Un mechón de cabello

 

No era fácil. Cruzar la frontera – una rutina que no ofrece ninguna dificultad para el comerciante, el turista o cualquier ciudadano común casi en todo el mundo – era para él difícil. Estaba para él prohibido. No podía hacerlo aunque fuera de su propia patria y por razones patrióticas que estaba tratando de salir.

 

¡Mejor váyase al monte y quédese allí hasta que ya todo haya pasado! A los muchachos les faltan brazos para empuñar las armas, le dijo doña María al comprender sus dificultades. Ella era la única persona de confianza con la que él tenía contacto. Doña Maria, sin embargo, ignoraba que a los muchachos en realidad les sobraban los brazos dispuestos a empujar, con el cañón del fusil, la llegada del futuro; que a los muchachos les sobraban los brazos; pero que sus dirigentes se habían rendido y que por eso esa alternativa de irse al monte a pelear no era posible. De ningún modo posible porque simplemente no existía. Fue por eso que le dije a doña María: Mejor ayúdeme un poco con sus tijeras. Doña María había sido cosmetóloga antes de quedar desempleada y de verse obligada a alquilar, a parte de su propia habitación, todos los cuartos de la casa grande que heredó de su marido; un doctor que se enamoró de ella cuando todavía era la mujer más joven y bonita del pueblo. Aquel pueblo en donde entonces se debatía, según la propaganda, la guerrilla más heroica contra la dictadura más criminal del mundo.

 

Lo voy a dejar como nuevo; le respondió doña María y procedió a recortarle muy bien el cabello. Luego sacó un colorante y le pintó un mechón amarillo en la frente; el mismo mechón por el que sus compatriotas le gritaron: ¡culero! Aquellos días de invierno, a mediados de los ochenta, cuando llegó a Hallstahammar; un campamento de refugiados en Suecia en donde, a partir de entones, empezaría su segunda odisea.

 

– El bigote largo de indio mexicano me lo recorté yo mismo y los lentes de aros dorados eran los del difunto esposo de doña María. Le contó Octavio después a un amigo. Fue ella, le dijo refiriéndose a doña Maria, la que también, conduciendo el antiguo coche del doctor, me llevó hasta la frontera de aquel país, entonces según la propaganda, en guerra. Más que guerra había, sin embargo allí, la rendición de la clase dirigente y la desesperación de un pueblo ante lo que significa perderla. Brindarle una alternativa a esa desesperación es de patriotas, pensó; y de allí que hizo lo que hizo; sólo para resultar siendo atacado desde dos flancos. El antiguo flanco enemigo y el nuevo flanco muy solidamente conformado por todos sus antiguos compañeros que desde entonces habían empezado ya a disparar contra el pueblo para salvar su propio pellejo y ganar en la retirada, para beneficio privado, algún pedazo de poder. Razones de huida más poderosas que esas no podía tener y de allí que huyó para nunca más volver.

 

¿Y como hizo usted para identificarse en la aduana? señor terrorista, le preguntó una sueca; luego de convivir con él algunos años. ¿Cómo hizo? Le preguntó ella; la misma que después lo abandonara para acompañarse con otro que de verdad tuviera el pelo rubio. Le cambié la foto a la cedula de un muerto le respondió Octavio; acariciando su mechón amarillo. Ese mechón que le hizo creer a la aduana que él era Francisco Chongsen, el propietario de un restaurante pequeño de la capital, y no Octavio Ramos un perseguido político aparecido en la primera plana de todos los periódicos de su patria.

 

! Orden de captura contra subversivo” decía el titular de los principales periódicos. Fue esa la acusación con la cual se pretendió justificar su persecución. Ahora sabe ya todo el mundo que lo único que pretendió fue recuperar la dignidad de un pueblo devolviéndole su derecho de legítima defensa. Todo el mundo lo sabe y es por eso que también ese texto está escrito sobre la piedra que cubre la tumba donde sus restos descansan. Allí en ese país frío, en donde buscando el alba lo alcanzó la noche.

 

Guillermo Aguilar


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