La noche es larga como un ajuar de novia

Soy el atajo de mi muerte.

(por mis corredores oscuros atraviesan las flechas

del designio)

El intento de un regreso

es siempre denso como una enfermedad antigua. Pero mientras

salgo a ver las correrías del malecón

aún a sabiendas de que me juego la vida

disimuladamente.

La mesa dispuesta para dos

la botella de vino al aire libre

el extranjero

nada presagia que vamos a estar ahí

hasta el amanecer

absurdos pescadores en la divina noche.

Son los afectos, me dirías

-una especie de salitre que dormita

en el asueto-

una cena muy larga

de esas de liturgia y tragos

contaminados.

Tú, nerviosa, sorteas con los dedos

el dobladillo de la saya

mientras masticas lentamente un bocadito

de jamón prosaico.

Él, te observa tras los lentes

ausculta tus encantos.

Yo,

espío desde el otro lado de la calle

y caigo en el instante en que la muerte

justamente toma por mi atajo

bajo el aire impenitente

-el mismo de las ágoras-

estoy sencillamente,

cagado de luz.

Hasta donde puedo ver

no avizoro la brizna diminuta,

mística

conque prender un fuego

y amarte en su fulgor.

Harías bien en divisarme

desde donde estés

posiblemente

escama dorada.

Te juro no sabía

que la noche era tan larga.

Pedro A. López Cerviño


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