Una esquina histórica

 

¡Nadie! les digo que nadie recuerda ese lugar. ¡No! ni siquiera el héroe, ese paladín de la batalla allí librada, que ni siquiera él lo hace.

-Y es que yo estaba bien a verga ese día; me confesó ayer para justificar su olvido; ayer cuando lo visité en su pequeña habitación de pensionado en donde ella también ocasionalmente estaba.

-¡Hola! me dijo; y agachó después la mirada. ¡Qué bonita eres! quise responderle con la intención de continuar la conversación que durante un tiempo fue cotidiana entre nosotros; quise hacerlo pero no pude porque ella siguió de rodillas y pidiéndole perdón al viejo. ¡Usted es un mentiroso! Quise gritarle a don Alfonso, cuando refirió los motivos de su olvido, pero me contuve porque hubiera sido traer a cuentas las verdaderas razones. Era su nieta, allí de rodillas, la que había tomado aquel día.

 

Lo que yo quería, realmente, era volver a ver a Roxana y por eso, y no para otra cosa, estaba allí. No era la primera vez que llegaba con las mismas intenciones; pero si la primera vez que acertaba en llegar y coincidir con su visita. Roxana, la nieta del viejo, era una chica hermosa de veinticinco años a quien yo fornicaba en mi coche aquella vez cuando él, peleando como un loco, trataba de sostener la bandera; un pedazo de tela multicolor que el viento arrojaba frecuentemente contra el suelo sin que él pudiera evitarlo. Yo lo vi todo desde allí y quise ayudarlo, al ver lo inútil de sus intentos, pero la Yuyo, como yo le llamaba a Roxana me lo impidió. ¡Déjalo! está loco, me dijo mientras movía el culo contra mi verga a ritmo de la música africana que sonaba en los altoparlantes que el viejo había colocado bajo una pequeña carpa cercana al madero con la bandera que tenía dificultades para mantener en pie.

 

¡Yo estaba bien a verga aquel día! volvió a repetir don Alfonso. ¿Por qué lo hizo? no sé; pero lo cierto es que yo olvidé los motivos de mi visita y le grité en la cara lo que él realmente quería olvidar.

 

Yo lo había visto todo. Ella estaba calzones abajo y casi cubriéndome con sus tetas sobre mi cara; pero a diferencia de ella estaba yo bien sobrio y como aquello lo habíamos hecho ya muchas veces podía, a pesar de todo, disfrutar de ella y también del paisaje viendo al mismo tiempo por la ventana delantera y medio abierta del coche. Yo estaba con Roxana a sólo cinco metros de la esquina donde también estaba el viejo. Varios árboles nos protegían de la vista pública. Junto a la carpa – el paisaje que yo sin poder evitar veía – pasaban centenares de personas; de inmigrantes de todas las edades y todos los colores que movían un poco las piernas al ritmo de la música pero que no se detenían. Se trataba de personas que iban a cualquier parte del festival que entonces se celebraba en aquella ciudad sueca cuyo nombre quiero olvidar; de personas que claramente no entendían el esfuerzo de aquel pobre viejo loco..

 

¡Usted es un héroe! usted es un sabio, hubiera querido decirle a don Alfonso; a aquel hombre tratando de levantar la bandera del multiculturalismo que tanto hace falta en un país verdaderamente multicultural; pero que aun a pesar de eso coloca la multiculturalidad al margen, y no al centro, de su economía y su política. Eso quise yo decirle, pero cuando le escuché aquella explicación, no pude contenerme y entonces le grité: ¿es usted un pendejo? ¿Cree que negando o evadiendo la realidad la va a transformar? ¡A todo el mundo le valió verga su esfuerzo! nadie quiso ayudarle a levantar la bandera que a todos les hace falta tener bien erguida. ¡Reconocer eso es también necesario para poder transformarlo! El problema no es solo la marginación en que la cultura dominante mantiene a las otras culturas; el problema es también la aceptación de esa marginalidad por parte de las culturas dominadas: su propio menosprecio, su pasividad, su miedo.

 

Más no pude decir; porque al viejo se le salió una gruesa lágrima que le rodó por la mejilla y porque su nieta, fuera de si, me sacó a empujones de la casa, al mismo tiempo que gritaba: ¡vete a la mierda! no quiero, nunca más, volver a verte.

 

Guillermo Aguilar

 


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