QUEBRANTO, AMOR Y GLORIA

 

Relato

Venancio (Pocho) Rivero – Uruguayo residente en Suecia

 

Todo lo que la vida nos ofrece de placentero, sin duda debemos disfrutarlo, al máximo de nuestras posibilidades.

 

Los grandes sucesos históricos y las convulsiones sociales, trajeron al país mucha pobreza. Muchas veces, las personas tenían sueños generosos, a pesar de la tremenda angustia que estaba sufriendo la población mundial. En momentos que comenzaba la segunda guerra mundial, aparecieron niños franceses y españoles de familias que habían podido escapar de aquel tremendo drama de horror, tan doloroso para el mundo.

 

Pero otras cosas afectaban a la población de nuestro país. Las desigualdades sociales siempre se notaron. Sin ir más lejos en el tiempo, la época de la llamada conquista, ha dejado el rastro. Grandes quintas dentro del cinturón montevideano, con mucha fruta seleccionada que disfrutaba una sola familia. El resto de la población, vivía dándole a sus hijos lo que le deparara la suerte.

 

Me pongo yo como referencia, que cuando niño pasaba enfermo, debido a los fríos y las mojaduras que había que soportar. A veces en invierno me miraba los dedos de los pies, y estaban morados de frío. Para nosotros los pobres, no había otra solución que salir a chapalear barro y agua.

 

Otra situación dolorosa era la escuela pública, y alguno se preguntará por qué. Es que en las escuelas públicas era donde se notaban más las diferencias, quién estaba económicamente bien y quién no; algunos iban con las túnicas almidonadas y con una gran moña, mientras que los más pobres, carecían de todo.

 

Estaban los que llevaban suficiente dinero para la merienda, a veces un poco exagerado. Pero en mi caso quiero resaltar también los corazones nobles, como mi maestra de 4to. año, que compartía sus bizcochos conmigo. Vaya a saber qué le pasaría por la cabeza a la pobre maestra, al ver niños en la última miseria.

 

No quiero dar nombres de ilustres personalidades que fueron conmigo a la escuela y compartieron conmigo la misma clase, hombres y mujeres que fueron grandes en la cultura uruguaya, o en el deporte; no las voy a nombrar porque no viene al caso.

 

Fuimos creciendo, con la esperanza del mañana, que en definitiva era sólo una palabra, ese día no llegaba nunca. A nadie podemos culpar de ese destino tan incierto que nos tocó vivir.

 

Hay de todo en historias como ésta. Memoria, nostalgia, amistad. Y también tristeza, al dejar la tierra que uno tanto quiere, sabiendo que no volverá, porque lo atarán otros amores. Hay quebranto, amor y gloria.

 

Y hay algo muy bello, por cierto, que es el momento romántico y tierno de dos pequeños seres que vivieron a pesar de sus cortas edades, momentos de una profunda intensidad amorosa.

 

En los inicios de la segunda mundial, mi madre no tuvo más remedio que meterme en “El Aire Libre”, pero me puso de acuerdo a la situación que estábamos viviendo. Pasábamos todo el día, nos daban unos sobretodos medio atigrados, pero por lo menos no pasábamos frío.

 

Después del almuerzo, todos los alumnos debían pasar por “la centena”, que era simplemente un pequeño casillero en el que cada cual tenía su número para levantar su perezoso y su frazada, y si no llovía, nos hacían dormir la siesta al aire libre, tapados con la frazada. Teníamos que armar el perezoso intercalándonos entre niños y niñas, para que no conversáramos y durmiéramos.

 

Ahí despertó algo que yo nunca había pensado. Elvira Biassac, siempre quería ubicarse a mi lado, y conversábamos toda la siesta. Seguro que lo hacíamos en tono muy bajito, en tono muy de enamorados, siempre nos colocábamos en la última fila.

 

En varias ocasiones pensé que la maestra se había dado cuenta e intentaba separarnos, pero no era así. Estábamos profundamente enamorados, perdidamente, nos besábamos donde tuviéramos la mínima oportunidad, aunque los compañeritos casi todos sabían de nuestro amor.

 

Un día como tantos entramos a un salón y al encontrarnos solos nos besamos ciegamente; y en ese momento la maestra Violeta entró al salón y nos pescó en esa situación. Nos dijo que la próxima vez iba a llamar a nuestros padres, que era una falta de respeto y otras yerbas.

 

Elvira tenía vínculos familiares con Lise Boucherville Biassac, una legendaria luchadora contra los nazis, en la segunda guerra mundial en Normandía.

 

Ya habíamos terminado la escuela, y cada uno debió arrancar para su lado, pero Elvira no pensaba así y conquistó a una tía suya para venir a verme, porque sola era imposible salir. La tía muy gentil, nos dejó caminar a buena distancia de ella. Elvira se puso a llorar en mi hombro, contándome que su padre la descubrió y se mudaban muy lejos, así dejábamos de vernos.

 

Estoy seguro que la pequeña Elvira lloró mucho esta ausencia obligatoria. A partir de ahí, no la vi más. Yo también soñaba muy a menudo con ella, pero todo era inútil, la suerte estaba echada, para los dos era difícil poder comunicarnos, éramos muy jovencitos.

 

Los que somos memoriosos y basamos nuestra identidad en nuestros recuerdos, tenemos diversas formas de recordar. Lo nuestro era como un amor perdido, todo nos resultaba muy difícil, y yo pasaba todo el tiempo pensando en mi Elvira del alma. En mi pensamiento, la veía por todos lados, pero irremediablemente, tenía que olvidarla, era un amor imposible.

 

Fui creciendo aunque no la olvidé nunca, la consideraba como un pedazo de mi corazón, aunque en definitiva habían sido cosas de niños.

 

Los años fueron pasando, se me abrieron otros caminos, recibí los consejos de mi madre, que fue sin duda la que me allanó el camino en los primeros años de mi adolescencia. Pero como digo a veces, mi suerte era un “crisol sin fondo”.

 

Tuve grandes amigos en mi infancia y los que aun viven lo siguen siendo. Todos somos depositarios de un pequeño bagaje de mitos y emociones que cada cual puede entender a su manera.

 

Cuando afloraba aquel esplendor perdido, y nada lo hacía presagiar, se presentó ante mí mi recordada Elvira. Había cumplido la mayoría de edad y venía por mí. Esperé unos minutos para reflexionar y pensar, pero a Elvira se le dibujaba en su rostro la misma franca sonrisa de siempre. Pasamos tres días juntos, que fueron sin duda, parte de otra vida tan bella como intensa.

 

Habíamos acordado esperar para arreglar nuestras cosas después de un viaje que Elvira iba a hacer con sus padres al viejo continente. Mientras tanto nos escribimos… pero en un accidente, ella perdió la vida en Roma. El amor, otra vez perdido, en la inmensidad del tiempo.

 

Hacen ya tantos años y han pasado tantas cosas. Volví a tener otro amor, que me dio hijos, un amor por el que sigo siendo un hombre totalmente feliz.

 


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