Operación Comando

 

Ricardo Creimer

 

Esta narración es tan desconocida como cierta,

aún cuando sus testigos sobrios no recordaran

nada y los memoriosos no estuvieran sobrios”

 

 

**********************************

 

I

 

Estamos cerca de cumplir con el medio siglo de reuniones anuales y el Granadero Reservista clase 43 Eduardo Díaz Padró nos sigue citando para el sábado más cercano al 17 de agosto. Siempre en el restaurante del Granadero Reservista clase 43 Antonio Guarnerio, mas conocido como “el barba”, que funcionaba frente al Parque Lezama, hasta que se mudó por incompatibilidad de caracteres. Entonces las reuniones, como no podía ser se otra manera y haciendo causa común él, procedieron a mudarse a pocas cuadras de allí. Al principio fueron cenas, pero la edad y los achaques la transformaron en almuerzos. Nunca hemos sido menos de treinta y últimamente viene algún oficial o suboficial que Eduardo encuentra en su incansable búsqueda. De La Plata vamos tres, Edurdo, yo y el Granadero Reservista clase 43 Ernesto Negronida, entrañable narigón recientemente fallecido. Cuando nos reclutaron también tuvieron destino de Regimiento, el Patón Aguirre y Griffith. Hoy, seguramente están escoltando a Tata Dios.

Ya es un clásico que en las reuniones aparezca alguno que no vino nunca, como también es infaltable que uno de nosotros, a la hora del café y el habano, saque a relucir la anécdota. Por eso la contaré aunque encierre un delito; después de todo y con buena voluntad puede considerarse un hurto famélico. Incluso, como está todo prescripto, no ocultaré la época de ocurrencia ni los nombres de los complotados.

II

Ocurrió a fines del año 1964. Integrábamos el Escuadrón Chancay del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. Teníamos veinte años y éramos la custodia del presidente constitucional Doctor Arturo Illia. Todo el Regimiento estaba recargado porque el General Charles De Gaulle visitaba la Argentina. Siempre fue el Regimiento mas ocupado y sigue siéndolo; incluso en épocas democráticas, como aquella. Escoltas, guardias, desfiles, paradas y plantones estaban a la orden del día. Hasta se cumplía con los pedidos de las Escuelas Públicas, enviando a las fiestas escolares, cuatro granaderos al mando de un suboficial, que a veces era también “corneta”. Eso sí. Éramos granaderos a caballo pero a las escuelas viajábamos en camioneta y los plantones no eran tan rigurosos. Incluso, a veces, alguno conseguía un beso o una cita o un número de teléfono o por lo menos una promesa de alguna maestra. Los escasos pedidos y la deferente atención que se nos brindaba en las escuelas, las transformaba en un verdadero premio para los elegidos, sobre todo comparándolas con los plantones o los desfiles de los que volvíamos muertos de cansancio al cuartel.

III

 

Pero no había nada más conveniente para un granadero que custodiar la Quinta Presidencial de Olivos. Se trataba de un lugar muy especial donde nunca pasaba nada y siempre sobraba el tiempo para el ocio o el descanso. Se dormía más y se comía mejor. Hasta tomábamos sol en malla o en calzoncillos y, si teníamos suerte, podíamos llegar a darnos un chapuzón en la pileta. Incluso había permisos negociados con los suboficiales, para salidas a deshoras, impensados en el cuartel. A eso se le sumaba la sobriedad de la familia del Doctor Ilia, que era la que ocupaba la quinta durante todo el día; siempre predispuesta a ser condescendientes con nosotros. Nadie recuerda haber tenido “ni un si ni un no” con ellos; al contrario, en alguna oportunidad nos cubrieron y apañaron salvándonos de los consabidos castigos cuarteleros. Era una familia cordobesa, lugareña de Cruz del Eje y eso lo explica todo.

El casino de oficiales de la Quinta era el único lugar del Destacamento que, mal que mal, estaba provisto de alimentos y bebidas. Pero sus siempre agotadas reservas se habían incrementado hasta la opulencia con la excusa de “necesidades extraordinarias” ante la presencia del General Charles De Gaulle y su custodia, que era numerosa.

La verdad es que estuvieron en la Quinta en dos oportunidades, pero no pisaron el Casino. Ni los guardaespaldas ni los choferes se acercaron. Eso sí; el Comando y la Logística funcionaron a la perfección ya que sobraba de todo; incluso whisky importado y champagne francés. A pesar de la circular que ordenaba la devolución de la provisión extraordinaria no consumida, dos cosas se caían de maduro; que no habría devolución y que “ni gota ni gramo” tendría destino de granadero.

