La cordura del suicida

 

Las ballestas de los camiones

deslizaban en el pasador

de sus entrañas

la bombona rojiza

de una niña vestida de comunión.

 

En ella pude adivinar

la rejilla neumática

sobre el gancho que sostiene la vitrina quemada

en su tabique nasal.

 

Allí puedo verme cuando era niño,

y dibujaba en los folios en blanco de la escuela,

una estantería con las mismas hélices de juguete

que ahora pisotea la plomada del auxilio

bajo los pistones

ensangrentados del autobús.

 

Esta visión,

quiso alejarme de la persiana

para incrustar en cada paso

una granada de azufre

en el continente que seguía perforando

la tristeza

con la colmena

que enmascara mi lecho

en los vendajes

que cubren la grava del revólver

sobre la herida abierta

en el silencio del micrófono.

 

Mientras tanto,

la astenia colectiva

desplegaba una ovación

en los tacones

que esconden los pliegues de la savia,

a través de un zumbido que sumerge

bajo los calambres del metro,

la ilusión que ahora anestesia

el útero perdido

en el sudario blanquecino

de un caballito infantil…

 

Se detuvo el pulsómetro

y quise volver a verla,

sin embargo,

ya sólo quedaba un encaje blanco

en la misma niebla que atraganté

por entregarle mi mano

lejos del neón que discutía

más allá de la ventana.

 

David Fernández Rivera

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