UN “CLÁSICO” INOLVIDABLE

 

Relato
Elizabeth Óliver de Ábalos ― Uruguay
Aquel domingo soleado de invierno, estaba montada en los barrotes del muro del frente, uno de mis atalayas en aquella casa. Tendría 5 años, ó 6.
 
Me entretenía mirando pasar a la gente, abrigada con el pantalón–buzo de algodón frisado color bordó que a mi abuelo le hacía decirme “Michelín”… Me lo ponían encima de un montón de ropa y difería del muñeco de los neumáticos únicamente por el color.
 
Serían las 10 de la mañana, cuando se me acercó papá. Esa tarde iríamos a ver “el clásico” juntos y pensé que saldría rumbo al Estadio a comprar su entrada… Pero se apoyó en el muro a mi lado, a tomar mate. Por la calle ya el gentío parecía una manifestación con rumbo al parque y en poco rato más las localidades se agotarían… ¿Habría surgido algún “cambio de planes” a último momento? Inquieta, no pude aguantarme y le pregunté.
 
No se preocupe m’hijita ―me dijo― claro que vamos… la entrada me la van a traer.
 
¿Quién te la trae?
 
Todavía no sé… estoy eligiendo.
 
Con eso me alcanzó, lo importante para mí era ir con él a ver el partido. A los pocos minutos, eligió un muchachito entre los otros que pasaban y lo abordó.
 
Che, botija, vení ―le dijo― ¿vas al Estadio?
 
El muchacho asintió y se detuvo.
 
Tomá ―le dio dinero sin preguntas de por medio― sacame una Amsterdam, si no estoy acá afuera cuando vuelvas, pegame el grito que enseguida salgo.
 
Un poco indeciso, extendió la mano y tomó el dinero, pero se quedó quieto, como esperando algo, una advertencia, tal vez.
 
Dale, dale… andá nomás ―le dijo palmeándole la espalda―.
 
Bueno, don… pero si hay mucha gente en la cola… no se vaya a preocupar, mire que yo vuelvo y se la traigo… aunque demore, esté seguro que vengo…
 
El muchacho retomó su camino, con paso firme, apurado, casi corriendo; la sonrisa de papá lo había decidido. Creo que se sintió importante porque un mayor ―y desconocido― había depositado su confianza en él… Por lo menos, era lo que me hacían sentir a mí esas actitudes de mi viejo.
 
Cuando entramos, ya el asunto de haber mandado comprar la entrada cambió de cariz. En la mesa, matizaron el almuerzo las alusiones a la plata tirada, la conducta impropia, la torpeza de confiar en cualquiera, ¡el mal ejemplo! y esas cosas… De repente, un grito en el portón de entrada interrumpió el monólogo…
 
¡Don…!, ¡eh…!, ¡don…!, ¡le traigo la entrada…!
 
Ahí está el gurí, ¿vio, m’hijita? ―me dijo guiñando un ojo― ¡no se vaya a comer nada de mi plato que ya vuelvo!
 
A la hora de irnos, el sol había templado bastante la tarde. De todos modos, y a pesar del relleno que ya tenía bajo el equipo, tuve que llevarme el tapado, para la vuelta… y papá llevó el sobretodo para hacer juego conmigo.
 
Nos acomodamos en la Amsterdam, bien detrás del arco, a una altura desde donde se veía toda la cancha justo por encima del travesaño horizontal.
 
Me entusiasmaba mucho ir al Estadio, todo aquello me gustaba. Las manchas multicolores en la multitud de las tribunas; el eco de las voces al unísono; el sonido de los parlantes exhortando a algún espectador el retiro de un coche mal estacionado; los movimientos acompasados de la gente; la bocina en dos tonos anunciando los goles en las canchas chicas; el tablero de atrás ―allá arriba― donde un hombre encaramado cambiaba los enormes números según las variaciones del tanteador; los vendedores de café vestidos con el uniforme verde y amarillo del Sorocabana.
 
En el entretiempo, los jugadores en fila entrando al túnel; la música de los comerciales cantados, tan clásicos como el partido mismo; los “pibes Sanforizado” corriendo hacia la mitad de la cancha para formar el nombre de la famosa tela preencogida para vaqueros, y enfrentarla a las cuatro tribunas con un giro muy bien logrado; cada uno con una de las letras en un cartel cuadrado casi tan grande como ellos.
 
En la cancha, el verde intenso del césped; la ropa de los jugadores, los banderines rojos en los “corner”; y sobre todo los caballos, paseándose con la misma elegancia que en el circo, a lo largo del alambrado de los taludes, montados por jinetes de casco negro y uniforme verde seco… Había escuchado que los llamaban “Coraceros”, pero ya era bastante más grande cuando supe para qué estaban ahí…
 
En realidad… a entender y apreciar el fútbol también aprendí muchos años después. Pero mi viejo se las arreglaba para engrupir a los hinchas que nos rodeaban y hacerse el grande, aprovechando las tan conocidas cosas que me llamaban la atención.
 
Como cuando se pararon todos con el grito de ¡gol…! pronto en los labios, porque venía una “carga” segura por la punta directo al arco. Yo también me había puesto de pie, muy nerviosa, señalando hacia esa esquina diciéndole ¡mirá, papá!, ¡mirá, papá! mientras le tironeaba el pantalón.
 
Entonces, no perdió la oportunidad de jactarse de mis conocimientos futboleros a pesar de mi corta edad, y hasta tuvo la suerte de recibir los elogios correspondientes antes del escándalo del gol consumado, cuando yo terminé la frase que sólo él pudo escuchar… ¡mirá, papá… el caballo va a pisar la banderita…!
 
