La mujer negada

 

No, no era su edad ya cercana a la muerte. No, no era eso; y tampoco su altura de jirafa contrastante a la mía. Yo no era precisamente un enano; pero comparado con ella parecía sólo un pequeño caballo; como podría demostrarlo cualquier espejo de los muchos que ella solía cargar en su cartera. “Para mi grandotas aunque me peguen” solía decir mi abuelo; refiriéndose a las mujeres que él prefería y, en cuanto a eso, fui yo bastante parecido a él: todas mis mujeres han sido grandes; pero bien grades. Quiero decir altas. De enormes proporciones por todos lados; aunque siempre bastante flacas de cintura. Conozco, entonces, a ese tipo de mujeres. A pesar de su altura ; no me dan miedo. Nunca quise tener nada con la jirafona; pero no tuvo nada que ver con su estatura. Es verdad que tenía una pierna quebrada. Que caminaba como arrastrando un zapato. Verdad también que tenía otros aterradores detalles. Un aliento no muy agradable y otros defectitos; pero no era nada de eso lo que me hacia rechazarla. ¡Juro! que no era nada de eso; dijo Javier y miró a Raymundo como pidiéndole ayuda para explicar lo que, quizás, no se atrevía. Yo tampoco lo se; respondió este y guardó silencio. Raymundo mantuvo la boca cerrada y prefirió no opinar; ¡vaya sorpresa! él que hablaba todo el tiempo y que parecía saberlo todo y al mismo tiempo ser muy solidario.

 

¡Fui reina de belleza en mi tiempo! le dijo ella a Javier como para convencerlo; sacando al mismo tiempo una foto de su cartera en donde fácilmente podían verse un montón de billetes de alta denominación y un juego completo de diversas tarjetas de crédito. La foto mostraba verdaderamente a una mujer muy bella. Eso le dijo ella y eso también le mostró. A él, precisamente a él, que no tenía ningún tipo de escrúpulos; que prefería a las mujeres flacas y esbeltas, como ella todavía era, y, que aparte de eso, también tenía deudas. Más otros problemas económicos que urgía resolver.

 

¿Y qué es la ética preguntó una vez Javier? Ese Javier que ya no era ningún chico aunque se socara muy bien los pantalones y se rociara todos los días la cabeza con un colorante negro para disimular las canas; lo cual lograba muy bien; aunque no por eso nadie creyera que le quedaran muchos años de vida. En realidad sería solo unos pocos años menor que la jirafona. ¿Qué le veía aquella mujer a Javier? ¿Por qué lo pretendía tanto? Buen mozo  no era; como muy claramente se lo dijo su última mujer antes de morir; revelándole además que si lo había querido había sido únicamente por su pasado revolucionario; ese del cual él ya ni siquiera se acordaba y que cualquiera podría poner en duda cuando muy claramente decía: a mi, la ética me vale verga. Su falta de ética, que bien pudo haberle aconsejado aprovecharse de aquella mujer, no fue, sin embargo, tampoco el motivo del rechazo.

 

Y es que sueños de justicia y libertad, tuvo en verdad Javier; aunque frecuentemente los maldijera. “Debido a ellos me mantuve lejos de la única mujer que amé”, argumentaba; y entonces fácilmente se podía ver rodar una lágrima sobre su rostro generalmente duro. Él la veía frecuentemente morir en sus brazos; aunque ella muriera cuando él todavía estaba en la montaña; es decir hace ya mucho tiempo; de tal modo que por fidelidad a ella no era que rechazaba a la otra. Esas imágenes que ves y tus lágrimas son solo un producto de tus sentimientos de culpa; le explicó una vez un psicólogo quitándole de ese modo el argumento de la fidelidad a la mujer amada como explicación de su conducta de rechazo a la jirafona. La única explicación, entonces, debe ser esa maldita palabra… pensó él; y luego se quedó dormido. Y efectivamente era eso; porque cuando se durmió de nuevo volvió a tener la pesadilla de aquel horrible cadáver que todas las noches lo perseguía gritándole desesperadamente:“mitt hjärta, mitt hjärta”. ¡Me niego a ser el corazón de un muerto! gritó él despertando; de nuevo sobresaltado como ya se había hecho de rutina.

 

¡Mitt hjärta! solía decirle ella con motivo de cualquier cosa. Ella que había sido reina de belleza; pero que ahora parecía un cadáver, buscando resucitar. Mitt hjärta, le decía. A él, precisamente a él, que era sólo unos años menor que ella. Loca no estaba, sin embargo, aquella mujer. El loco es él; dijo Raymundo firmemente abriendo de nuevo la boca y señalando con el dedo a Javier que en ese momento abría la ventana, como frecuentemente lo hacia, para oír o ver penetrar por ella el sonido y la imagen de una mujer que jamás existió en su vida. ¡Sí a la vida! Gritaba esa mujer bella y joven. Esa mujer que él solo vio en películas y afiches revolucionarios de un tiempo que para él había terminado hace ya mucho; aunque todavía conservara la costumbre de chequearse por las calles y de presentase con seudónimos. Me llamo Antonio solía decir en voz muy baja y luego se retiraba rápidamente para pararse de nuevo frente a la misma ventana. Esa ventana por donde jamás pudo entrar la jirafona. Aquella mujer real, ahora ya muerta, que siempre lo quiso.

 

Guillermo Aguilar


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