella mujer se refería deduje   ya en el camino, dándole toda la razón. Los hombres tenemos verdaderamente que aprender a compartir mejor, concluí. Luego, y mientras aquella mujer explotaba de placer, doblé la esquina y me fui directamente a la casa a escribir la historia de aquella mujer de aquel bar de Estocolmo al cual ya no he regresado de nuevo. Pero a lo mejor lo hago el próximo verano  

Guillermo Aguilar

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