La Gorda verdulera

 

La gorda andaba en busca de su espejo. Todos queremos reflejarnos en algo: la rosa en la rosa y la serpiente en otro reptil que se arrastre. Ella no era la excepción. Como todos los seres heterosexuales de este mundo a ella también le atraían las diferencias; pero al igual que a los seres homosexuales también – del mismo modo que a todos – lo que la unía a otros eran las semejanzas.

Yo soy Vicente; oyó la gorda que una voz le decía aquel día cuando se miraba al espejo. ¡Qué guapo eres! le respondió ella a Juan; mientras él le acariciaba la espalda y le mordía suavemente la oreja izquierda. Vicente en realidad se llamaba Juan; pero ella nunca lo supo. Nunca lo quiso saber y tampoco lo relativo a su verdadera profesión; de tal modo que el simpático ladrón con facilidad pudo copiarse en ella dos veces al mismo tiempo que le robaba algunas verdurillas de aquellas que ella se vio obligada a vender debido a su ya largo desempleo dentro de la profesión que tenía. Ella se creía bastante lista y por eso pensó que su relación con aquel hombre guapo, pero mucho más viejo que ella, sería cosa de un rato; una cuestión sólo lo necesariamente larga para obtener su propósito: dejar las verduras a un lado y conseguir un puesto de trabajo dentro de su profesión; algo en lo que se sentía segura que aquel hombre – dada la importancia que aparentaba – podría ayudarle. Jamás imaginó que se enamoraría de él y que de esa unión nacerían dos pequeñas serpientes sin padre. ¡Se fue a la mierda tan pronto como las criaturas nacieron! me contó, ella a mí, aquel día cuando la conocí en una iglesia bien lejos de aquel lugar en donde yo también viví. Luego quise contarle mi historia; aquella que explicaba los motivos de por qué yo estaba en esa iglesia y por qué también en aquel país tan lejano de mi patria; lo quise hacer pero ella me interrumpió con un relato descontextualizado que me obligó a poner en duda el buen estado de su salud mental. “En el campamento me quisieron violar”, me dijo de repente; pero no hubo penetración, agregó después; “porque le di una patada en los huevos al cabrón”, sonrió finalmente. Luego siguió saltando, diciendo amén y a veces aleluya. En el fondo sonaba algo así como una cumbia y la voz de un pastor: ¡arrepentíos pecadores! gritaba; al mismo tiempo que prometía castigos divinos contra los que no aceptan la injusticia aquí y bendiciones allá para los que si lo hacen.

Debí haber sentido lástima de ella; pero en realidad me dio miedo. Miraba de una manera especialmente vengativa y hablaba de un modo claramente amenazante” me contó Rodrigo, luego que todo aquello terminara y mientras saboreábamos una taza de café en el Viejo Rincón; aquel conocido restaurante canadiense.

Los hombres eran para ella enemigos, se adivinaba y comprendía fácilmente; hasta aquellos que no conocían toda su historia lo hacían, me confesó mi amigo y yo asentí, recordando al ladronzuelo padre de sus pequeñuelos. La Gorda no era ningún ángel, ninguna victima inocente de los verdaderos demonios que destrozaron su vida por la pura mala suerte de que ella no pudo hacerlo primero, pero aún así no se justifica su odio a todos los hombres. No se justifica el odio de una mujer a todos los hombres ni tampoco lo contrario; se justifican únicamente los odios concretos y específicos, todo lo demás es locura.

Yo la dejé bien violadita”, le contó el flaco a Rodrigo que en su profesión de abogado se relaciona con todo tipo de personas. “Bien violadita la dejé”, le contó ese pícaro a mi amigo sin dejar de sonreír y quizás recordando a saber que tipo de perversidades de las que como ex – prisionero por actos similares en su patria era todo un maestro. “Lo hice ¡y qué!”, le manifestó a Rodrigo y yo vi en ese momento a la gorda como si fuera una heroína, cuando le contó a Rodrigo que muchas veces – con el pretexto de cuidar a su hijo enfermo – dejaba al flaco solo a las cinco de la mañana ( es decir durante la única hora que al flaco, ya viejo, se le paraba) restregando la verga contra el colchón. Que la gorda se unió a él para robarle una cadenita de oro que este tenía, parece poca cosa comparado con lo que esta tuvo que sufrir en el, al final, infructuoso intento por lograrlo.

Otro justificador de los odios específicos de la gorda fue Chabelo, a quien ella se acercó con la intención de apropiarse de su vehiculo y de convertir a este, al mismo tiempo, en su chofer. Chabelo era también un ladrón. Robaba de todo. Exactamente de todo le confesó a Rodrigo poniéndole un par de ejemplos perversos. “Le robé hasta el chiquito”, le contó entre carcajadas aquel ladrón de quien ella también se enamoró y vengó. “Al final me cansé”; le contó a mi amigo. “Me cansé y lo dejé asfixiándose en sus propios pedos”, le manifestó a Rodrigo como diciéndole, con coquetería, estoy libre.

¡Auxilio!” Gritó mi amigo y no volvió más por aquella iglesia. “Yo también soy doctora” le gritó ella a él, para impedirle escapar, en una pesadilla. Esa pesadilla que ha provocado, ahora, que mi amigo no duerma.

¡Pobre Rodrigo!

 

Guillemo Aguilar

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