La toma de la Central

Central era aquel lugar; su función gubernamental y también nuestra operación política, allí, en el centro de la capital ejecutada. ¡Tenemos que reactivar la lucha! Tenemos que hacerlo. Pensábamos las víctimas de aquella pasividad, allí, en las afueras inmediatas, de aquella institución, concentradas.

 La lucha en la ciudad estaba entonces en efecto apagada; pero en las montañas, sin embargo, ardía. Comentaría quizás algún representante de la izquierda domesticada de ahora con la intención quizás de cubrir con propaganda lo que la realidad de los últimos veinte años descubre: que se trataba más que de una lucha de una estampida, de una huida, de una fuga para autoprotegerse del enemigo mientras se podía llegar a un acuerdo con él que favoreciera a los dirigentes ya cansados de aquel movimiento de guerrillas y masas que lograra su esplendor máximo a finales de los setenta pero que a partir de entonces empezaría a desmontarse para crear las condiciones propicias de aquellos acuerdos que al final dieron la paz a El Salvador pero no la justicia económica, social y política que la generara.

 Nadie planificó aquel acontecimiento – aquella toma – porque tampoco nadie en concreto estuvo tras de él; como a no ser las propias masas afectadas que espontáneamente se fueron reuniendo en aquel lugar de manera similar a como ya lo habían hecho un montón de veces sin lograr siquiera conversar sobre su situación con los funcionarios responsables. Todo el tiempo se repetía lo mismo. Parecía ya un disco rayado: los únicos que lograban hablar eran a lo sumo el uno por ciento de aquella masa. Nada más los que gozaban de algún amigo miembro del partido en el gobierno.

 ¡Basta! gritó por eso de repente Ramiro. Y subiéndose a la rama de un árbol inmediato elevó la voz lo más que pudo. ¡Esto no puede continuar así! Tenemos una problemática común. ¿No sería acaso más sensato nombrar a alguien para que en nuestra representación trate la problemática de todos de una sola vez?

 Todos estamos aquí para que se nos paguen los salarios atrasados, para exigir los aumentos prometidos o para poner paro – en beneficio de los muchos desempleados – a los nombramientos ilegales que día a día se producen a pesar de la reglamentación bien clara que existe al respecto. ¡Represéntanos tú! gritaron algunos. De acuerdo respondió Ramiro sin pensarlo dos veces. Siempre y cuando dos más de ustedes me acompañen, agregó después y luego continuó un muy nutrido aplauso de aprobación de casi toda la mayoría. Dos personas más fueron rápidamente nombradas y una comisión de tres trató, entonces, de abrirse paso entre la multitud para solicitar hablar, en nombre de todos, con el alto funcionario. La comisión, sin embargo, fue rechazada y solo aceptada después de lograr la presencia en el lugar del representante sindical aceptado por el gobierno; un individuo, extrañamente, como puede creerse, con claros contactos con la guerrilla. Su sindicato era una de las expresiones abiertas de la misma guerrilla puede también más exactamente afirmarse. Y eso hace más difícil aún entender el total desinterés de aquel sindicato por lo que allí estaba pasando. Todo sin embargo queda bien claro si no se olvida que en aquel momento la dirigencia de la guerrilla había entrado ya a la etapa de desmontar la guerra, a la etapa de ignorar los intereses del pueblo y priorizar los de carácter privado o relativos a la propia supervivencia.

 No hubo jamás ningún plan para tomarse las instalaciones de aquel lugar pero el diálogo se prolongó contra la voluntad de los representantes improvisados que deseaban encontrar soluciones y la voluntad del funcionario gubernamental y el representante sindical que todo el tiempo hacían lo posible para evadir todo tipo de compromisos. Luego fue una confusión lo que lo definió todo. Llegada la hora de finalizar el día laboral el burócrata tomó su attaché y sin decir palabra alguna empezó a caminar en dirección a la puerta. ¿Para dónde va? le preguntó uno de los de la muchedumbre que por falta de espacio cubría con su estatura un buen pedazo de la puerta aunque en ningún momento bloqueaba su paso. ¿Para dónde va? le preguntó amablemente llevando al mismo tiempo su mano hacia arriba. Quería en realidad rascarse la nariz que empezaba a picarle con el sudor de la tarde; pero no pudo hacerlo porque involuntariamente uno de sus dedos topó con la gran barriga del titular. ¡No me mate, por favor, no me mate! gritó el administrativo y corrió de nuevo a sentarse tras el escritorio. ¡Pan! hizo con la boca el hombre de la puerta mostrando el dedo grande de su mano a la muchedumbre que empezó a reír al comprender lo que había asustado al funcionario.