Todo era custodiado en el Casino de Oficiales. Entre los comestibles acaparados había seis hormas enormes de queso “gruyerito” estibados a la vista, en una alacena con las puertas de esterilla que las hacían prácticamente transparentes. Pesaba como quince kilos cada pieza. Sobre el estante principal, estaban estibadas tres hormas; apoyadas sobre ellas había otras dos y sobre éstas, estaba la última que formaba la cúspide de la pirámide de quesos. La alacena no tenía llave, así que cada vez que cambiaba el personal responsable del casino, se echaba un vistazo a las hormas verificando que estuvieran todas. Era un espectáculo atractivo hasta la seducción no solo por el color amarillo pálido con que las hormas estaban pintadas, sino que era el único comestible que no estaba bajo llave. Vivíamos hipnotizados por esas hormas hasta parecernos más grandes de lo que eran. Se nos hacía “agua la boca” y más de una vez nos entraron ganas de saltar sobre ellas e hincarles el diente. Para colmo, estaba previsto que cuando se empezara una horma, no quedaría ni un minuto al alcance de la mano y menos en el anaquel sin llave. Pasaría a ocupar un lugar en las alacenas bajo doble llave y minucioso inventario.

Era toda una provocación y nos predispuso a intentar una acción comando, que de alguna manera pusiera una horma en nuestras manos sin que se descubriera a sus autores. Por eso organizamos un comité que estudiaría la factibilidad de consumir todo un queso sin ser castigados. Pasaba el tiempo y las ideas no servían. Todas tenían su punto débil y solo aseguraban una impunidad que no pasaba de algunas horas; no mas allá del recuento por el cambio del personal a cargo del casino.

Pero era todo un desafío ganarle al sistema y eso agudizó el ingenio de los complotados. Sentíamos íntimamente que la idea estaba ahí; al alcance de la mano. Como las hormas.

IV

Y la idea apareció, nomás. Aseguraba impunidad por más de dos meses. Estábamos en octubre y su transcurso prácticamente nos ponía de nuevo en la civilidad y sin obligación de responder por el hurto. Incluso, con que pasaran quince días, se diluiría la posibilidad de que se encontrara a los culpables, porque en menos de dos semanas, el Escuadrón San Lorenzo nos sucedería en la custodia de la Quinta. Eso nos decidió y pusimos manos a la obra.

El vasco Rastagarcha, hijo natural de Olga, vieja tambera de la zona de Magdalena, fue el encargado de la intervención quirúrgica secundado por Semilla a quien el vasco había elegido por su prolijidad.

Munido de un cuchillito verijero por todo instrumento quirúrgico, el vasco comenzó a operar la más grande de las hormas a las ocho de la mañana de un día lluvioso. A esa hora ya era raro que apareciera algún oficial hasta el medio día. Trabajaron durante casi toda la mañana en la trastienda del casino. La horma recibió el nombre de “rueda de la motoneta”, a todos los efectos de esa operación comando.

El cuchillito hacía maravillas en las manos del vasco. Producto de cientos de capadas y decenas de carneadas, el cuchillo y el vasco formaban una sociedad inseparable. Lo llevaba siempre con él. A las once de la mañana, con más de la mitad de la operación terminada, la suspendieron hasta la mañana siguiente. Fue así que la horma volvió a tomar su lugar en la base de la pirámide.

A media mañana del día siguiente el vasco puso fin a su obra de arte al concluir el ahuecado de la horma. Había llevado más de seis horas pero había quedado totalmente vacía por dentro y cosida, con un zurcido invisible, por el centro de su base. Sobre el zurcido, semilla le pintó un cierre relámpago que parecía real. Solo se había desperdiciado menos de medio centímetro en toda la superficie pegada a la cascara. Consideramos que “esas bajas” era “una perdida aceptable” para la operación. Debido al relleno de papel de diario con que fue prolijamente ocupado el hueco producido, iba a continuar con su ubicación en la base de la pirámide, lo que garantizaba que antes deberían acabar, por lo menos, con las tres hormas ubicadas sobre ella. Eso insumiría un lapso tan prolongado que quedaríamos impunes.

Al día siguiente, a la tardecita, simulamos el festejo del cumpleaños de Semilla y reunimos a todos los complotados y conocedores de la acción.

Hicimos dos centros de mesa con la forma de dos viejos e inmensos “transportadores de pizarrón” con la horma cortada por la mitad y paradas, como dos soles asomando, ensartada por un montón de mondadientes que llevaban rodajas de salamín, pepino y aceitunas. También se podía retirar el palillo solo con gruyere. Los salamines fueron donados por el vasco que los había recibido del campo unos días antes. La mesa ofrecía maníes y galletitas saladas para copetín de las que ya no se consiguen. Todo, por supuesto, bien regado con cerveza.

En lo mejor de la fiesta pasaron el capitán y el teniente primero. Oyeron bullicio en la cuadra y entraron. Hubo un revuelo nervioso entre nosotros hasta que nos fuimos dando cuenta que era imposible que descubrieran el origen del queso, porque ya se había reducido considerablemente y los continuos cortes habían desfigurado su forma original.

La cerveza les encendió los ojos a los oficiales, aunque solo tomaron uno o dos vasos y comieron queso y maníes. Luego de conversar unos minutos, saludaron al “cumpleañero” y se fueron como habían venido.

Nosotros nos quedamos más tranquilos y repitiendo el queso. En rigor de verdad no creo que su sabor haya merecido arriesgarse a los peligros de semejante operación comando.

V

Seguramente en la reunión de este año algún reservista volverá a rumiar la anécdota y le agregará, por lo menos, una mentira más.

Como vemos a este relato, tal como está, le queda poca vida.

Fin

 

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