Los maridos de Juana

Los maridos de Juana fueron dos, no hay nada de particular en eso. “Mi abuela tuvo cinco y tampoco, solo por eso, cabe en mis historias y es que a mí nunca me han atraído las cantidades que lo que define al mundo son más bien las cualidades”. Contó Feliciano aquella vez mientras yo y muchos otros en silencio le escuchaban.

 

Juana era una mujer joven, rubia y atractiva; pero tampoco voy a contar su historia. La siguiente es, más bien, la historia de los dos maridos que tuvo. La historia de Lucas y de Ramón. Juana fue, realmente, una mujer común. Aparte de su belleza no hay más que contar sobre ella y por eso es mejor concentrarse en sus dos maridos, realmente sus dos verdaderos méritos.

 

Lucas y Ramón fueron dos muertos más de los setenta mil que produjo la guerra civil en aquel paisito, que por allí, sigue todavía olvidado; aún a pesar de la grandeza de su gente de la cual, precisamente por eso, hace falta seguir contando su historia. Las hazañas de Lucas y Ramón merecen contarse, no porque cayeron heroicamente en combate, ni por la cantidad y calidad de las acciones en que participaron, sino que más bien por la coincidencia de sus dos trágicas vidas. Coincidencias tales que pueden ser importantes para dibujar sus respectivos perfiles y a partir de allí deducir algunas de las razones del fracaso de aquella gesta olvidada. Notable teoría naturalmente; pero lo que se quiere sostener es que el fracaso no sólo fue producto de condiciones objetivas que cambiaron y de dirigentes traidores que se vendieron, sino que también de la abundancia de ciertas cualidades subjetivas en los cuadros de conducción que se promovieron, así como de la ausencia total de otras cualidades del mismo tipo dentro de esos mismos cuadros. En el fondo un error, también, de las dirigencias ya desde entonces corruptas.

 

Lucas y Ramón fueron tan parecidos que ambos escogieron a la misma mujer por esposa y madre de sus hijos. Dos chiquillos, ahora ya adultos, que todavía preguntan: “¿a dónde está la patria pijuda y libre por la que vivieron y murieron nuestros padres?”

 

Lucas y Ramón eran ambos de extracción campesina, tenían, los dos, un nivel intelectual bastante bajo. Ninguno de ellos le hacia el feo a nada. Actividad propuesta era también actividad realizada. Lo aceptaban todo y fue, también de ese modo, como llegaron a desempeñar los mismos cargos; puestos importantes tales que los hicieron atractivos ante una mujer que en busca de placer se dejaba seducir por el poder, aunque solo se tratara de simples mandos de ningún modo interesantes para la verdadera clase dirigente. A esa clase no tenía ella, mujer común, a pesar de su belleza ninguna posibilidad de atraer. De tal modo que de lo que se trataba era de tomar lo que al alcance estuviera; lo cual pudo hacer con gran habilidad, por lo menos durante dos ocasiones.

 

Notorio en Lucas y Ramón – aparte de su valentía, disposición y honestidad – fueron también su falta de pensamiento crítico, su aceptación ciega del verticalismo, de la falta de democracia interna; del mismo modo que el desconocimiento de la potencialidad que todos tenemos para desarrollar las cualidades intelectuales que las clases dirigentes privatizan mediante el reparto injusto de las tareas “revolucionarias”.

 

Para mí, no existe ninguna duda de que todo esto también contribuyó al fracaso; al fracaso de aquella gesta olvidada, sostuvo Feliciano, un refugiado de aquel paisito, en una conferencia en Canadá a la que yo asistí, ahora ya hace más de diez años.

 

Guillermo Aguilar

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