Navidad trágica

 

                                                       Por Édgar Bastidas Urresty,

                                                       escritor colombiano

 

El pueblo del valle de Atriz celebraba jubilosamente una nueva navidad. El aguinaldo, los inocentes, la adoración de los pastores, la estrella de oriente, los tres reyes magos, se jugaban y se representaban con la fantasía y el color del folklor local.

Pero en la noche una noticia perturbó el ambiente y creó un temor generalizado. El avión, un DC-4 que cubría el único vuelo desde la capital y transportaba 28 pasajeros casi todos ellos estudiantes, no llegó al aeropuerto local.

El cuarto día trajo mayor angustia y confusión pues la compañía hizo entrega de algunas maletas de los pasajeros sin dar ninguna explicación.

El pueblo impaciente y al borde de la desesperación decidió organizar varias comisiones para tratar de localizar el lugar del posible accidente. Una de ellas, de la que hacían parte un sacerdote, un militar, el jefe de rescates de la compañía, luego de tres duros y penosos días de búsqueda, localizó el lugar y horrorizada descubrió escenas dantescas.

Cuando recobraron la calma, el jefe de rescates y el sacerdote propusieron a sus compañeros que el lugar fuera declarado campo santo. A esta iniciativa se sumó audazmente en la ciudad otro religioso, a quien por su gran poder económico y político y los abusos cometidos se lo llamaba el Fariseo.

En los primeros días de enero el pueblo adolorido y perplejo vio pasar por la calle principal un cortejo fúnebre grave y silencioso. El obispo, el fariseo, el Gobernador presidían la marcha portando una urna con las cenizas de las víctimas en dirección a la catedral. Se celebró una misa de difuntos con gran solemnidad pero al final de la oración el obispo dijo: – Queridos hermanos, este hecho es doloroso pero es la voluntad de Dios, tened fe en Él. Ante lo inevitable no hay más remedio que esperar la resurrección de los muertos, – añadió.

El fariseo, para despejar dudas, con un acento un poco destemplado, agregó: – Prometo a ustedes quitarme la sotana y renunciar al sacerdocio si se comprobara que estas cenizas no son de los difuntos -. El gobernador, por su parte, les anunció su disposición de nombrar en cargos públicos a algunos familiares de las víctimas.

Las dudas, sin embargo, persistían. Los damnificados organizaron nuevas comisiones de búsqueda y luego de largas y difíciles jornadas, localizaron el lugar del siniestro en un pequeño valle, al pie de un cerro, cuya belleza parecía mitigar un poco el horror.

El cerro se llamaba Tajumbina cercano curiosamente al de las ánimas. La escena era macabra: cuerpos carbonizados, mutilados y en avanzado estado de descomposición acompañaban las partes dispersas del avión.

Los restos humanos fueron colocados en bolsas de polietileno, transportados en un helicóptero a la ciudad y sepultados en medio de un gran dolor e indignación. El caso produjo una gran polémica y protestas populares por lo que se consideró un engaño a la fe pública y una transgresión del código penal.

Ante el temor de que la tragedia quedara impune, el pueblo en varias jornadas realizó un juicio de responsabilidades. Uno de sus voceros expresó:- La compañía debe indemnizar a los familiares de las víctimas -¡ Otro de ellos advirtió:- El gobernador debe poner sus pies sobre la tierra y cumplir sus promesas -. El tercero, un ex-sacerdote de aspecto muy severo dijo: – Al obispo, al fariseo y su corte los condenamos a sufrir una pena moral en esta vida y los castigos reservados en el más allá a los traficantes de cosas sagradas!

Como una extraña predicción los implicados en el escándalo comenzaron a tener alucinaciones y sueños de terror que parecían eternos.

El gerente soñaba que algunos aviones de la compañía colisionaban contra cerros desconocidos; otros vuelos transportaban pasajeros sin rostro en viajes sin rumbo.

El gobernador, aterrado, veía cómo los pasillos, el patio y sus oficinas eran invadidos por gentes desesperadas y amenazantes que lo perseguían incesantemente en demanda de empleo.

El obispo y el fariseo, lanzaban gritos de dolor y trataban angustiosa pero inútilmente de salir de los pozos en que se encontraban boca abajo y de apagar las llamas de las plantas de sus pies.


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