Ojitos tiernos

Narina tiene una gata. Una gata bulliciosa. Una gata bicolor. ¡Micifuz! le dice; y el felino salta de nuevo a su ventana para regresar después, otra vez, al balcón de mi casa. Ahora va a bañarse; me dice algunas veces cuando llega. Al principio yo no sabía el significado de esos tres maullidos pero poco a poco lo fui descubriendo cuando desde mi balcón escuchaba, luego de esos tres maullidos, el sonido de la regadera en su baño. Fue por eso que hice un pequeño orificio en mi dormitorio. Un fino y discreto agujero que va directamente, desde esa habitación, hasta la ducha de su casa; en donde muchas veces la he visto restregando la piel morena de su torneado, espigado y bien formado cuerpo. ¡Parece una modelo! una de esas que otros solo miran en las revistas, pero no lo es; porque pertenece a una de esas religiones que obligan a la mujer a cubrirse el cabello. Tendrá veinticuatro años, creo, pero la verdad no lo sé; porque nunca ha siquiera respondido a mi saludo. ¡Buenos días! le digo todas las mañanas cuando estoy en el balcón, leyendo el periódico, y ella sale a su trabajo; ¡Buenos días! le digo; pero solo el viento responde a veces a mi saludo soplando aun más fuerte y moviéndole el chal para dejar al descubierto sus bellos ojos tiernos; esos que desde mi agujero nunca he logrado ver.

 

¡Ahora va a dormir! me dice la gata maullando cinco veces y entonces me voy a mi otro agujero; ese lugar desde donde veo cuando su marido, un hombre quizás tan viejo como yo, la penetra.

 

Lo hacen siempre del mismo modo. Y del mismo modo reacciona ella siempre. ¡Miau! dice ella, como si fuera una gata, mientras él galopa sobre su trasero para después secarse el sudor, relajarse y dormirse. ¡Mi hora de leer! parece decir ella; y saca, entonces, de su mesita de noche el mismo libro, siempre el mismo libro. Ese libro que muy bien describe a Magdalena, mi vecina, aunque ella no lo sepa; porque en el libro el personaje principal se llama Narina y tiene una gata; no un perro. Soy yo quien lo escribió, pero ella no lo sabe; porque ignora que soy escritor. Un famoso escritor ya con muchos premios internacionales ganados. Para ella, soy yo solo un triste viejo pensionado al que no vale la pena siquiera saludar. Pasa una página y luego otra; después retrocede y vuelve a leer. “Cerraría todos los agujeros de mi casa si solo abrieras tus ojos unos segundos; si solo me vieras una vez” está escrito textualmente en el libro; en ese libro en donde Adriano también le dice a Narina: soy yo el que en realidad te hace gemir; no la verga de burro que todos los días te penetra. Un verdadero gemido erótico de mujer (muy diferente al cotidiano miau, miau que ella emite para no lastimar el amor propio del marido) se escucha; y segundos después ella se duerme. “Ojitos tiernos” está escrito en la portada. En la cubierta de ese primer libro por el cual me expulsaron de Irán y por el cual, ahora, soy únicamente el viejo triste y pensionado al cual ella, con razón, desprecia.

 Guillermo Aguilar

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