La risa de Chaflán

 

Chaflán lloraba de soledad pero la escondía en la risa. No era ningún payaso; pero compartía con ellos su tristeza. Su vida era, como la de aquellos, una ironía del destino.

 

Cuando era niño me sorprendió una mañana la noticia de que Albertico, un humorista conocido del pueblo, se había quitado la vida; y fue por eso, quizás, que no me extrañó en absoluto la muerte de Chaflán. Su vida parecía ser un libro abierto muy claramente anunciando su tragedia. Nadie le ayudó sin embargo.

 

Chaflán reía mucho, o mejor dicho, andaba siempre con la boca abierta y los dientes pelados. A nadie le sorprendían sus carcajadas – esa falsa alegría – anunciando su próxima fantasía; frecuentemente relatos de aventuras sexuales cargados de perversión.

 

Yo creo que a nadie le gustaba su humor. No por lo vulgar y ofensivo que era para la mujer – que esto suele ser común entre los hombres – sino más bien porque frecuentemente olvidaba que lo mismo ya lo había contado muchas veces. Sin embargo nunca faltaba alguien que le escuchara; alguien que le ayudara a disimular aquella soledad que le llevó a la muerte.

 

Yo le escuché muchas veces. Yo también le mostré esa falsa amistad que lo llevó al final a convencerse del sin sentido de la vida. Ahora es demasiado tarde. Ahora ya de nada sirve decir que la sinceridad es una valentía que les debemos a todos. Incluso hasta a los que, sin saber por qué, despreciamos; porque todos veíamos de menos a Chaflán aunque falsamente le escucháramos. Luego desaparecía y se refugiaba en el interior de su habitación para volver a salir meses y hasta años después. “Vengo de Alemania, estuve en Tailandia, regresé ayer de Francia” decía entonces para luego relatar imparable un nuevo desenfreno, otra nueva fantasía. “Le metí toda la mano; se lo hice de ese modo y se revolcó muchas veces de placer. Tuvo un orgasmo múltiple, hermano, se fue casi del mismo modo que el Niágara sobre sus cataratas”; decía mientras fruncía la nariz quizás recordando todavía el fuerte olor a orines de sus deseos insatisfechos.

 

Chaflán murió a los cuarenta años víctima de la soledad y la depresión. No era un hombre feo; pero jamás conoció una mujer en su vida.

 

Guillermo Aguilar

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