La mujer verde

  La mujer verde partió en cuatro su aguacate y cuatro rodajas verdes surgieron, para sus cuatro hijos verdes, del corte tembloroso y el filo tenso de su único cuchillo de casa. Verde era también la sopita de chipilín, la crotalaria longirostrata, con que algunas veces variaba su dieta aquella familia ya casi prematuramente extinta por la monotonía de la vida. Cinco personas y media integraban aquel grupo familiar y cinco personas y media vivían también en la casa verde, un techo de lata y cartón propiedad de la mujer verde. Todos vivían allí, en ese reducido espacio con dos habitaciones únicamente para el padre aunque ese otro espacio reducido estuviera muy lejos de allí y habitado con otra mujer verde y otros cuatro hijos verdes. Los cuatro hermanos rojos que nunca conocí.

 

Verde era la casa verde de la mujer verde; porque verde era el árbol que la protegía aunque yo siempre pensé que esa función la desempeñaban los pedazos de lata y cartón que conformaban el techo y sus cuatro paredes. Así pensaba; pero estaba equivocado porque sus verdaderos enemigos no fueron el sol, el viento y la lluvia sino que más bien los soldados. Aquella casa estaba levantada sobre una ladera; sobre un barranco que daba directamente al río de aguas negras. Parecía más bien un barco; una canoa, un cayuco o algo flotante tratando de escapar. Sin embargo no era nada de eso; era simplemente una casa, mi casa: una casa común que como otras también fue arrasada por la guerra; aquel hecho sangriento donde todos mis hermanos murieron. A mi madre, que muriera después de tuberculosis, la salvó aquel árbol; y ese árbol me salvó también a mí, quizás, solo para hacer posible esta historia.

 

Llegaron entonces los soldados y empezaron a disparar. ¡Ríndanse rojos hijos de puta! nos gritaban a nosotros que éramos simplemente verdes. Yo me tiré tras el árbol y mi madre también; pero ninguno de mis hermanos alcanzó a hacerlo con la misma rapidez de los que nos salvamos. ¡Viva la mujer verde! gritaron dos veces antes de morir; ellos que siempre se avergonzaron de su color. El motivo de nuestra vergüenza es otra, me dijo enfurecido una vez uno de mis hermanos; alegando que era su clara preferencia hacia mi, el hijo mayor, lo que les daba asco. Su error no obstante lo corrigieron en esos últimos dramáticos segundos cuando la mente, como en una película, hace una revisión de todo lo vivido. Mi explicación es que en esos momentos no pudieron evitar recordar el alto concepto de justicia de mi madre y que entonces decidieron reivindicarla. ¡Viva la mujer verde! gritaron; porque ante la muerte claramente recordaron lo que la vida y todas sus complejidades hacía que olvidaran; que La mujer verde partió siempre en cuatro su aguacate; porque cuatro hijos verdes tenía la mujer verde. ¡Por favor! no me pregunten que comía ella; nunca lo supe aunque su extremada delgadez denunciara, cual campana, que vivía del aire.

 

 

 

Rojos eran, para el enemigo, todos los que no eran azules y en tanto también todos los verdes. Todos los que debido a la pobreza no pueden variar su vida; de tal modo que como la mujer verde – aquella mujer de cuarenta que muriera aparentando tener setenta – nacen, crecen y mueren con el mismo vestido.

 

Fueron muchos los que murieron en aquella guerra. Yo me salvé escondiéndome tras aquel árbol, el verdadero techo de mi casa, desde donde, junto a mi madre, lo vi todo. Luego ella y yo huimos arrastrando el uno al otro con nuestras pocas fuerzas y protegiéndonos en la oscuridad de aquella noche sin estrellas. Yo, Juan Pereira – el Pirulino – llegué hasta aquí, hasta este otro lado de la frontera; pero mi madre, aquella mujer verde, murió antes de que la cruzáramos poco después en el camino. Todavía está oscuro pero por algún lado estará la luz porque la vida no puede ser un túnel sin salida; caminaré por este rumbo y cuando la encuentre lo primero que haré, en recuerdo de mis muertos, será sembrar un árbol.

 

Guillermo Aguilar

 

 

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Una respuesta to “La mujer verde”

  1. Un relato que nos recuerda esas guerras llenas de horror, siempre, al principio del mismo, nos intriga y tenemos que seguir hasta el final.
    Saludos

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