La historia de Ángel

Ángel celebró su cumpleaños. ¡Felices 15 años, Ángel, pequeño demonio, loca! ¿Eres hermana de Julia Robert? le preguntó el pastor.

 


Me llamo Alicia, me dijo Ángel; y luego me contó de su encuentro con el pastor y de su vida con el aviador. Yo soy Arturo le respondí; y me quedé después esperándola en aquel lugar en donde decidimos juntarnos de nuevo, pero nunca llegó.


Fui yo la que me desvestí primero, me contó después haciendo referencia al resultado de su encuentro con el pastor. Hablaba por teléfono y su voz se oía triste. ¿Por qué no llegaste aquella vez? quise preguntarle; pero no me dio tiempo; porque luego agregó: voy a perderme; para después colgar inmediatamente.


Alicia vive ahora con el aviador; un barrendero de casi dos metros de altura conocido por ese sobrenombre por las grandes encumbradas que le dio a Mía, a Juana y a Moa. Todas al igual que Alicia: Jóvenes, diminutas y frágiles. Así de ese modo parece preferirlas. Su estrategia es muy sencilla: les cuenta que es piloto y luego las invita a su apartamento en donde, literalmente, las encumbra cada vez que les hace el amor. Moa lo denunció por violación; pero nadie le creyó. Las otras jamás se han atrevido a lo mismo: porque ninguna a podido resistirse a su atractivo ni a la propia fantasía que despierta en ellas su falso relato de su profesión u oficio. Todas se imaginan volando a su lado y cuando menos sienten ya las ha encumbrado; para después barrer literalmente el piso con ellas. Alicia está enamorada de él. Lo sé porque así lo confiesa en una carta que recibí de ella recientemente. No sé como averiguó mi dirección y por qué me cuenta todas esas cosas; pero si sé que no quiere que sepa la de ella pues aparte de su nombre no hay otra cosa en el sobre; no hay ni siquiera un sello postal en ella; de tal modo que ignoro de qué modo las hace llegar.


¿Eres hermana de Julia Robert? le preguntó aquel pastor, aquel hombre de 30 años que la inició en su actual tragedia. Todo empezó con esa pregunta; con esa forma astuta de decirle: ¡Qué bonita eres! De manera directa no hubiera podido decirle lo mismo; no, no hubiera podido hacerlo aunque aquel fuera el cumpleaños de Alicia y su iglesia la organizadora de aquella celebración. No podía hacerlo porque Alicia era muy joven y él de ningún modo un tonto para arriesgar su trabajo y su estable matrimonio por imprudencias innecesarias. Ya tendré tiempo de disfrutarte después; pensó el pastor al mismo tiempo que le hacia aquella pregunta y que casi le mordía los pechos con su mirada perversa. Bajo la camisa azul de Alicia – sobre la cual estaba la palabra “Ángel” – se movían, como agitados por la mirada del pastor, los bien abultados pechos de aquella chica quinceañera… Ya tendré tiempo de disfrutarte después; pensaba el pastor mientras imaginaba la belleza de su sexo virgen y su falo de burro penetrándola. ¡Aleluya.! La escuchaba decir mientras se imaginaba retozando sobre ella. El salto a la realidad se dio bastante rápido. “Yo no podría precisar de que modo” dice Ángel en su carta; en esta otra carta sin dirección ni sello postal. “Yo sólo sé que ante la fuerza de aquella mirada me sonrojé y que cuando menos sentí ya estaba casi desnuda y bajo sus manos en aquel río en donde sin darme cuenta claramente dije: ¡si señor te acepto! Que luego se perdió en la violencia de los deseos sexuales de aquel hombre es historia. Una historia, que no sé por qué he decidido vengar.


Yo fui la que me desvestí primero, repite ella; sin darse cuenta que cuando llegó a su apartamento – un día cuando la mujer y los hijos del pastor no estaban – que cuando llegó allí ya estaba en realidad desnuda. Ella no ve ese detalle porque ignora que en la relación entre un adulto y un niño es siempre el adulto el responsable del resultado final de aquella relación


Voy a perderme, dijo Ángel; porque sintió demasiado revelador decirle a aquel desconocido – al otro lado de su auricular – ¡estoy perdida: ayúdame! Aunque, indirectamente y sin saber por qué, si pudiera depositarle confianza como bien lo demuestran sus cartas.


Ni Alicia ni Ramiro – aquel desconocido por ella llamado Arturo en sus cartas y que ella vio en la biblioteca de Gotemburgo y luego ya nunca más – supieron la verdadera relación que los unía. Ella nunca supo que él era su padre y el tampoco que aquella era su Ángel, su loca, su pequeño demonio; como acostumbraba decirle antes de que se viera obligado a abandonarla. Trece años pasaron sin verse ni comunicarse pero bastó un sólo encuentro para que ella le depositara la confianza que le tuvo y para que él se decidiera, sobre la base de sus relatos, a vengar su dignidad pisoteada; y en eso andaba cuando lo atropelló un vehiculo.


Ramiro huyó obligadamente de su patria y abandonó involuntariamente su hogar. Lo acusaban falsamente de terrorismo y esto lo obligó a vivir en clandestinidad incluso dentro del país donde al final decidió refugiarse. Después de su muerte pudo comprobarse la falsedad de las acusaciones y está legalmente enterrado en Suecia.


Para Alicia y su familia fue Ramiro siempre inocente y por eso partió ella a buscarlo cuando al final, a los quince años, pudo hacerlo. Ella recordaba a su padre, quizás en los relatos de la madre, pero siempre jugando y diciéndole con cariño: Ángel, mi Ángel, loca, mi loca; mi pequeña Alicia, mi pequeño demonio. Fue ese amor el que la inspiró a buscarlo.


Alicia no volvió a ver a su padre; porque aunque lo vio nunca supo que lo fuera. No lo vio entonces pero lo cargaba adentro, iba en sus genes y desde allí, sin saber cómo, le decía: ¡no ha sido tu culpa Alicia, denuncia a esos malvados, haz que paguen caro sus delitos: rehace tu vida!

Guillermo Aguilar

 

 


Una respuesta to “La historia de Ángel”

  1. Muy bueno, me gustó.
    Boris Gold

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