La loca de fuego

 

Ella estaba mal de la cabeza. No le dolía pero estaba mal. Bastante mal aunque pareciera estar bien y él ni siquiera imaginara lo contrario. Todavía mejor estaba su cuerpo, el cuerpo de la loca de fuego, que no sólo era saludable sino que también joven, femenino y enormemente atractivo. ¿Fue el hambre de mujer que él llevaba consigo o fue la singular belleza de ella lo que lo obligó a decir que si cuando tuvo que haber dicho no? Las dos cosas afirma él; aclarando en todo caso que ambas cosas hubieran sido de poca importancia si él hubiera conocido de antemano el estado de salud mental de aquella mujer. ¡De ninguna manera! le habría dicho; retirándose inmediatamente de aquel lugar en donde ella de manera directa lo sedujo. “¡Tómame! Soy tuya”, le dijo literalmente; al mismo tiempo que se desvestía y se tiraba a la cama del mismo modo que se sirve una mesa para ofrecer al invitado lo mejor de la casa.

 

Ninguna mujer normal actúa de ese modo; no por lo menos ante individuos tan feos como aquel señalan los que de ningún modo quieren liberarlo de su responsabilidad o culpabilidad; alegando que ese sólo comportamiento debió haberlo hecho sospechar que algo no le funcionaba bien a aquella mujer. Aquel individuo – feo es cierto – no era sin embargo tan inteligente afirman otros y por tanto no es propio suponer que debió haber sospechado lo que sólo descubrió después; como le sucede generalmente a la mayor parte de personas que sólo descubren los problemas cuando ya están metidos en ellos. Bien pocos son los privilegiados de una inteligencia tal que les permite olfatear el peligro cuando todavía es posible escapar. Él de ningún modo pertenece a esa categoría y por eso cuando aquella mujer le dijo: “toma lo que quieras y como lo quieras: saboréame a tu gusto” cuando le dijo eso; no esperó a que se lo dijera dos veces. Se lanzó sobre ella y la cogió hasta el cansancio.

 

Sólo después de haberse hartado hasta reventar de aquella mujer empezó a notar el montón de cosas extrañas que sucedían en aquel lugar y que en otras circunstancias lo habrían hecho reaccionar a tiempo. Extraño era que ella lo hubiera recibido ya desnuda, extraño también que ella escogiera aquel momento cuando su hija la visitaba y no otro momento más apropiado de los muchos que con anterioridad habían compartido. Extraño que escogiera aquel momento cuando al otro lado de la habitación en donde hacían el amor su hija lloraba. Se trataba de una niña de quizás siete años; de una niña que parecía estar en la sala frente a un televisor encendido que transmitía un partido de fútbol – a juzgar por el llanto – desde hace mucho tiempo. ¡Gol! Dijo el locutor al mismo tiempo que él la penetraba y que ella – como en concierto con el llanto de su hija – gemía.

 

 

Vino a reparar en todas esas cosas extrañas hasta después de hacer lo que hizo. Esto no está bien dijo, entonces para si mismo, y sintiendo miedo huyó inmediatamente de aquel lugar. Rosita tiene que haberse vuelto loca, concluyó; y sin pensarlo otra vez saltó todavía desnudo por la ventana al jardín. Se puso allí los pantalones y los zapatos, que rápidamente recogió del suelo antes de saltar, y llevando la camisa en la mano corrió sin ver hacia atrás los cinco kilómetros que habían entre la casa de la loca y la suya.

 

¿Te dio miedo el llanto de mi hija? Le dijo ella, de manera tan asombrosamente rápida, que al abrir él la puerta, para a contra voluntad recibirla, más bien pareció que era ella quien lo estaba esperando.

 

¿Dejó ya de llorar? le respondió él como para decir algo; pero ella no contestó nada al respecto. Te dije que era tuya: ¡tómame! Le dijo entrando al mismo tiempo. Él quiso otra vez escapar; pero ¿hacia dónde podía hacerlo si estaba en su casa? Disculpándose de ese modo, entonces, no tuvo más alternativa que continuar penetrándola durante dos inviernos y dos veranos seguidos; hasta que ella lo acusó de violación repetida y secuestro.

 

¿Cuándo vas a visitar a tu hija? Recuerda él que solía preguntarle a aquella mujer que, para entonces, no sólo había olvidado su llanto; había olvidado también que tenía una hija. ¿Cuándo? Recuerda él que le preguntaba; allí ahora encerrado en la cárcel en donde ella le sigue repitiendo: “soy tuya”; mientras él siente, como ternura, su crueldad, su jadeo sexual, sus carcajadas. Se trata solo de mi locura y tu locura, de nuestro deseo de amar, piensa, y entonces envuelto en el fuego de la loca se duerme allí en la soledad oscura de las cuatro paredes que lo separan del mundo.

 

Guillermo Aguilar

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Una respuesta to “La loca de fuego”

  1. raro pero muy bueno tipo de sicosis.buen cuento

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