Sentado tras su escritorio el empleado público tomó el teléfono y empezó a hacer diversas llamadas. Yo creo que es mejor retirarse, dijo al oído de sus acompañantes el representante sindical. Esto va a arder de policías entre poco. La propaganda por otro lado ya la hicimos, agregó. ¿De qué propaganda habla usted? ¡Aquí nadie se retira sin que antes hayamos logrado por lo menos una parte de los objetivos que nuestra situación laboral impone como plataforma y la cual se nos ha confiado representar! Cualquier otra decisión tendrán que tomarla en todo caso todos los que están afuera esperando, agregó otro finalmente. Pero la discusión en voz baja continuó sin que el funcionario, concentrado en sus llamadas, diera muestras de interés por averiguar su contenido. ¡Ustedes serán los responsables de lo que aquí pueda pasar! dijo luego de casi dos horas de cuchicheos el representante sindical. ¡Nosotros nos retiramos! agregó, pretendiendo hablar en representación de todo su movimiento. Luego se dirigió a la puerta y se retiro del lugar.

¡Compañeros aquí congregados! expresó Ramiro explicando a todos la actitud del funcionario, la decisión del representante sindical, el nulo avance de las negociaciones y lo ya avanzado del día. ¿Qué hacemos compañeros? preguntó después. Y una voz casi unísona de no claudicar se escuchó claramente. ¡Continuemos! dijo la mayoría textualmente. Y fue de ese modo como aquel diálogo se convirtió literalmente en una toma pacifica de la institución. En una toma de 24 horas exactas.

Policías en los alrededores realmente no se vieron aunque habría seguramente muchos vestidos de civil. Todos estaban concientes de eso como también del derecho que les asistía y del carácter espontáneo, genuino y pacifico de aquella acción la cual ellos calificaban de simple parada por el trabajo y el salario. De una simple parada que se había prolongado más de lo debido a causa, fundamentalmente, de la actitud irresponsable del funcionario que desde el principio no había tomado en serio sus demandas y menos su decisión de mantenerse en el lugar hasta lograr por lo menos acuerdos parciales y no simples promesas o amenazas. Ninguno de los allí presentes estaban armados porque ninguno de ellos pertenecía a organización alguna. Se trataba de simples trabajadores maltratados o mal pagados y de desempleados que al ver la multitud concentrada descubrieron su fuerza y su valor. Pruebas de esto quedaron archivadas con la detención masiva que al final se produjo y con la investigación en esos archivos que fuentes internacionales mucho tiempo después pudieron realizar.

 Ni la presencia de tanquetas hubiera podido atemorizar a aquellas masas; pero si los titulares de periódico del día siguiente al primer día de toma en los que el representante sindical unido al ministro de trabajo los acusaban de terroristas; sin embargo no se movieron. ¡Tienen 30 minutos exactos para abandonar este lugar! dijo a través de un altoparlante el coronel al mando de la tropa policial de desalojo. Sabemos que no todos son terroristas, agregó, pero también que entre ustedes se esconde una buena cantidad de ellos. ¡Señores dirigentes no sean tan irresponsables y entréguense! de tal modo que no vayan a pagar esta vez también justos por pecadores. ¡Os quedan diez minutos! dijo finalmente y empezó un conteo descendente a partir de diez. ¡Nueve, siete, cinco! dijo saltando de cifra en cifra de manera antojadiza.

 -No podemos entregarnos.

– Debemos hacerlo. No somos responsables de nada.

– Responsables si somos, lo que no somos es dirigentes.

– Lo que importa en todo caso es que si ellos no se mueven tampoco nosotros podemos movernos. – Lo que importa es que ellos no se muevan. Lo que nosotros hagamos o no hagamos no tiene importancia alguna. No olvidemos que realmente no somos dirigentes de nada que nuestra función la puede asumir provisionalmente cualquiera del mismo modo como nosotros ahora (sobre la base de la confianza de los que ahora muestran su inteligencia y valor) lo hicimos.

– Lo importante es la unidad de esa inteligencia y ese valor para lograr los objetivos propuestos. Lo demás carece totalmente de importancia y solo la tomaría si a sabiendas de que ya de antemano fuimos juzgados y condenados permitimos que los que así han obrado ejecuten la captura.

– Creo que debemos huir dijeron. Y huyendo todavía siguen.

 ¡Cero! dijo el coronel y posteriormente se oyeron los balazos y luego los culatazos. Nadie opuso sin embargo resistencia pero nadie tampoco se movió. Todos fueron arrastrados hasta los camiones en donde los ataron unos a otros para llevarlos después al cuartel policial. Sobre el pavimento quedaron tirados cien cadáveres; porque algún muerto tenía que haber allí donde se había afirmado que había terroristas y porque en algún lado tendrían que hacer blanco las balas disparadas y los culatazos mortales repartidos por los militares. Tres camiones militares recogerían posteriormente esos cadáveres.

 El 25 de enero de aquel año, desaparecido con todos sus muertos, heridos y encarcelados de la historia oficial (aunque todavía existente en los archivos internacionales de donde yo rescaté esta historia) fue y sigue siendo por eso un día, como tantos otros, engañosamente alegre y tranquilo. Un día más, como tantos otros, de cumbia y de ranchera.

Pedro Cástrales

 

 

 

 

 

 

 


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