Cuando terminó el primer tiempo, a mí se me antojó ir al baño… ¡tremendo y seguro inconveniente para los padres que llevan las nenas chicas al Estadio en pleno invierno…! Habría que subir bastante en medio de la tribuna repleta, gente que andaba de un lado para otro comprando chorizos y Coca–Cola… ¡un caos! Pero él me iba a llevar de todos modos sin siquiera insinuarme que me aguantara.
 
En el lugar en que estábamos, quedó mi tapado y su sobretodo, ambos bien dobladitos porque los estábamos usando de almohadones para evitar el frío del concreto.
 
Le dije que yo no estaba autorizada a separarme de mi ropa, pero se ocupó de derogar la orden convenciéndome de que era bueno dejar los abrigos porque así desde arriba, podríamos identificar nuestro lugar entre la gente…. y asunto arreglado. Me tomó de la mano, y ya encaminándonos hacia la escalera, le dijo a un hombre que estaba al lado:
 
Che, mozo… ¿me cuida la ropa mientras llevo a la gurisa al baño?
 
Vaya tranquilo ―dijo el hombre― y ya que va le compra un frankfurter, con lo bien que se porta esa nena se lo merece… ¡Si hasta ve venir los goles! Yo le cuido todo.
 
Por supuesto que iba tranquilo… a mí no me cupo la menor duda que a ese señor también lo había elegido.
 
En el baño hubo ciertas demoras, porque estaba lleno de caballeros y así yo no podía entrar. Esperó un tiempo prudencial ―supongo que calculando los pocos minutos que faltaban para empezar el segundo tiempo― y cuando lo creyó oportuno me dejó esperando en la puerta, entró y sacó a los que quedaban ―no sé si antes o después de que hicieran uso de las instalaciones― “porque la botija tiene que entrar y si no… a la vuelta tengo lío con la patrona”…
 
No me daba vergüenza que pensaran que yo no era capaz de aguantarme, porque los argumentos de papá eran muy efectivos y además, esos hombres no me iban a ver nunca más. Me previno de remangarme los pantalones porque “ahí el piso siempre está mojado” y se quedó de guardia en la puerta hasta que salí.
 
Empezó el segundo tiempo cuando ni habíamos empezado a bajar. Todo el mundo ya estaba sentado y quieto, pero a pesar de ser alto, le fue imposible visualizar la ropa. Tampoco eso le alteró los nervios… y esa era una de las cualidades que más disfrutaba de él. Haciendo apretar a la gente ―por supuesto― encontró un lugar para sentarnos, ¿quién iba a negarle un sitio a un señor que lleva una nenita…? Me sentó en la grada, fue a comprar frankfurters y Coca–Cola en el kiosco que estaba justo atrás nuestro, y ahí nos quedamos hasta el final del partido.
 
El público empezó a movilizarse, pero él dijo que había que esperar que salieran todos, así que nos quedamos sentados mirándolos pasar. En un clásico a Estadio lleno, una tribuna no se desaloja muy rápido, pero estábamos cómodamente sentados y para mí, aquello también era todo un espectáculo.
 
Ahora nomás vamos a ver la ropa allá abajo ―me dijo con la seguridad de siempre― y también va a estar el tipo que se quedó cuidándola…
 
Dicho y hecho. En la Amsterdam sólo quedaban papeles de diario volando, nosotros dos y aquel hombre, que se aguantó hasta que nos vio, al pie del cañón cuidándonos los abrigos… Ni siquiera tuvimos que bajar… él mismo los trajo de camino a la salida…
 
Me imaginé que no iban a poder bajar con tanta gente ―dijo el hombre― pero acá me iba a quedar hasta que los viera… Te compraron el frankfurter, ya veo ―dijo pasándome el dedo por la mejilla― ¿le gusta la mostaza, tan chiquita? ¡Flor de piba tiene usted, como para no traerla al Estadio…!
 
Ah, sí ―dijo muy orgulloso― con ésta quedé cumplido, no hay quien le haga competencia… Gracias, che.
 
Por el camino de vuelta me miró… Cuando bajaba la cabeza más de lo necesario, dejando los párpados como una visera que le hacía levantar la vista para verme… ya sabía lo que me iba a decir…
 
Sí, ya sé ―me adelanté― no nos sentamos sobre tu sobretodo y mi tapado ni nos separamos de ellos en ningún momento, y tampoco hice pichí en ningún lado.
 
¡Eso, m’hijita…! Y el frankfurter no tenía mostaza… Póngase el saquito así se va planchando de acá hasta casa…
 
Así padre e hija, con el flamante sobretodo azul piedra de pelo de camello y el tapadito bordó de Vellour comprados en cómodas cuotas en la cooperativa de UTE, volvieron elegantes y abrigaditos, después de una tarde hermosa y feliz en el Estadio… Y como si fuera poco, de yapa… ganó el cuadro nuestro…
 
Por algo soy como soy… Ya sé que eran otros tiempos y que él no era infalible… ni yo lo soy tampoco, pero… ¡cuánto más fácil se le hace a una elegir en quién confiar con esa escuela!
 
Aunque nunca me dio un curso de sicología práctica, ni tampoco me ocupé de averiguar cómo lo hacía… Creo que me lo pasó en los genes… lo intuyo, igual que él.
 
 
Elizabeth Óliver de Ábalos

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