La palabra

  La palabra.

¿Cuánto vale la palabra?,

pensé hoy mientras escuchaba a Pinter.

¿Cuánto?

 

Mi palabra,

tu palabra,

nuestra palabra,

mientras escuchaba su discurso

y maldecía su ya anunciada muerte.

¿Cuánto?

 

Tu palabra,

mi palabra,

mientras entraba en rabia

y me pronunciaba contra nuestro buen estado de salud,

contra la incapacidad general para recibir el Nobel.

¿Cuánto?

 

¡Cuánto vale hoy decir lo que ya todos saben!,

pensé.

¡Cuánto!

Y no pude evitar una lágrima.

Fueron tantos…

tantos los que también con la muerte anunciada

escribieron lo que todos ya saben,

tantos.

 

Que eran malos

y lo son,

que eran unos grandes culeros

y lo siguen siendo:

pandilleros,

pendencieros,

carniceros.

 

Que también eran

unos hijos de puta,

escribieron,

y sobre eso no hay disputa.

Que mataron a tu hermano

después de haberlo torturado hasta el cansancio.

Que en lugar de vino bebían sangre extraída de ti, de mí, y hasta del propio culo de su madre.

Todo eso escribieron,

codo a codo,

todo

sobre aquellos muros de barriada donde hoy dominan viejos rótulos de Coca Cola.

 

 

La palabra.

¿Cuánto vale la palabra?

Ayer valía lo mismo que la vida de todos los que la perdieron,

lo mismo que la vida de todos y los sueños que encumbraron.

 

La palabra.

¿Cuánto vale la palabra hoy?

¿El Nobel?

¿La vida de Pinter?

¿Nuestro silencio?

¿Tu cobardía?

¿Esta maldita impotencia colectiva de inicios de milenio?

La palabra.

¿Cuánto vale la palabra?

 

Guillermo Aguilar

 

 

 

 

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