Un potro a Singapur…

Sin pretenderlo,

la escarcha

encerró aquellos golpes de mi cuerpo

en la infinidad nocturna

de este enjuto armario acristalado.

No obstante,

quizás la premonición era más fuerte

y prefiere vestirme entre trajes desaliñados,

mientras occidente viste a su marinería con botellas de gin…

Al otro lado del panel,

veo caer sus lágrimas traslúcidas,

me veo caer…

Los cordones

aprietan fuertemente el sedal rojo de los canales…

Ensucian su cara

con dossieres de menta

y retales corroídos en las páginas del boulevar.

Se cierra la puerta

y vuelvo a ese lugar

donde las gotas de sangre

parecen recordarme el perfil de sus ojos antiguos.

Ya no está,

lo siento,

la quise y la quiero

ahora que derrocho mis últimos besos

sobre las espuelas de mis rodillas:

sobre el látigo donde nunca volverá a sentarse.

Con los ojos cerrados

veo tras el cristal:

la luna se disuelve sobre las aguas,

y un trasatlántico despierta las últimas estelas

de la noche en el cabello de un potro a Singapur.

I love you…

David Fernandez Rivera


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