La mujer de Alberto

 

La mujer de Alberto, una chele malhumorada y pelirroja, me despertó esta mañana otra vez. Yo estaba soñando que estaba dormido; pero en mi sueño lo vi todo como realmente pasó. Es verdad que a ella no se le veía muy bien la cara y que tenía en la mano un látigo que, en la realidad, nunca tuvo. Parecía verdaderamente un monstruo. Su altura, su látigo y la lepra que le cubría el rostro hacían que se viera horrible. En la realidad, sin embargo, era bastante bonita y no tan importante como pareció serlo en mi pesadilla con esos dos guardaespaldas protegiéndola por todos lados. Ella, esa mujer que me despertó, hubiera realmente podido ser cualquiera de las tantas personas antipáticas y hasta odiosas que en mi vida he conocido; pero estoy seguro de que fue La Chele, la que llegó a aterrorizar mi sueño. Lo sé, por aquel grito inapropiado que salió de su boca aquel día cuando la entrega a la revolución de su compañero de vida, me hacía todavía pensar que el futuro era nuestro. ¡Levántate holgazán! me gritó en el sueño, sacudiendo al mismo tiempo el pedazo de tela con la que me envolvía, cinco metros de manta pintada por dos de ancho, que en nada me abrigaban a pesar del tamaño; pero que muy bien daban la sensación de estar durmiendo en la propia cama a pesar, o quizás precisamente por eso, de que solo se trataba de un pedazo duro de suelo. ¡ Levántate holgazán! me gritó y ese grito, realmente proferido por ella también en la realidad, me ayudó a identificarla. Fue la primera vez que sentí lástima de Alberto – recuerdo – lástima de aquel valiente compañero que muriera peleando con una pistola en la mano en pleno centro de San Salvador a finales de los setenta.

 

Eran, aquellos días, tiempos de constante represión; pero también de frecuente movilización popular. Yo me quedaba por eso muchas veces trabajando hasta altas horas de la noche en la facultad de derecho de la Universidad de El Salvador. Alguien tenía que preparar las mantas que se llevarían en la manifestación del día siguiente y uno de esos era yo. La explicación de mi holgazanería posterior era el desvelo de la noche anterior. Para todos era fácil comprenderlo; pero no para ella que con su frecuente ligereza al juzgar obligaba, lamentablemente, a intuir lo lejos que aun estábamos de lo que muchos, entonces, veían bastante cerca. Pero ¿qué cerca podía realmente estar esa revolución, que nunca llegó? ¿ Qué tan cerca podía estar? Lo que esa compañera y otros dirigentes hacían recordaba muy bien el trato entre el patrono y sus siervos. Ese trato injusto y grosero que pretendíamos cambiar.

 

Alberto, el pobre Alberto, murió peleando por construir lo que su compañera, todos los días, destruía. ¡Vaya, maldita suerte la de aquel compañero! así inmerecidamente castigado. Alberto debería ser ahora un héroe; estuvo siempre en la primera línea de fuego. Pero, a Alberto y a un montón de hombres de similar valentía y altura revolucionaria ya nadie lo recuerda ahora. ¡Vaya, maldita suerte! como si no hubiera sido suficiente con la mujer que tuvo.

 

Guillermo Aguilar


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: